Bernardo Arévalo y la diplomacia guatemalteca: entre el pasado intervenido y la búsqueda de un nuevo orden global

El presidente guatemalteco habla de soberanía, relaciones estratégicas con EE.UU. y el desafío de reconstruir un sistema internacional en crisis

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Una historia marcada por la intervención

Cuando Bernardo Arévalo asumió la presidencia de Guatemala, lo hizo con una carga histórica que pocos dirigentes pueden igualar. Su padre, Juan José Arévalo, fue el primer presidente elegido democráticamente en Guatemala y una figura clave en la revolución guatemalteca. Su mandato fue sucedido por Jacobo Árbenz, cuyo gobierno fue derrocado por un golpe auspiciado por la CIA en 1954. Este hecho marcaría a fuego la política guatemalteca durante décadas, sumiendo al país en dictaduras y una guerra civil que duró 36 años.

Arévalo nació en Uruguay, donde su familia vivía exiliada. Esta experiencia personal lo ha dotado de una perspectiva única sobre los peligros de la intervención extranjera y la fragilidad de la democracia. Hoy, sentado en el Palacio Nacional, habla con calma pero firmeza sobre la necesidad de reconstruir un orden mundial basado en el respeto al derecho internacional y la soberanía de los pueblos.

Los desafíos del presente: intereses compartidos y soberanía

Durante una entrevista reciente, Bernardo Arévalo fue claro al describir lo que considera un momento global de “desorden”. En sus palabras: “El mundo en general está pasando por una fase de desorden, en el sentido de que se están rompiendo las normas del viejo orden. El problema es cómo recuperar ese sentido de orden para que el mundo vuelva a encajar”.

Este análisis no es gratuito. En medio de la creciente tensión geopolítica, marcada por conflictos como el de Ucrania, las disputas comerciales entre grandes potencias, y el control migratorio en América Latina, Arévalo intenta caminar una delgada línea. Guatemala, al igual que México y otros países del istmo, coopera activamente con Estados Unidos en temas clave como el narcotráfico y la migración. Pero a la vez, busca hacerlo sin ceder su soberanía o convertirse nuevamente en un peón en el ajedrez político regional.

“En este momento tenemos un nivel de relaciones tan fuerte y estratégico [con los Estados Unidos] que ni siquiera consideramos ese escenario”, explicó Arévalo, refiriéndose a cualquier posibilidad de intervención directa como ocurrió en el pasado.

Del pasado al presente: la sombra de la intervención estadounidense

La historia del continente americano está repleta de ejemplos de intervenciones estadounidenses en nombre de la seguridad nacional o la lucha contra el comunismo. Desde República Dominicana en 1965 hasta Chile en 1973, pasando por Nicaragua y El Salvador en los años 80, el peso geopolítico de Washington ha sido inmenso.

Guatemala no fue la excepción. El golpe de Estado contra Árbenz en 1954 fue justificado por los intereses de la United Fruit Company y la lucha contra el comunismo. Pero el resultado fue desastroso: décadas de inestabilidad política, represión militar y, eventualmente, una guerra civil que dejó más de 200,000 muertos y desaparecidos (según el informe de la Comisión de Esclarecimiento Histórico).

Es por eso que las declaraciones de Arévalo tienen tanto peso simbólico. No es un presidente cualquiera. Es un líder que representa la esperanza de una nueva era, pero profundamente consciente del pasado que carga.

¿Un liderazgo diferente para una región en transición?

Bernardo Arévalo ha manifestado su intención de priorizar un enfoque diplomático basado en la solución pacífica de controversias y el respeto mutuo. Su perfil es el de un académico y diplomático, más que el de un político tradicional. Antes de asumir la presidencia, trabajó en resolución de conflictos internacionales, lo que le otorga una ventaja al enfrentarse a la complejidad de las relaciones multilaterales.

Este enfoque ha sido evidente en su respuesta ante la situación en Venezuela. Mientras algunos gobiernos del hemisferio han optado por posiciones fuertes, Arévalo ha instado al respeto del derecho internacional y a evitar acciones unilaterales. En sus propias palabras: “Nuestro deber es promover un mundo en donde las disputas se resuelven mediante el diálogo, no con amenazas o imposiciones”.

Los retos internos: corrupción, pobreza y migración

Aunque la política exterior es estratégica, Arévalo no puede perder de vista los desafíos internos que enfrenta Guatemala. El país continúa siendo uno de los más desiguales del continente. Según datos del Banco Mundial, más del 50% de la población vive en la pobreza, y regiones enteras aún carecen de acceso a servicios básicos como salud y educación.

Además, la corrupción estructural ha socavado durante años la confianza en las instituciones. La salida de la CICIG (Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala), impulsada por actores internos que se sintieron amenazados por sus investigaciones, fue un grave retroceso. Arévalo ha prometido fortalecer mecanismos nacionales contra la corrupción, aunque los obstáculos políticos son enormes.

En cuanto a migración, Guatemala es tanto país de origen como de tránsito. Miles de guatemaltecos emprenden el peligroso viaje hacia los EE.UU. cada año, impulsados por la pobreza extrema o la violencia. Arévalo ha indicado que una estrategia efectiva debe abordar las causas estructurales de la migración, no solo sus síntomas.

¿Nuevo liderazgo regional?

En un periodo donde América Latina busca nuevas voces de liderazgo —tras el desgaste de figuras tradicionales y el surgimiento de gobiernos populistas de izquierda y derecha— el perfil de Arévalo destaca por su moderación, su aspiración a la institucionalidad y su visión estratégica.

Guatemala, históricamente percibida como un actor periférico, podría encontrar en este nuevo liderazgo un rol más protagónico. Las relaciones estrechas con países de la región, junto con una postura de mediador ante conflictos internacionales, podrían catapultar a Arévalo como una figura relevante en foros como la CELAC, la OEA o incluso Naciones Unidas.

Esta posibilidad dependerá, por supuesto, del balance que logre mantener entre sus prioridades internas y su política exterior. Pero, como él mismo afirma, “no se trata solo de Guatemala, se trata de cómo Latinoamérica puede ofrecer una alternativa a un mundo cada vez más fragmentado”.

Una voz moderada en tiempos de polarización

El estilo sereno pero decidido de Arévalo contrasta con el tono confrontacional que domina buena parte del panorama político global. Mientras líderes populistas aprovechan el malestar social para fomentar divisiones, el presidente guatemalteco apuesta por el entendimiento y la legalidad.

En este sentido, su postura recuerda a la de otros presidentes latinoamericanos que han intentado promover una tercera vía —ni sumisión a intereses externos, ni nacionalismo excluyente— sino una política basada en principios democráticos, desarrollo sostenible y cooperación internacional.

¿Un modelo exportable?

Es prematuro afirmar si la estrategia de Arévalo podrá resistir las presiones internas y externas que inevitablemente enfrenta un presidente en un país en desarrollo. Pero como modelo de liderazgo, su figura representa una alternativa interesante ante los extremos que actualmente dominan el discurso público.

Además, su experiencia diplomática, su compromiso con el multilateralismo y su entendimiento de las dinámicas internacionales lo convierten en un actor relevante más allá de las fronteras guatemaltecas. En un mundo que lucha por redefinir el equilibrio entre soberanía nacional y cooperación global, su voz aporta matices que merece atención.

Como América Latina busca su lugar en la nueva configuración global, tal vez la historia de un hijo del exilio, convertido en presidente, sirva de inspiración para construir una política exterior más digna, más autónoma y más comprometida con los valores democráticos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press