Las confesiones forzadas en Irán: una estrategia de represión con raíces profundas

Cómo el régimen iraní usa la televisión estatal para criminalizar la protesta y perpetuar el miedo

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Un ciclo de represión televisada

En los últimos meses, Irán ha intensificado su campaña de represión contra los disidentes a través de un método tan antiguo como siniestro: las confesiones forzadas transmitidas en televisión. Según la organización Human Rights Activists News Agency (HRANA), solo desde el 28 de diciembre hasta mediados de enero, se han emitido al menos 97 videos en los que supuestos manifestantes reconocen delitos, muchos de ellos graves.

Estas “confesiones” suelen ir acompañadas de efectos cinematográficos: música de fondo dramática, imágenes de ataques a fuerzas de seguridad y primeros planos de armas presuntamente caseras. Las caras aparecen desenfocadas, las manos esposadas, y en muchas ocasiones se repiten acusaciones de vínculos con Israel o Estados Unidos. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos denuncian que estas declaraciones no son voluntarias, sino extraídas bajo tortura física o psicológica, y utilizadas como herramienta propagandística por el régimen.

El uso sistemático de la tortura para fabricar culpables

La HRANA, con sede en Estados Unidos, alerta que estas confesiones suelen ser producto de coerción. Skylar Thompson, subdirectora del grupo, señaló: “Estas violaciones de derechos se acumulan hasta desembocar en desenlaces horrorosos. Es un patrón implementado por el régimen una y otra vez”.

Un informe del Relator Especial de la ONU sobre derechos humanos en Irán de 2014 revela que el 70% de los exdetenidos entrevistados afirmaron haber sido obligados a confesar. En la mitad de los casos, sus juicios no duraron más de unos minutos. La tortura, el aislamiento y las amenazas a familiares son técnicas comunes para arrancar estas confesiones.

Protestas, represión y pena de muerte

Las confesiones forzadas no son nuevas en Irán, pero su frecuencia ha alcanzado niveles alarmantes. Desde la muerte de Mahsa Amini en septiembre de 2022 tras ser detenida por la policía de la moral, el país ha vivido una ola de protestas masivas. Más de 500 personas han sido asesinadas y más de 22,000 detenidas, según HRANA. En este contexto, las confesiones televisadas han sido herramientas para justificar la brutalidad estatal.

Muchas de estas declaraciones se presentan como evidencias “irrefutables” de delitos como espionaje, sabotaje o terrorismo. En algunos casos, los acusados terminan ejecutados. En 2024, Irán ejecutó a 975 personas, la cifra más alta desde 2015, de acuerdo con un informe de Naciones Unidas. Cuatro de ellas fueron ejecuciones públicas. La mayoría de los condenados fueron por delitos de drogas o asesinato, pero alrededor del 3% fueron por motivos relacionados con la seguridad del Estado.

Confesar para no morir... o morir igual

Muchas confesiones tienen lugar bajo amenaza directa de ejecución. Tras las protestas por la muerte de Amini, se emitieron al menos 37 confesiones televisadas de personas enfrentadas a la pena capital. Los activistas denuncian la falta total de garantías procesales: juicios a puertas cerradas, sin defensa independiente ni acceso a abogados. A pesar de sus confesiones, algunos detenidos han sido ejecutados poco después.

Solo en lo que va de 2026, 12 personas acusadas de espionaje han sido ejecutadas. El caso más reciente involucra a un hombre acusado de espiar para el Mossad a cambio de criptomonedas. Según medios estatales como IRNA, el hombre “confesó voluntariamente”; sin embargo, las condiciones que llevaron a esa confesión no han sido verificadas por ningún observador independiente.

Contexto histórico: una táctica del régimen iraní desde 1979

Este uso sistemático de confesiones forzadas se remonta a la Revolución Islámica de 1979. Bajo el nuevo régimen, la televisión estatal comenzó a transmitir supuestas confesiones de comunistas, insurgentes y otros enemigos del Estado. Mehdi Bazargan, el primer primer ministro de Irán tras la revolución, dijo en una ocasión que podría ser apresado y obligado a repetir como un loro lo que querían escuchar las autoridades.

Uno de los casos más notorios a nivel internacional fue el del periodista de Newsweek Maziar Bahari en 2009. Tras ser encarcelado, Bahari fue obligado a confesar vínculos con Occidente y actividades subversivas. Tras su liberación, dirigió el documental “Confesiones Forzadas” y escribió una memoria sobre su experiencia.

El papel de los medios y el control narrativo

La televisión estatal iraní —la única permitida— cumple un rol central en la estrategia del régimen. Estas confesiones no solo buscan justificar las condenas, sino también moldear la percepción pública, sembrar miedo entre quienes consideran protestar y reforzar la narrativa de conspiraciones extranjeras contra la nación.

Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores, ha declarado que “la violencia solo puede ser obra de potencias extranjeras, pues los iraníes jamás quemarían mezquitas”. Ese tipo de declaraciones nutre una cosmovisión en la que toda disidencia es percibida como traición.

Reacción internacional y denuncia en foros globales

La respuesta internacional ha sido crítica pero cautelosa. El Parlamento Europeo, por ejemplo, emitió en enero de 2023 una resolución enérgica sobre el uso de confesiones bajo tortura en Irán. La calificó como una política sistemática y pidió sanciones más severas contra los responsables. Sin embargo, la falta de consecuencias reales ha dejado espacio para que el régimen continúe con estas prácticas con relativa impunidad.

Mientras tanto, el acceso a la información dentro de Irán es cada vez más limitado: los cortes de internet frecuentes dificultan el seguimiento de los casos y, para muchas familias, el paradero de sus seres queridos sigue siendo desconocido.

Una sociedad bajo sospecha

HRANA estima que, desde el inicio de las últimas protestas, al menos 16,700 personas han sido arrestadas. La mayoría de las víctimas mortales son manifestantes. El gobierno, por su parte, no ha revelado cifras oficiales, ni ha permitido acceso a observadores independientes dentro del país.

La cultura del miedo en Irán se perpetúa con herramientas que están lejos de lo rudimentario: su arsenal incluye no solo cárceles secretas y tortura, sino también un inmenso aparato de medios de comunicación diseñado para deshumanizar a la oposición política. Las confesiones televisadas son una extensión de ese aparato, un juicio público sin defensa, sin juez y sin justicia.

La estrategia no es nueva, pero su nivel de sofisticación y su uso masivo representan una alarma urgente para la comunidad internacional. Lo que sucede bajo los reflectores de estudios de televisión en Teherán no es justicia, es teatro del horror.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press