Yoweri Museveni y el Eterno Regreso: ¿Transición Democrática o Dinastía Autocrática en Uganda?
Mientras Uganda se prepara para otra elección con Museveni a la cabeza y su hijo en la sombra, el país enfrenta dilemas sobre democracia, juventud y el papel del ejército
Por más de 35 años, Yoweri Museveni ha moldeado el destino político de Uganda. Desde su llegada al poder a la cabeza de una insurgencia que prometía liberar a la nación del autoritarismo, hasta convertirse en el propio símbolo del inmovilismo político, Museveni ha sorteado elecciones, protestas y críticas internacionales con una mezcla de represión, carisma rural y control institucional. Y ahora, en su séptima contienda presidencial formal, Uganda parece estar debatiéndose entre una democracia en papel y una posible dinastía militar en fase embrionaria.
Un ambiente de elecciones militarizado
Las elecciones previstas para este jueves han vuelto a colocar a Museveni frente a su aparentemente eterno rival: Bobi Wine, el popular cantante y legislador cuyo nombre real es Kyagulanyi Ssentamu. En 2021, Wine obtuvo el 35% de los votos frente al 58% de Museveni —el margen más estrecho del presidente desde que se estableció el sistema electoral multipartidista hace décadas.
Pero este año la tensión es aún mayor. Patrullas del ejército han tomado las calles de Kampala y otras zonas clave. Vehículos blindados se han desplegado estratégicamente mientras las autoridades insisten en que la medida es preventiva ante potenciales disturbios.
El portavoz militar, coronel Chris Magezi, afirmó que “no hay motivo de alarma”, agregando que las amenazas de violencia eran tomadas con la máxima seriedad. Sin embargo, numerosos observadores y opositores lo consideran un despliegue coercitivo más que preventivo.
Un candidato joven con base urbana y desesperanza rural
Bobi Wine representa una Uganda más joven, urbana y conectada. Tiene 43 años y ha captado a millones de simpatizantes gracias a su campaña antisistema iniciada en los barrios de Kampala y extendida por todo el país. Sus mítines están marcados por chalecos antibalas, cascos y entusiasmo generacional.
En las palabras de Farouk Mugaya, un motociclista de 37 años: “Nací cuando Museveni ya estaba en el poder. Han tenido tiempo suficiente para ‘proteger los logros’. Yo quiero cambio.”
No obstante, muchos de los votantes de zonas rurales siguen fieles al veterano presidente. Museveni, quien tiene fuertes bases en el norte y oeste de Uganda, ha centrado su campaña en “proteger los logros obtenidos”, en referencia a su historial en materia de estabilidad y paz.
La sombra creciente de Muhoozi Kainerugaba
Uno de los aspectos más controvertidos del régimen actual es el creciente protagonismo del hijo de Museveni, Muhoozi Kainerugaba. General del ejército de cuatro estrellas, ha estado al frente de unidades clave y su influencia sigue aumentando.
Muhoozi ha suscitado polémicas tras mensajes en redes sociales, entre ellos amenazas implícitas a países vecinos como Kenia o propuestas insólitas como ofrecer ganado como dote para casarse con líderes extranjeras. Más allá del teatro político, su figura preocupa a sectores democráticos: muchos ven en él un sucesor autoproclamado.
El analista político Robert Kabushenga comentó en un pódcast reciente: “Por primera vez, Museveni es un verdadero outsider. No representa el futuro.”
Esta visión la comparten sectores académicos y diplomáticos. Para algunos, la apuesta de Museveni ya no es sostenibilidad política, sino asegurar la sucesión de su linaje.
Economía en tensión y jóvenes desempleados
Más allá del discurso político, Uganda se enfrenta a profundos problemas estructurales. Con 45 millones de habitantes y más de 21 millones habilitados para votar, el país tiene una de las poblaciones más jóvenes del mundo. Pero esa juventud choca con un mercado laboral rígido y estancado.
Denis Oraku, un albañil en las afueras de Kampala, resume la frustración generalizada: “Uganda es muy dura. No hay trabajo, aunque hay paz.”
Según datos del Oficina de Estadísticas de Uganda, el desempleo juvenil supera el 13%, y muchos más se encuentran en trabajos informales mal remunerados. La pandemia de COVID-19 agravó estas tendencias y dejó a miles en la pobreza.
“Lo que más queremos no es paz, sino oportunidades”, comenta un estudiante universitario en Mbale. “Y Museveni no las ha dado.”
Una ‘democracia electoral’ en el punto de quiebre
La historia de Uganda bajo Museveni ofrece lecciones complejas. En 1986, tomó el poder con la promesa de restaurar la democracia tras los años de dictadura de Idi Amin. El sistema multipartidista se implementó en 1996, pero desde entonces, casi todas las elecciones han estado marcadas por denuncias de fraude, represión y violencia política.
La propia Comisión Electoral ha sido acusada en múltiples ciclos electorales de actuar con parcialidad. Según Amnistía Internacional, las fuerzas de seguridad han atacado a seguidores opositores, y algunos actos pro-Wine han terminado en detenciones y heridos.
No obstante, Museveni ha sabido mantener la imagen de un padre de la patria ante muchos votantes rurales, quienes lo asocian con el orden frente a los años caóticos previos.
“¿Entregaría realmente el poder si pierde las elecciones?”, pregunta escéptico un analista desde Nairobi. “Hay señales claras de que no.”
¿Hacia una transición imposible?
Desde el análisis académico, el caso de Uganda plantea dilemas sobre el concepto de transición en contextos autoritarios con cara democrática. ¿Puede una elección genuinamente poner fin a un régimen de casi cuatro décadas?
La estructura del poder ugandés está profundamente militarizada y centralizada. La dependencia de Museveni en las fuerzas de seguridad y la instalación simbólica y pragmática de su hijo como heredero empujan al país a una posible dinastía autoritaria ‘institucionalizada’.
Muchos críticos temen que Uganda entre en una nueva fase: ya no solo una autocracia electoral, sino una monarquía militar republicana.
Pero hay elementos esperanzadores. La emergencia de Bobi Wine como figura opositora consolidada y activa; la participación juvenil en masa; la vocalización de la diáspora ugandesa demandando equidad y transparencia; y los crecientes cuestionamientos dentro y fuera del país.
Si estos elementos pueden canalizarse en una presión sostenida, estructurada y legal, quizás Uganda logre una transformación sin violencia, sin giros militares y con legitimidad popular.
Hasta entonces, sin embargo, el horizonte se ve incierto.
Como dijo el filósofo Achille Mbembe, “quien controla el relato de la guerra, controla el relato del futuro”. En Uganda, ese relato aún está en juego, quizás más que nunca.
