Ilia Malinin y el futuro del patinaje artístico: ¿ha alcanzado el deporte su límite físico?

El 'Dios del Quad' revolucionó el patinaje con su axel cuádruple, pero su innovación plantea una pregunta incómoda: ¿hay espacio para seguir evolucionando el arte sobre hielo?

El 14 de septiembre de 2022 en Lake Placid, Nueva York, Ilia Malinin logró lo que hasta entonces era considerado físicamente imposible: aterrizar exitosamente un axel cuádruple, el salto más complejo y temido del patinaje artístico. Hasta entonces, otros patinadores de élite lo habían intentado, todos sin éxito. Esa media vuelta extra —una que comienza de frente y no de espaldas, como los otros cinco saltos convencionales— había sido una barrera infranqueable. Malinin, autoproclamado “Dios del Quad”, la derribó, y con ello rompió el hielo de una era nueva, pero también incierta.

Una innovación que podría ser insuperable

Para entender el impacto de esta hazaña, hay que retroceder en la historia del patinaje artístico. En 1948, Dick Button logró el primer doble axel, y cuatro años después, el primer salto triple. Décadas más tarde, en 1988, Kurt Browning ejecutaba el primer cuádruple (un toe loop), y en 1998, Timothy Goebel lo llevó a otro nivel con el cuádruple salchow.

Sin embargo, el axel cuádruple va más allá. Requiere alrededor de 4.5 giros —uno adicional respecto a los cuádruples comunes— y una velocidad de rotación tan extrema que incluso físicos deportivos lo consideran el límite absoluto del cuerpo humano.

Mi mente explotó”, exclamó Jason Brown, dos veces olímpico estadounidense, al rememorar el momento. Y aún así, la pregunta que resuena es: ¿qué viene después?

La belleza del riesgo... y su castigo

Malinin sabe que su capacidad técnica es una bestia difícil de domar, pero también reconoce sus propias limitaciones creativas. Su famoso movimiento “raspberry twist” —un giro acrobático inédito creado por él— es una ovación segura en cualquier presentación. Pero no suma puntos dentro del sistema de evaluación.

Hay muchas cosas que quiero probar, porque creo que serían geniales y atractivas. Pero el riesgo no compensa”, declaró Malinin. Y aunque el patinaje artístico lleva implícito el término “artístico”, las puntuaciones a menudo castigan la experimentación.

El problema con el sistema: rigidez vs. creatividad

El sistema de puntuación de la International Skating Union (ISU) penaliza toda desviación importante del guion. Los programas están estructurados para incluir un conjunto de elementos predeterminados: seis saltos, giros específicos y secuencias de pasos. Cualquier intento de innovar, como el raspberry twist o los saltos hacia el lado opuesto, básicamente no suma puntos, o incluso puede restar si falla.

Alysa Liu, campeona mundial vigente, lo resume así: “Todos nuestros giros se ven iguales ahora. Pero podrían verse muy diferentes si no existieran tantas restricciones”.

Amber Glenn, tres veces campeona estadounidense, apunta a otro aspecto: “Mi compañera de entrenamiento, Sonja Himler, hace cosas increíbles que nunca has visto: gira y salta al revés. Pero mis puntuaciones son mejores solo por seguir las reglas, aunque sus movimientos son visualmente más impactantes”.

¿Y si el futuro no está en la técnica?

Parece contradictorio, pero quizás la próxima gran revolución del patinaje artístico no sea añadir un quinto giro, sino redefinir qué es lo artístico. Jason Brown, famoso por su excelso estilo y narrativa en hielo pese a no tener cuádruples estables, propone una evolución del deporte hacia el factor emocional más que hacia la acrobacia.

Hay mucho mérito en la técnica impresionante”, dice Brown. “Pero cuanto más nos fijamos en ejecutar elementos complicados, menos riesgos tomamos artísticamente. Y quizá el siguiente paso sea premiar la historia que intentamos contar”.

En un deporte evaluado por jueces humanos —y no por tiempo, distancia o puntuación objetiva—, esta frontera de subjetividad podría ser el punto de inflexión.

¿Qué tan lejos nos lleva la física?

El salto axel cuádruple tiene un tiempo de aire promedio de 0.7 segundos y requiere una velocidad angular superior a los 7 revoluciones por segundo. Aumentar ese ritmo para lograr un quinto giro implicaría saltar más alto, mantener la figura perfecta más tiempo y evitar fracturas fatales al caer. Estudios de biomecánica concuerdan: el quíntuple salto es virtualmente imposible con el cuerpo humano actual, sin asistencia mecánica o trajes especializados.

Estamos hablando del límite superior del potencial muscular, óseo y neurológico”, explica Dr. Yuki Furuya, investigador en el Instituto de Ciencias del Deporte de Japón. “Podría lograrse con mejoras marginales, pero el coste en lesiones y salud articular sería enorme”.

Apertura parcial: una oportunidad estancada

Para no perder emoción ni espectáculo, la ISU comenzó a flexibilizar algunas reglas. El backflip —prohibido durante décadas por su peligrosidad— ahora es legal, aunque no cuenta mucho en el conteo de puntos. Esta maniobra acrobática icónica, popularizada por Surya Bonaly en los años 90, representa ese “factor wow” que el público adora pero la federación rehúye incentivar.

Quiero aprender el backflip cuando me retire”, dice Glenn. “Pero practicarlo ahora me da miedo. Es estéticamente brutal, pero es una lesión esperando pasar”.

Riesgo artístico vs. rentabilidad deportiva

La tensión entre la expresividad y la norma también se vive en la formulación de coreografías. El director de alto rendimiento de U.S. Figure Skating, Justin Dillon, reconoce el conflicto:

Algunos patinadores proponen cosas únicas, pero cuando evaluamos la puntuación final, el riesgo muchas veces no merece la pena. Aun así, intento fomentar la individualidad”.

Entonces, ¿estamos condenando la originalidad para preservar el medallero? Como plantea Glenn, hay una disonancia entre lo que emociona al público y lo que valoran los jueces. El resultado: una fórmula que estandariza los programas y asfixia la innovación.

Ilia Malinin, visionario entre normas

Con apenas 20 años, Malinin ha redefinido los límites físicos de su deporte. Pero también ha sido víctima de un sistema que no recompensa la audacia creativa. Aún así, él no se da por vencido: “No he alcanzado mi tope, ni en técnica, ni en creatividad”.

Quizá el futuro del patinaje no pase por los cielos —por alcanzar el quinto giro o el triple movimiento simultáneo—, sino por el alma, por convertir el hielo en una narrativa, un poema visual. Porque cuando la física impone sus límites, es el arte el que toma el relevo.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press