El plan de posguerra en Gaza de Trump: ¿una solución o un polvorín diplomático?
El nuevo plan en Gaza impulsado por Donald Trump promete reconstrucción y desarme de Hamas, pero deja interrogantes clave sobre su viabilidad política y moral
¿Una nueva etapa para Gaza o más incertidumbre?
En un movimiento que ha sorprendido tanto a la comunidad internacional como a los propios actores en Medio Oriente, la administración Trump ha anunciado el inicio de la segunda fase de su plan de cese al fuego en Gaza. Esta fase incluye el desarme del grupo militante Hamas, la reconstrucción de la Franja de Gaza devastada por la guerra y el establecimiento de un gobierno tecnocrático palestino que estará bajo la supervisión de una entidad estadounidense, denominada el “Consejo de la Paz”.
Esta iniciativa, que sigue a un conflicto de dos años entre Israel y Hamas, promete cambios estructurales, pero plantea dudas significativas en torno a la soberanía palestina, la viabilidad del proceso de paz y el impacto humanitario a largo plazo.
Revisión del plan en fases: ¿qué ha sucedido hasta ahora?
En octubre, el expresidente Donald Trump anunció un ambicioso acuerdo de 20 puntos negociado bajo su liderazgo. La primera fase, ya completada, incluía un amplio intercambio de prisioneros: Hamas liberó todos menos un rehén, mientras que Israel excarceló a cientos de palestinos. Esto logró un alivio temporal en la violencia directa.
Ahora, la segunda fase está en marcha. Incluye:
- Desarme completo de Hamas.
- Supervisión de Gaza por un gobierno tecnocrático palestino aún no definido.
- Establecimiento de servicios esenciales para más de 2 millones de palestinos.
- Reconstrucción generalizada de infraestructuras.
Sin embargo, todo esto está condicionado a múltiples factores prácticos y políticos altamente complejos.
¿Quién gobernará Gaza?
Uno de los puntos más polémicos es la creación de una administración palestina de carácter tecnocrático. Según Steve Witkoff, emisario de Trump, esta estructura se encargará de los asuntos cotidianos del enclave y estará bajo una supervisión estadounidense. Hasta ahora no hay nombres ni estructuras específicas publicadas.
Además, el “Consejo de la Paz”, una entidad que se presenta como neutral y ejecutora del acuerdo, tampoco ha revelado sus integrantes. ¿Será un órgano compuesto por expertos palestinos imparciales? ¿Tendrá participación israelí u otros actores internacionales como Egipto, Qatar o Naciones Unidas?
El reto monumental del desarme de Hamas
No hay duda de que el desarme de Hamas es uno de los objetivos más difíciles del plan. Este grupo político-militar ha gobernado Gaza durante 18 años y cuenta con una estructura militar sofisticada, apoyos externos (particularmente de Irán) e influencia política interna significativa. Forzar su desarme sin un proceso de reconciliación interna palestina o sin garantías internacionales puede llevar al fracaso total del proceso.
Históricamente, los intentos de desarmar grupos con control territorial sin integrarlos políticamente han resultado en conflictos prolongados. Basta recordar los casos de los Tigres Tamiles en Sri Lanka o de las FARC en Colombia; ambos procesos requirieron años de negociaciones, observación internacional y garantías de reinserción.
¿Reconstruir con qué recursos?
Uno de los desafíos más urgentes de cualquier proceso postbélico es la reconstrucción. Según estimaciones de la ONU, reconstruir completamente Gaza podría costar más de 50.000 millones de dólares. Las infraestructuras básicas —agua potable, electricidad, hospitales y escuelas— están en ruinas.
Sin embargo, hasta la fecha, no se han revelado compromisos firmes de financiación. ¿De dónde vendrá ese dinero? Estados Unidos, bajo Trump, ha recortado históricamente su apoyo financiero a la causa palestina, incluyendo la suspensión de contribuciones a UNRWA (la agencia que asiste a refugiados palestinos). Algunos expertos creen que países del Golfo, especialmente Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, podrían asumir parte de esa financiación, condicionada a avances en acuerdos de normalización con Israel.
Los daños colaterales de una paz impuesta
Establecer un gobierno tecnocrático con aval estadounidense pero sin legitimidad interna puede agravar la división entre Cisjordania (bajo control de la Autoridad Nacional Palestina) y Gaza. Hamas, aún no derrotado, podría reorganizarse como insurgencia o fomentar una narrativa de “resistencia traicionada”.
La paz, para ser sostenible, debe ser inclusiva. Así lo indica también un informe del International Crisis Group de 2023: “Los acuerdos de seguridad sin legitimidad popular son frágiles y pueden detonar nuevos ciclos de violencia tras una aparente calma inicial”.
Además, no se contempla la realización de elecciones libres bajo vigilancia internacional, algo que permita a la población legitimizar este nuevo gobierno tecnocrático, que de otro modo puede ser percibido como una estructura impuesta desde el exterior.
La supervisión estadounidense: ¿Neutralidad o intervencionismo?
Otro asunto espinoso es el papel que jugará Estados Unidos como actor supervisor. Históricamente, Washington ha sido visto como aliado cercano de Israel, y su imparcialidad en conflictos palestino-israelíes ha sido cuestionada repetidamente por líderes y ciudadanos del mundo árabe.
La figura del “Consejo de la Paz” suena más a intervención prolongada que colaboración. La reconstrucción controlada unilateralmente por EE.UU. puede ser leída como una medida neocolonial por parte de las comunidades locales y actores regionales como Turquía o Irán.
Otros ángulos del plan Trump: inmigración y elecciones
En paralelo con el avance del plan de Gaza, Estados Unidos también ha endurecido otras políticas domésticas con impacto internacional:
- El Departamento de Estado, bajo la dirección del republicano Marco Rubio, anunció la suspensión de visados de inmigrantes de 75 países —incluidos Rusia, Irán y Afganistán— por considerarlos propensos a depender de asistencia pública en EE.UU.
- La Corte Suprema dio luz verde a juicios electorales por boletas enviadas por correo que lleguen después del día de elecciones, una preocupación clave de Trump desde 2020, aunque los efectos en resultados electorales hayan sido ínfimos.
Ambas decisiones refuerzan una narrativa impulsada por el trumpismo: control migratorio férreo, reforma electoral restrictiva y políticas exteriores duras y transaccionales. Este enfoque, ahora trasladado a Gaza, promete orden sobre justicia, imposiciones sobre acuerdos, y beneficios estratégicos frente a la autodeterminación de los pueblos.
¿Qué podemos esperar hacia adelante?
A medida que el mundo observa lo que para muchos es un ignoto experimento geopolítico, surge la pregunta clave: ¿será el plan Trump para Gaza el inicio de una estabilidad duradera o sembrará la semilla de futuras tensiones sociales y regionales más agudas?
Especialistas en Medio Oriente, como Rashid Khalidi (Columbia University), señalan que “ninguna reconstrucción en Gaza será efectiva sin justicia para su gente, y eso incluye participación política, soberanía y fin del asedio”.
En resumen, el plan simboliza muchas cosas: una apuesta electoral de Trump en tiempos diplomáticamente inciertos, una supuesta solución para una crisis cronificada, y quizás una advertencia de lo que puede pasar cuando se intenta imponer orden sin consenso.
¿Traerá este nuevo capítulo finalmente la paz a Gaza o será recordado como otro intento fallido de imponer una solución externa a un conflicto profundamente enraizado?
