Crisis narcótica en Myanmar: ¿Es el ejército parte de la solución o del problema?
Una ofensiva histórica contra el narcotráfico deja al descubierto la compleja red entre grupos étnicos, insurgentes y el propio régimen militar
En enero de 2025, Myanmar apareció otra vez en los titulares internacionales no por su conflicto político o crisis humanitaria, sino por un operativo masivo contra el narcotráfico que, según el régimen militar, representa la mayor incautación de drogas en la historia del país. Desde laboratorios clandestinos en la remota región de Shan hasta vínculos con grupos insurgentes, lo que inicialmente podía parecer una victoria contra el crimen organizado plantea interrogantes mucho más profundos sobre la realidad del narcotráfico en el sudeste asiático.
Myanmar: cuna del opio en Asia
Ubicado estratégicamente en el llamado 'Triángulo de Oro' —una región que comparte con Tailandia y Laos— Myanmar ha sido durante décadas uno de los principales productores mundiales de opio, base para la producción de heroína. No obstante, el patrón de producción ha evolucionado con el tiempo, y el país ha escalado posiciones como potencia en la producción de metanfetaminas.
Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), desde la toma militar del poder en 2021, la inestabilidad política ha derivado en un aumento tanto en el cultivo de amapola como en la manufactura de drogas sintéticas. El informe publicado en diciembre de 2025 reveló que la superficie cultivada con amapola alcanzó su punto más alto en una década.
La operación Mongyai: ¿éxito o espectáculo?
Del 8 al 12 de enero, el ejército llevó a cabo una operación masiva en el municipio de Mongyai, estado de Shan. Según las autoridades, tres “megafábricas” de drogas fueron desmanteladas, todas situadas a pocos kilómetros una de otra. En las instalaciones se encontraron barriles con sustancias químicas, mezcladores industriales y sistemas improvisados de destilación.
“Las bases de fabricación de drogas actualmente incautadas son los mayores sitios de producción en la historia de nuestro país”, declaró el ministro del Interior, el teniente general Tun Tun Naung.
Una cuarta instalación fue localizada poco después. Las autoridades han vinculado estas operaciones con la producción de heroína, metanfetaminas en pastillas y cristalizadas ('ice').
Estadísticas que pintan un escenario alarmante
La envergadura del narcotráfico en Myanmar no es menor. En los últimos cinco años, las autoridades afirman haber:
- Incautado drogas por un valor superior a 5.900 mil millones de kyats (≈ 2.800 millones de dólares).
- Destruido más de 10.000 hectáreas de plantaciones de amapola.
- Arrestado a más de 43.900 personas por delitos vinculados al narcotráfico.
No obstante, incluso con estas cifras, el país sigue fortaleciéndose como el mayor productor mundial de metanfetaminas, según la UNODC. Estas drogas sintéticas pueden elaborarse industrialmente a menor costo y con menos riesgo que el opio y la heroína tradicionales, y sus rutas de distribución se extienden por tierra, mar y aire hacia Tailandia, Malasia, Bangladesh y otros países del Asia-Pacífico.
El narcotráfico como motor de guerra
La relación entre el narcotráfico y los conflictos armados dentro del territorio birmano es estrecha. El vocero oficial del gobierno militar, general Zaw Min Tun, admitió que la región de Shan alberga una red de rutas de tráfico que atraviesa zonas controladas por grupos armados étnicos e insurgentes.
Uno de estos grupos, el Partido del Progreso del Estado Shan (SSPP), ha sido señalado como presunto participante en las operaciones de tráfico. Sin embargo, el SSPP niega cualquier vinculación y alega que sus acciones buscan una mayor autonomía política, no lucrarse con drogas.
Esta doble acusación plantea un dilema: ¿hasta qué punto el ejército, que ahora se presenta como paladín de la lucha contra las drogas, ha sido cómplice o beneficiario del mismo negocio en el pasado?
Un conflicto de interés peligroso
Históricamente, la zona fronteriza donde operan estas fábricas ha sido un terreno con escasa presencia estatal y abundante control por parte de milicias locales y grupos étnicos armados. A su vez, han existido acusaciones recurrentes de que miembros del propio ejército birmano, especialmente a nivel regional, estarían involucrados en el comercio ilícito.
“El narcotráfico permite a los grupos armados financiar su lucha por la autonomía, pero también actúa como válvula económica para sectores del poder militar”, señala David Mathieson, analista de seguridad en Asia para Human Rights Watch.
Inestabilidad política: caldo de cultivo para el crimen
El golpe militar de febrero de 2021 provocó un colapso institucional que desató una guerra civil a escala nacional. Esta descomposición del orden centralizado facilitó que zonas remotas escaparan al control efectivo del Estado, permitiendo a traficantes operar con impunidad.
En palabras del representante de la UNODC en Asia, Jeremy Douglas:
“La producción y tráfico de metanfetaminas ya no puede abordarse solamente como un tema policial. Está intrínsecamente conectado a los conflictos étnicos, la pobreza y la falta de gobernabilidad”.
¿Un caso aislado o el primer paso de una estrategia real?
El operativo de enero podría interpretarse como una maniobra mediática del régimen militar para mejorar su imagen internacional, especialmente en momentos donde enfrenta acusaciones por crímenes contra la humanidad cometidos contra la minoría rohinyá.
También podría ser un esfuerzo por deslegitimar a los grupos armados étnicos que luchan por autonomía política, atribuyéndoles vínculos con el narcotráfico sin distinción ni pruebas contundentes.
Incluso si el operativo fue genuinamente exitoso, los expertos señalan que cerrar uno, dos, o cuatro laboratorios no basta cuando el contexto es tan permisivo y complejo. Sin un abordaje multifacético —que incluya cooperación regional, desarrollo económico alternativo y reforma política— el comercio de drogas persistirá en nuevas formas.
Un espejo para la región
Lo que ocurre en Myanmar no es un caso aislado dentro del Sudeste Asiático. Países como Tailandia, Laos y Camboya también batallan con el aumento del flujo de metanfetaminas. En 2022, la UNODC estimó que más de mil millones de pastillas de metanfetamina fueron incautadas en la región, en gran parte provenientes de fábricas birmanas.
Eso plantea una necesidad urgente de coordinación multilateral. Para ello, organismos como la ASEAN deberían tomar un rol más activo en políticas antidrogas no solo punitivas, sino también preventivas y estructurales.
Una bomba de tiempo sin desactivar
Myanmar está atrapado en un espiral trágico donde el narcotráfico alimenta la guerra y la guerra, a su vez, alimenta al narcotráfico. Atacar las fábricas no resolverá el problema mientras el país no halle estabilidad política ni se comprometa a una transformación profunda de su aparato de seguridad y justicia.
Es legítimo preguntarse si verdaderamente estamos ante un compromiso real del régimen militar birmano o simplemente otra estrategia de control, propaganda y supervivencia.
La respuesta, quizás, no se halle en los laboratorios desmantelados, sino en los pasillos del poder donde muchas veces nace —o se tolera— la raíz del problema.
