Trump en su segundo mandato: entre la resiliencia política y el desencanto popular
A un año de su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump enfrenta un escenario político complejo: índices de aprobación estables pero bajos, críticas sobre prioridades, y desafíos económicos y migratorios persistentes
El fenómeno de la aprobación inmutable
En una era marcada por la volatilidad política, Donald Trump parece haber conseguido una extraña estabilidad: su aprobación entre los estadounidenses apenas se ha movido. A un año de haber iniciado su segundo mandato, una encuesta del AP-NORC Center for Public Affairs Research revela que apenas el 40% de los adultos en EE.UU. aprueban su gestión. Un dato que, aunque modesto, guarda consistencia con los años anteriores.
Este fenómeno no es nuevo. Durante su primer periodo (2017-2021), Trump también mantuvo niveles de aprobación que oscilaban entre 35% y 45%, sin los repentinos picos o caídas asociados a eventos específicos —algo que sí ocurrió durante el mandato de Biden. De hecho, según datos de Gallup, esa rigidez en las cifras podría marcar un nuevo paradigma en la política estadounidense, en donde el voto es más tribal que racional.
Una economía que no convence
Trump ha insistido en que “el boom económico de Trump ha comenzado oficialmente”, pero las percepciones dicen lo contrario. Solo el 37% aprueba su manejo económico. Aunque ha mejorado ligeramente desde el peor momento en diciembre (31%), la mayoría de los estadounidenses describe la situación económica del país como “pobre”.
Durante su primer mandato, Trump mantenía un mayor respaldo en este aspecto. Casi la mitad de los ciudadanos aprobaban su gestión económica, gracias a un escenario previo a la pandemia con crecimiento y bajo desempleo. Sin embargo, la inflación persistente, el elevado costo de vida y un mercado laboral disparejo han debilitado su narrativa actual de prosperidad.
Un 60% de los adultos considera que Trump ha perjudicado el costo de vida en su segundo mandato; apenas un 20% opina que ha ayudado.
Inmigración: de fortaleza a vulnerabilidad
La inmigración fue uno de los temas bandera de la campaña y presidencia de Trump, tanto en 2016 como en 2024. No obstante, en su segundo mandato ha perdido fuerza como ventaja política. Mientras que en marzo de 2025 el 49% de los adultos aprobaba su manejo migratorio, esa aprobación cayó al 38% en enero de 2026.
Eventos como la muerte de Renee Good a manos de un oficial de inmigración de ICE han afectado la percepción pública. A pesar de ello, cerca del 45% de los encuestados todavía reconoce que Trump ha ayudado en algo al control de la frontera e inmigración ilegal.
Pero ese apoyo no es absoluto: el 50% cree que ha ido “demasiado lejos” en sus medidas de deportación. Aun así, se registra un fenómeno interesante: 2 de cada 10 votantes demócratas consideran que Trump ha tenido un impacto positivo en inmigración, una cifra superior al apoyo que recibe entre demócratas en temas como el empleo o el costo de vida.
Política exterior: el riesgo de desalinearse con “América Primero”
En su segundo mandato, Trump ha intensificado su enfoque en política exterior: desde el intento de adquirir Groenlandia hasta la captura militar del presidente venezolano Nicolás Maduro. Estas acciones, sin embargo, no han sido bien recibidas. El 60% de los estadounidenses desaprueba su manejo de la política exterior.
Además, el 56% siente que Trump ha abusado del uso del ejército en el extranjero, en contraste con la promesa inicial de campaña centrada en los intereses internos del país (“America First”). Esta desconexión entre el discurso original y las acciones actuales podría afectar su credibilidad de cara a 2028.
Prioridades equivocadas, según la mayoría
Otra señal de advertencia para Trump es la percepción sobre sus prioridades. El 50% considera que está enfocado “principalmente en temas equivocados”. Solo 20% cree que se enfoca en las prioridades correctas, mientras que un 20% adicional dice que ha sido una mezcla.
Esta opinión también se mantuvo constante durante su primer mandato, lo que sugiere que, pese al paso del tiempo y los cambios en contexto, Trump no ha logrado alterar la opinión pública sobre sus decisiones estratégicas.
El peso de la polarización
Donald Trump parece estar estancado en un bucle político: no gana apoyos nuevos, pero tampoco pierde a su base. En parte, esto se debe a una polarización cada vez más marcada en EE.UU. En un país dividido en extremos ideológicos, los votantes indecisos se han reducido significativamente.
Esto representa tanto una fortaleza como una debilidad: por un lado, le asegura un núcleo sólido de apoyo que lo puede llevar hasta el final de su segundo mandato; por otro lado, le dificulta ampliar su coalición para lograr consensos o avanzar reformas importantes.
¿Un segundo mandato sin efecto dominó?
Históricamente, los segundos mandatos han sido escenario de cambios ambiciosos o controversiales. Franklin D. Roosevelt consolidó el New Deal; Reagan empujó reformas fiscales; Obama legisló el matrimonio igualitario. Trump, sin embargo, se encuentra en una especie de suspensión dentro del sistema político estadounidense: sus decisiones no han movido la aguja de la opinión pública.
Esta parálisis puede convertirse en el legado de su segundo periodo: un presidente cuya gestión fue visible y controversial, pero incapaz de cambiar la estructura emocional y racional de una ciudadanía cansada del conflicto.
El reto para los demócratas
A pesar del bajo nivel de aprobación de Trump, esto no necesariamente implica una ventaja para los demócratas. Como muestra el ejemplo de Joe Biden, quien arrancó su presidencia con porcentajes mayores de aprobación pero rápidamente cayó en picada, el desgaste institucional es compartido.
La pregunta clave es: ¿ofrecerán los demócratas una visión suficientemente fuerte y diferenciada en 2028 como para romper con la estabilidad casi mística del trumpismo? Si no es así, el país podría continuar sumido en una alternancia entre líderes con baja aprobación y falta de sintonía con la ciudadanía.
Balance: ¿Fracaso o resiliencia?
Donald Trump ha demostrado una capacidad única para mantenerse como actor central del debate nacional, pese a la desaprobación constante. Su segundo mandato, hasta ahora, no ofrece la gesta redentora que algunos seguidores esperaban ni la debacle que sus detractores auguraban.
Más bien, presenta un retrato poderoso de estancamiento democrático y realinea nuestra comprensión del poder: no se necesita aprobación masiva para gobernar, solo la suficiente.
Como dijo alguna vez el sociólogo Max Weber: “El poder no siempre requiere legitimidad a ojos de todos, basta con control efectivo.” Y eso, al parecer, es lo que Trump ha entendido mejor que nadie.
