Elecciones en Uganda: entre la represión y la esperanza de un cambio
En medio de cortes de internet, despliegue militar y denuncias de fraude, el pueblo ugandés enfrenta otra elección bajo la sombra del autoritarismo de Yoweri Museveni
Un país en vilo
Uganda, una nación del este africano con más de 45 millones de habitantes, volvió a ser escenario de una elección presidencial marcada por la represión, la censura y la incertidumbre. El presidente Yoweri Museveni, quien lleva en el poder desde 1986, busca una séptima reelección en medio de acusaciones de fraude y violentos disturbios. Las cifras preliminares lo dan como amplio ganador con más del 70% de los votos, mientras su principal contrincante, el cantante y líder opositor Bobi Wine, apenas alcanzaría el 20%.
Pero en Uganda, los números oficiales distan mucho de los que se perciben en la calle. Wine ha calificado estas cifras como “falsas” y ha llamado a sus seguidores a no reconocer los resultados. El ambiente político se ha caldeado aún más con denuncias de detenciones arbitrarias, agresiones a simpatizantes opositores, e incluso la supuesta militarización del hogar del propio Wine. La policía sostiene que no está detenido, pero admite que hay un “control de acceso” a su residencia.
La figura de Bobi Wine: rebelde, símbolo y amenaza
Robert Kyagulanyi Ssentamu, conocido popularmente como Bobi Wine, saltó a la fama como músico antes de incursionar en política. Su estilo directo y su mensaje de cambio conectaron rápidamente con los jóvenes ugandeses, especialmente con aquellos que ya no recuerdan un Uganda sin Museveni en el poder. En un país donde más del 75% de la población tiene menos de 30 años, su discurso representa una alternativa vibrante frente al establishment anquilosado.
Desde que decidió postularse para presidente bajo el partido Plataforma de Unidad Nacional (NUP), Wine ha sido objeto de una campaña de intimidación: múltiples arrestos, golpizas y detenciones de sus colaboradores, uso desproporcionado de la fuerza por parte de las autoridades, e incluso censura a sus eventos políticos.
Durante esta campaña electoral, Wine debió usar chaleco antibalas y casco en sus mítines, en señal del temor constante por su vida. Y es que los paralelismos con el pasado de Uganda retumban ahora más que nunca: desde la era de Idi Amin hasta los oscuros días del Movimiento de Resistencia Nacional de Museveni, las transiciones democráticas no han sido la norma.
Un sistema democrático... en papel
Las elecciones en Uganda son convocadas regularmente, pero desde hace años ni los observadores internacionales ni buena parte de la población las consideran libres o transparentes. En los comicios de 2026, los ciudadanos fueron a las urnas en medio de un corte total del internet que duró más de cuatro días. La Comisión Electoral justificó esto como una medida de “seguridad”, aunque expertos y analistas consideran que se buscaba dificultar la fiscalización ciudadana, la coordinación de la oposición y el logro de una mayor transparencia en la transmisión de resultados.
Además, el día de la votación se vio plagado de irregularidades logísticas: desde retrasos en la apertura de centros de votación hasta mal funcionamiento o ausencia total de las máquinas biométricas destinadas a identificar a los votantes. Como si eso no fuera suficiente, en varias localidades se reportaron casos de supuesta manipulación de papeletas y desaparición de fiscales de mesas opositores, lo que Bobi Wine denunció como parte de un fraude sistemático.
“Hubo un relleno masivo de urnas y nuestros agentes fueron secuestrados o atacados”, declaró Wine a medios locales e internacionales, llamando a la resistencia pacífica ante lo que considera una imposición ilegítima del régimen.
Represión institucionalizada y legado autoritario
Museveni, actualmente de 81 años, ha hecho todo lo posible a nivel institucional para blindarse. En 2017, el Parlamento suprimió el límite de edad presidencial, lo que le permitió postularse nuevamente. Anteriormente, ya había modificado la Constitución para eliminar el límite de mandatos consecutivos. Hoy, se encuentra entre los líderes africanos con más años en el poder, junto a nombres históricos como Omar Bongo (Gabón) o Teodoro Obiang (Guinea Ecuatorial).
El control de Museveni se extiende más allá de las instituciones políticas: controla las fuerzas armadas, los medios estatales y buena parte de los recursos económicos del Estado. Además, ha logrado construir alianzas con ciertos sectores internacionales, garantizando estabilidad y cooperación en la lucha contra el terrorismo y el extremismo islámico en la región, principalmente en Somalia y el Cuerno de África.
Fricciones internacionales y la paradoja occidental
Occidente se encuentra en una posición difícil respecto a Museveni. Por una parte, gobiernos como Estados Unidos o el Reino Unido han expresado “preocupación” por las irregularidades y violaciones a derechos humanos en Uganda. Por otra parte, no han cortado fuertemente la cooperación militar o económica. Uganda recibe cientos de millones de dólares en ayuda internacional cada año, y es considerada un aliado estratégico en África subsahariana.
Según el analista político Charles Onyango-Obbo: “El dilema occidental con Museveni es que lo critican, pero nunca se atreven a actuar realmente contra él, porque siempre ha jugado la carta de estabilidad en una región volátil. Es un dictador funcional”.
¿Un cambio posible o un espejismo?
La gran pregunta que resuena al final de esta elección es: ¿podrá Uganda lograr una transición democrática real en el futuro cercano? La experiencia de los últimos capacitados mecanismos de legitimación electoral no hacen prever un cambio pacífico y ordenado.
No obstante, el surgimiento de figuras como Bobi Wine empieza a señalar una brecha generacional entre los líderes políticos y la sociedad. Millones de jóvenes ya no se sienten representados por los viejos referentes de la lucha armada o de las guerrillas del pasado. Hoy aspiran a un futuro diferente: uno con oportunidades, internet libre, educación de calidad y sistemas democráticos funcionales.
“Quieren convencernos de que este es nuestro destino, pero nosotros decimos basta”, escribió Wine en su cuenta de X, ese mismo día de la elección.
La historia de Uganda está lejos de escribirse en blanco y negro. Pero lo cierto es que cada elección amañada, cada represión silenciada y cada corte de internet aleja más al país de la democracia real y lo acerca a una autocracia sin disimulo.
Mientras tanto, el mundo espera. Y Uganda también.
