Fuego y odio: El ataque a la sinagoga de Misisipi revive viejas heridas e incendia el presente
Años después de un atentado del Ku Klux Klan, el templo judío de Jackson arde otra vez, despertando recuerdos del pasado y dejando un mensaje de resistencia
Un incendio que revive el terror
El pasado sábado en la madrugada, la única sinagoga de Jackson, Misisipi —Beth Israel Congregation— fue consumida parcialmente por las llamas. Un joven de 19 años, Stephen Pittman, confesó haber iniciado el fuego dentro del templo, al cual calificó como la "sinagoga de Satanás", según informó el FBI. El acto no solo causó graves daños materiales, incluyendo la destrucción de dos rollos de Torá y afectaciones por humo a otros cinco, sino que también revivió un trauma que lleva más de medio siglo latente para la comunidad judía del sur estadounidense.
Para Beverly Geiger Bonnheim, hoy de 75 años, el suceso significó revivir un episodio que marcó su juventud. En 1967, cuando tenía tan solo 17 años, el Ku Klux Klan atacó la misma congregación con explosivos. “Fue horroroso y difícil de creer verlo todo de nuevo”, expresó conmovida. Su padre, vicepresidente de la comunidad religiosa por aquel entonces, había sido uno de los pilares en la construcción de esa sede.
Un odio que nunca se apaga
La quema de centros de culto forma parte de una larga historia de violencia y discriminación religiosa en Estados Unidos. Según el FBI, los crímenes de odio cometidos por motivos religiosos han aumentado un 17% en los últimos cinco años, con actos antisemitas concentrando gran parte de ese crecimiento. Tan solo en 2022 se registraron 1.124 incidentes antisemitas que incluyeron desde agresiones físicas hasta profanación de templos.
Beth Israel Congregation no ha sido una excepción. Fundada hace 165 años, ha representado un faro espiritual para la comunidad judía de Jackson. Desde sus inicios ha mantenido viva la identidad religiosa en una región que durante décadas fue hostil hacia las minorías religiosas y étnicas. En palabras de Geiger Bonnheim: “Hay un dicho en hebreo, ‘l’dor v’dor’, de generación en generación. En 1967 lidiamos con el odio del Klan; ahora, esta generación lidia con lo mismo.”
El significado simbólico de los objetos sagrados
Entre las pérdidas más dolorosas se encuentra la destrucción de rollos de la Torá, manuscritos sagrados considerados el corazón del judaísmo. Estos textos, que contienen los cinco primeros libros de la Biblia hebrea, no son simples documentos: cada uno es escrito a mano por un escriba especialmente entrenado, proceso que puede llevar más de un año y tiene un costo promedio de $30.000. La pérdida de estos rollos causa un impacto emocional y espiritual profundo en cualquier comunidad judía.
Una respuesta de unidad
Pese al luto, la comunidad ha mostrado una resiliencia admirable. Zach Shemper, presidente actual de Beth Israel Congregation, declaró sin vacilar: “Seguimos aquí, y no vamos a ningún lado”. Congregaciones vecinas han ofrecido prestar sus espacios para ceremonias religiosas, mientras que otras sinagogas han enviado rollos de Torá como gesto de solidaridad.
El líder espiritual Benjamin Russell reflexionó sobre el legado judío de renovar la esperanza en medio de la tragedia. “Toda la Torá está llena de ejemplos de personas que renacen a través del sufrimiento”, dijo. “De las cenizas, algo bello se elevará.”
Memorias grabadas en fuego
El regreso del odio bajo nuevas formas es particularmente duro de aceptar para quienes han vivido ambos ataques a Beth Israel. Geiger Bonnheim recuerda como si fuera ayer la noche en la que su padre la llevó a ver los daños tras el ataque del KKK: “Fue como ver mi historia repetirse con 58 años de diferencia. ¿Es que la historia no cambia nunca?”
Esta vez, sin embargo, el vecino que perpetró el ataque no pertenece a una agrupación supremacista formal como el Klan de los años 60. No obstante, su discurso cargado de odio demuestra que el antisemitismo persiste, aunque hoy se camufle en nuevas ideologías o plataformas digitales.
Una comunidad indignada pero determinada
La tristeza y la rabia son emociones palpables incluso en los más jóvenes. Abram Orlansky, ex presidente de la congregación y padre de dos niños, rompió en llanto al intentar explicar a sus hijos por qué alguien incendiaría su centro religioso. “Les dijimos la verdad: alguien hizo esto a propósito porque no le gustan los judíos”, relató. Sin embargo, añadió que ver el apoyo de la comunidad local e internacional también ha sembrado esperanza: “Mis hijos están emocionados de mostrarle al mundo que esta comunidad sigue de pie.”
El patrón histórico de intolerancia religiosa
Casos como este no son aislados. En los últimos años se han registrado incidentes similares en otros estados del sur estadounidense. La sinagoga Tree of Life en Pittsburgh fue atacada en 2018 en el peor tiroteo antisemita en la historia de EE.UU., dejando 11 muertos. Ese mismo año se cometieron una media de cinco crímenes de odio por día según reportes del FBI.
Y no solo son las sinagogas las que sufren: mezquitas, templos sikhs y centros afroestadounidenses han sido igualmente blanco de violencia. Esta realidad plantea una pregunta inquietante: ¿están las instituciones haciendo lo suficiente para proteger a sus comunidades religiosas?
Apoyo interreligioso como antídoto al odio
En respuesta al ataque, iglesias cristianas de la zona ofrecieron sus espacios a los judíos de Beth Israel para oraciones y actividades religiosas. Este gesto ha sido especialmente significativo para los feligreses, que ven en la unidad interreligiosa una manera tangible de enfrentar el odio.
“Es conmovedor ver cómo otras comunidades abren sus puertas, incluso sus corazones”, expresó Mary LaGarde, directora del Minneapolis American Indian Center, quien también ha vivido discriminación religiosa. “El enemigo común es la intolerancia, y la única respuesta lógica frente a eso es la unión.”
Más allá del incendio: un símbolo de lucha
La quema de la sinagoga no es solo un crimen de odio, es un ataque a la memoria de generaciones y al derecho elemental de profesar una fe sin temor. La comunidad de Beth Israel ha tomado este acto como un llamado no solo a la reconstrucción física, sino también a una reafirmación espiritual. Y mientras las cenizas aún se enfrían, su mensaje se eleva con lucidez: “no nos iremos ni nos rendiremos”.
Como lo resumió el rabino en formación Benjamin Russell: “Cada generación tiene su Faraón, su exilio, su tragedia. Lo importante es seguir caminando hacia la tierra prometida, aunque lo hagamos con el alma cicatrizada.”
