Protestas, violencia y justicia: dos tragedias que sacuden a Estados Unidos

Desde el caso del manifestante herido por un proyectil en California hasta una masacre causada por un conductor ebrio en Nueva York, el país enfrenta dilemas sobre derechos civiles, uso de la fuerza y responsabilidad criminal.

Una protesta por justicia termina con una vida arruinada

El 9 de enero, en Santa Ana, California, Kaden Rummler, un estudiante universitario de 21 años, decidió unirse a una protesta luego del asesinato de Renee Good a manos de un oficial de inmigración en Minneapolis. Lo que comenzó como una manifestación pacífica terminó en tragedia personal: Rummler fue golpeado en el rostro por un proyectil disparado a corta distancia por un agente federal, lo que le provocó la pérdida de la visión en su ojo izquierdo.

Rummler, quien planeaba ejercer una carrera en silvicultura, ahora debe enfrentarse no solo a una recuperación física y emocional, sino también a las implicancias que esta lesión tendrá en su futuro. No puede manejar, ha perdido su percepción de profundidad y aún lleva incrustados fragmentos del proyectil en su cabeza.

El joven no fue el único afectado. Otro manifestante, Britain Rodriguez, de 31 años, también afirmó haber perdido la visión en un ojo tras ser alcanzado por un objeto similar. En ambos casos, los proyectiles parecen haber sido cápsulas metálicas y plásticas que contenían gas pimienta, según los abogados representantes y doctores.

Uso excesivo de la fuerza: ¿defensa o abuso?

Según testigos y grabaciones de video, un pequeño grupo de manifestantes se encontraba en las inmediaciones de un edificio de inmigración cuando los agentes —vestidos con equipo antidisturbios— comenzaron a usar proyectiles para dispersar a la multitud. En uno de los videos, se ve a un oficial disparar a Rummler desde corta distancia, justo antes de que este cayera al suelo sujetándose el rostro.

El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) apenas ha brindado respuestas. En una escueta declaración, uno de sus portavoces describió a los manifestantes como “violentos” sin especificar el tipo de proyectil ni explicar por qué se disparó directamente al rostro de un manifestante. Geoffrey Alpert, profesor en la Universidad de Carolina del Sur y experto en uso de la fuerza policial, afirmó: “No hay protocolo de entrenamiento que permita disparar a esa distancia. Es una violación directa de los principios básicos de uso de la fuerza”.

Una lucha por justicia legal y moral

Actualmente, Rummler enfrenta un cargo menor por conducta desordenada, mientras que otro manifestante fue acusado de agredir a un agente federal. Su abogado, John Washington, considera interponer una demanda contra el DHS. “Mi cliente pudo haber muerto. Si disparas con esa arma a la cabeza desde tan cerca, puede ser letal”, declaró.

Washington también mencionó preocupaciones sobre la composición del proyectil, especialmente si incluye materiales tóxicos. A pesar de los intentos de obtener información del gobierno federal, hasta ahora, no ha habido cooperación significativa por parte de Seguridad Nacional.

Una tragedia en Nueva York: muerte en Corlears Hook Park

La problemática del uso inapropiado de la fuerza y la responsabilidad personal tuvo otra cara brutal en la masacre ocurrida el Día de la Independencia en Nueva York en 2022. Daniel Hyden, conductor en estado de ebriedad y paradójicamente, consejero de adicciones, atropelló durante una barbacoa a un grupo de personas en Corlears Hook Park, matando a cuatro e hiriendo a siete.

Entre las víctimas fatales estaban Ana Morel (43), Lucille Pinkney (59), su hijo Herman Pinkney (38) y Emily Ruiz (30), amiga íntima de Halena Herrera, quien sobrevivió y presenció el horror completo. “La única razón por la que estoy viva es porque ellos estaban debajo del auto”, dijo Herrera durante la audiencia de sentencia en enero de 2026.

Sentencia ejemplar: 24 años a cadena perpetua

Hyden fue condenado por asesinato, homicidio vehicular agravado y otros delitos. El juez impuso una pena de entre 24 años y cadena perpetua. La fiscalía reveló que el acusado no solo conducía ebrio, sino que aceleró hasta 87 km/h en una zona de construcción, ignoró señales de tránsito y nunca frenó hasta medio segundo antes del impacto.

Después de causar la tragedia, intentó poner el vehículo en reversa. Testigos le quitaron las llaves para detenerlo. Herrera, quien sigue lidiando con PTSD y depresión, ahora estudia para ser terapeuta y cuidar a su hijo de 7 años. “Cruzar la calle es una pesadilla diaria”, confiesa.

Responsabilidad personal y fallas sistémicas

Ambos casos, aunque muy diferentes en contexto, apuntan a la misma fragilidad en la estructura de justicia y control de violencia en EE. UU. Por un lado, el uso letal de armas no letales en protestas pacíficas genera cuestionamientos éticos y legales hacia las fuerzas de seguridad. Por el otro, la tolerancia social y legal al manejo bajo influencias muestra sus consecuencias de la forma más trágica posible.

Las estadísticas refuerzan este panorama preocupante:

  • Más de 115,000 personas resultaron heridas por proyectiles de control de multitudes entre 1990 y 2017 según el BMJ (British Medical Journal).
  • En 2022, 13,524 personas murieron en EE. UU. en accidentes de conducción bajo efectos del alcohol (NHTSA).

¿Hay luz en el camino?

En ambos escenarios, las víctimas sobrevivientes buscan justicia y reparación emocional. Rummler, a pesar de su nueva realidad, dijo que volvería a protestar si hiciera falta. Herrera lucha día a día con su trauma mientras cría a su hijo. Ambos son caras visibles de un sistema que necesita urgente reforma, no solo en su estructura judicial, sino en la relación entre autoridades y ciudadanía.

Como sociedad, el camino hacia la justicia y la empatía aún tiene mucho por recorrer. Y mientras no aprendamos de estas tragedias, estaremos condenados a repetirlas, una y otra vez.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press