¿Departamento de Guerra? El polémico cambio de nombre que divide a EE.UU. y cuesta millones

El intento de Donald Trump por relanzar la imagen del Pentágono como un símbolo temido levanta críticas, gastos millonarios e interrogantes sobre sus verdaderas intenciones

Un cambio simbólico con precio real

En septiembre, el expresidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que autorizó usar el nombre "Departamento de Guerra" como título secundario del ya conocido Departamento de Defensa. Mucho más que un simple gesto semántico, esta decisión ha desatado una polvareda política, militar y presupuestal. Ahora, con un informe oficial de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO, por sus siglas en inglés), sabemos el precio: hasta 125 millones de dólares podrían costarles a los contribuyentes estadounidenses este caprichoso rebranding.

Pero ¿es solo un tema de nombre? ¿O se trata de algo más profundo? Analicemos este tema en clave de análisis político y militar, para entender qué simboliza esta transformación impulsada por Trump y por qué puede marcar un cambio de paradigma en la política exterior e interior estadounidense.

¿Por qué "Departamento de Guerra"?

Desde su creación en 1947, el "Department of Defense" ha buscado proyectar una imagen de protección, equilibrio estratégico y, en teoría, defensa del orden global. Trump rompe con esa narrativa. Cuando firmó la orden, declaró:

“El nombre 'Defensa' es débil, es woke. Somos la nación más poderosa del planeta y deberíamos sonar como tal.”

El mensaje fue claro: en su visión, la fuerza debe proyectarse con contundencia. Volver a llamarlo "Departamento de Guerra" rinde homenaje a como se conocía antes de 1947, cuando EE.UU. enfrentaba conflictos como la Segunda Guerra Mundial. Trump parece querer revivir esa era donde el poder militar se proclamaba sin ambages.

El simbolismo detrás del cambio

Pese a que algunos republicanos lo apoyaron (como los senadores Rick Scott, Marsha Blackburn y Mike Lee), el Congreso no ha mostrado señales claras de aprobar un cambio oficial. De hecho, algunos sectores lo interpretan como parte de la guerra cultural liderada por Trump.

Nombrar no es inocente. En términos geopolíticos, llamarse "Departamento de Guerra" puede verse como una amenaza. Transmite agresividad más que cooperación defensiva. Y esto ocurre en un contexto en el que EE.UU. ya ha sido acusado de intervenciones arbitrarias (Irak, Libia, Venezuela, por nombrar algunos ejemplos).

Un rediseño millonario

El informe de la CBO estima que este cambio de nombre podría costar:

  • $10 millones si se aplicara solo internamente con mínima visibilidad.
  • Hasta $125 millones si se implementa de manera amplia, incluyendo la rotulación, señalización, material de comunicación, logotipos, cuentas digitales y sitios web.

Por ejemplo, el sitio web defense.gov fue redirigido como war.gov el mismo día que se firmó la orden. También el rótulo en la oficina del Secretario de Defensa fue reemplazado por "Secretario de Guerra".

El Pentágono suma más de 6.5 millones de pies cuadrados en instalaciones. Actualizar señales, insignias, documentos, papelería oficial, uniformes y vehículos representa un gasto logístico colosal.

Hegseth, el secretario que obedece rápido

En el centro de la implementación se encuentra Pete Hegseth, exconductor de Fox News y Secretario de Defensa durante el mandato de Trump, quien no solo ejecutó la orden sin cuestionamientos, sino que lideró la campaña de rebranding casi como una estrategia electoral.

Algunos críticos consideran que esta acción fue más una maniobra de propaganda electoral que una reforma estructural. En un contexto donde Trump afirmaba que el ejército americano estaba siendo debilitado por "ideologías progresistas", este gesto podía ser interpretado como el renacimiento de un ejército fuerte y despiadado.

La militarización de la narrativa política

El cambio de nombre no ocurre en el vacío. Coincide con la militarización del discurso político en EE.UU., donde gobernadores, senadores e incluso presidentes usan la idea de “guerra” para justificar políticas migratorias, económicas y exteriores.

Con Trump, se volvió común hablar de "guerra contra el fentanilo", "guerra contra el marxismo", y hasta acciones militares puntuales contra objetivos asociados al narcotráfico en Latinoamérica. Durante su mandato, hubo bombardeos contra supuestas embarcaciones con droga en América del Sur y amenazas bélicas contra Irán y hasta... Groenlandia.

¿Qué tan legal es el cambio?

Una orden ejecutiva no tiene el poder de hacer un cambio de nombre oficial. Para ello, se requiere legislación del Congreso. Hasta ahora, no hay avances en ese sentido. Sin embargo, esto no ha impedido que se actúe como si el cambio fuera legítimo.

Como señala el informe de la Oficina del Presupuesto del Congreso, muchas de las medidas tomadas aún están en una especie de zona gris legal pero ya generan impactos reales.

Las comparaciones internacionales: una tendencia peligrosa

Algunos analistas geopolíticos advierten que llamar al Ministerio de Defensa como "Ministerio de Guerra" recuerda modelos autoritarios:

  • China tiene el Ministerio de Defensa Nacional, pero internamente habla de "Informes de Guerra Popular".
  • Rusia mantuvo durante años un tono marcial, con elogios a operaciones encubiertas y acciones militares como símbolos de identidad nacional.
  • Corea del Norte tiene su brazo "Oficial de Guerra del Pueblo" como entidad dominante.

¿Debe EE.UU. unirse a este club?

Una guerra de identidad con sabor a retroceso

Politólogos como Francis Fukuyama han advertido durante décadas sobre el peligro de politizar las instituciones militares. Olvidar sus fines defensivos y enfocarlas en una lógica de guerra permanente crea riesgos para el sistema democrático.

Nombrar a la máxima institución militar como "Departamento de Guerra" implica redefinir su función. Ya no se trata de defender, sino de atacar preventivamente, dominar o intervenir según intereses cambiantes.

El senador demócrata Jeff Merkley (Oregón) y el líder de la mayoría, Chuck Schumer, impulsaron el informe de la CBO precisamente para visibilizar los costos y peligros implícitos de este giro retórico.

La ciudadanía paga la cuenta

En un país donde 41% de las personas no pueden afrontar un gasto inesperado de $400 (según datos de la Reserva Federal de EE.UU.), gastar 125 millones de dólares en cambiar rótulos, sellos y sitios web parece, para muchos, una afrenta.

Más aún si se considera que al mismo tiempo, la administración Trump promovía recortes en programas de salud mental y adicciones, así como otras políticas de seguridad social. La contradicción no pasó desapercibida.

¿Un legado simbólico imperecedero?

Independientemente de si el Congreso aprueba el cambio oficial o no, Trump ya logró su objetivo simbólico: introducir la idea de que EE.UU. es una potencia militar que no se justifica, sino que se impone. Aunque Biden ha desestimado continuar el cambio, la marca ya está impresa en parte de la opinión pública que considera que "defensa" es sinónimo de debilidad.

En última instancia, el costo real de rehacer los carteles del Pentágono puede ser menor que el costo institucional de transformar su identidad en la de un imperio abiertamente beligerante.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press