Elecciones tensas en Uganda: ¿una democracia sin alternancia?
Internet cerrado, represión militar e incertidumbre electoral en un país donde el poder no ha cambiado de manos desde 1986
Una elección iniciada bajo sospecha
En medio de una tensa calma y largas filas desde la madrugada, millones de ugandeses acudieron a las urnas el jueves para elegir a su presidente. Sin embargo, el ambiente estaba lejos de ser el ideal para un proceso electoral libre y justo. Con el acceso a internet bloqueado desde el martes y un despliegue militar sin precedentes en la capital Kampala, la elección se ha visto envuelta en una atmósfera de represión y control.
El actual presidente Yoweri Museveni, de 81 años, busca extender su mandato que lleva ya 38 años. Desde 1986, Museveni ha dirigido el país con mano dura, tolerando poca oposición y actuando contra los rivales políticos con ayuda de las fuerzas armadas. En esta contienda enfrenta a siete aspirantes más, incluido el popular músico convertido en político Robert Kyagulanyi, más conocido como Bobi Wine.
Con unos 21.6 millones de ciudadanos habilitados para votar en un país de aproximadamente 45 millones de habitantes, el proceso ha sido descrito como crítico para el futuro democrático de Uganda. Las mesas debían abrir a las 7 a.m., pero en muchas zonas hubo retrasos importantes, lo que aumentó la frustración de los votantes que esperaban pacientemente ejercer su derecho.
La estrategia del apagón digital
El cierre total de internet, justificado por las autoridades como una medida para frenar la desinformación y evitar intentos de manipulación electoral, ha sido duramente criticado por organismos internacionales y defensores de derechos humanos. Según Reporteros Sin Fronteras y Access Now, esta es una táctica recurrente en regímenes autoritarios con el objetivo de limitar la transparencia y bloquear la comunicación entre grupos de oposición.
Además, sectores clave como la banca y el comercio electrónico se han visto gravemente afectados, lo que amplifica el impacto económico y social del apagón. La comunidad internacional, incluida la Unión Europea, ha condenado la decisión del gobierno, argumentando que obstaculiza la supervisión de las elecciones por parte de observadores nacionales e internacionales.
Una ola de represión y miedo
Según Amnistía Internacional, las semanas previas a las elecciones estuvieron marcadas por una "campaña brutal de represión", liderada por el ejército y las fuerzas de seguridad interna. Se reportaron múltiples casos de detenciones arbitrarias, uso desproporcionado de la fuerza e incluso asesinatos.
En un incidente ocurrido el 28 de noviembre, la policía y militares disolvieron violentamente un mitin de Wine en el este del país, bloqueando las salidas y disparando contra los presentes. Al menos una persona perdió la vida. Estos métodos han sido fuertemente denunciados por Wine, quien ha tenido que hacer campaña con chaleco antibalas y con escasa protección legal frente al constante hostigamiento.
La difícil misión del cambio
Los analistas coinciden en que aunque Museveni aún cuenta con una red poderosa de apoyo, especialmente entre las fuerzas de seguridad y las zonas rurales, la oposición —encabezada por Wine— ha ganado un gran seguimiento entre los jóvenes y los votantes urbanos. En las elecciones de 2021, Wine obtuvo el 35% del voto frente al 58% de Museveni, la diferencia más estrecha en décadas.
“Es una oportunidad para cambiar el curso de nuestra historia”, ha dicho Wine repetidamente durante la campaña. Pero el camino para derrocar democráticamente a Museveni es escabroso. No solo por el aparato estatal alineado con el mandatario, sino por una estructura electoral cuestionada, con fallos técnicos en las máquinas de registro biométrico y poca garantía de transparencia en el conteo de votos.
¿Una transición imposible?
Desde su independencia del Reino Unido en 1962, Uganda no ha tenido una transición pacífica de poder. Todos los cambios de liderazgo han venido como resultado de golpes de Estado o conflictos armados. Museveni llegó al poder tras una guerra civil y ha reformado la constitución en más de una ocasión para eliminar los límites de edad y de mandato presidencial.
Hoy, la autoridad presidencial descansa firmemente en la élite militar, particularmente en su hijo, el general Muhoozi Kainerugaba, quien se perfila como sucesor natural. Esta consolidación del poder ha generado temores fundados de una transición hacia una dinastía hereditaria disfrazada de sistema electoral.
Suspensiones y represión a la sociedad civil
En otro ataque directo a la transparencia del proceso electoral, las autoridades suspendieron las actividades de varias organizaciones cívicas clave durante la campaña. Una de ellas fue That Group, una entidad especializada en monitoreo electoral y análisis de medios, que según el Ministerio del Interior estaba involucrada en actos "prejudiciales para la seguridad" de Uganda.
Estos movimientos han provocado reacciones airadas por parte de la sociedad civil, periodistas y activistas. Según Human Rights Watch, este tipo de medidas debilitan severamente el marco democrático y hacen imposible evaluar la legitimidad del proceso electoral.
El papel internacional: entre el silencio y la condena
La reacción internacional ha sido tibia, en parte debido a que Uganda es un aliado clave para Occidente en la lucha contra el terrorismo en África oriental. Estados Unidos y la Unión Europea han expresado "preocupación", pero pocas acciones concretas se han tomado.
China y Rusia, por su parte, han mantenido relaciones estrechas con Museveni, ofreciendo cooperación militar y económica sin revisar los estándares democráticos o de derechos humanos. Esta bifurcación geopolítica refuerza la capacidad del régimen ugandés para resistir la presión internacional.
El futuro incierto de Uganda
El conteo oficial de votos debe completarse dentro de las 48 horas posteriores al cierre de urnas a las 4 p.m. del jueves. Mientras tanto, en las redes sociales —mediante el uso de VPNs— circulan vídeos de urnas abiertas antes del cierre oficial y denuncias de manipulación electoral.
En un contexto de redes cerradas, represión creciente y un electorado fragmentado entre la esperanza y el miedo, Uganda se enfrenta a un momento bisagra en su historia. La democracia, entendida como la capacidad del pueblo para cambiar a sus líderes en elecciones libres y justas, se encuentra hoy bajo amenaza directa.
“No se puede estar parado afuera esperando votar como si no tuviéramos nada que hacer” declaró Umaru Mutyaba, encargado de una casilla en Kampala. Su frustración resume el sentimiento de muchos ugandeses que hoy desconfían no solo de las elecciones, sino de un sistema que ha negado una y otra vez la alternancia en el poder.
