¿De Bukele a Arévalo? La mano dura en América Latina como respuesta a la violencia criminal
Un análisis sobre cómo líderes progresistas son arrastrados hacia políticas de seguridad inspiradas en el modelo salvadoreño ante la presión de EE.UU. y una ciudadanía desesperada
El regreso de la mano dura: una nueva ola autoritaria en América Latina
En los últimos años, un fenómeno político y social ha cobrado fuerza en América Latina: el giro hacia políticas de seguridad más radicales, muchas veces con tintes autoritarios. Esto ha sido motivado por la inseguridad, la presión internacional —principalmente de Estados Unidos bajo la administración Trump— y el ejemplo concreto de Nayib Bukele, presidente de El Salvador.
Bukele: del “millennial disruptivo” al modelo exportable
El mandatario salvadoreño se convirtió, para muchos en la región y particularmente para los sectores conservadores, en sinónimo de eficacia en el combate a la delincuencia. Desde que inició su “guerra contra las pandillas” en 2022, El Salvador ha visto una drástica reducción de los homicidios, pasando de 6.656 en 2015 a apenas 82 en 2025, según datos oficiales. Esa transformación vino acompañada de una crítica abierta de organismos de derechos humanos que denuncian detenciones arbitrarias, torturas y violaciones a garantías constitucionales.
Sin embargo, a nivel interno, Bukele goza de una aprobación superior al 80%, cifra que cualquier político querría para sí. ¿Cuál es el precio de ese respaldo? Según Human Rights Watch y Amnistía Internacional, más de 90.000 personas han sido detenidas bajo el régimen de excepción vigente por casi cuatro años.
Guatemala: una reforma progresista atrapada en la urgencia
En 2023, Bernardo Arévalo fue elegido presidente de Guatemala bajo una plataforma progresista, centrada en combatir la corrupción y fortalecer las instituciones judiciales y democráticas. Pero su visión reformista se vio sacudida por una tragedia: el asesinato de diez policías en enero de 2026 durante un motín en prisiones controladas por las maras.
Esto lo llevó a declarar un estado de emergencia por 30 días, lo cual limita derechos constitucionales como la libertad de movimiento, de reunión y protesta. "Vamos a perseguir y castigar a los responsables con todos nuestros recursos", declaró Arévalo en el funeral de los policías, replicando en parte la retórica confrontativa de Bukele.
¿El Salvador 2.0?
La comparación no es fortuita. Guatemala ha anunciado planes para construir una cárcel de máxima seguridad, parecida a la megacárcel de Bukele, al tiempo que endurece medidas contra las pandillas.
"La presión creciente de Estados Unidos y el ejemplo de El Salvador ha forzado a gobiernos progresistas a replantearse su estrategia de seguridad", afirma Tiziano Breda, analista senior de ACLED para América Latina.
But the public is not monolithic. There is still resistance, especially among las urbanas middle-class sectors and NGOs. Yet the sense of urgency over la desbordada inseguridad seems to overrule other principles for ahora.
México y Colombia también giran hacia el pragmatismo
La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, heredó la política de abrazos y no balazos de Andrés Manuel López Obrador, un enfoque basado en atacar las causas estructurales de violencia (pobreza, descomposición social, falta de oportunidades). Sin embargo, bajo presiones de Trump y crecientes niveles de violencia, Sheinbaum ha tomado medidas más agresivas contra los carteles. Su administración ha incrementado las detenciones y se ha coordinado más abiertamente con las fuerzas armadas.
En Colombia, el caso es aún más evidente. Gustavo Petro, ex guerrillero del M-19 y primer presidente de izquierda del país, prometió una política de “paz total”. Proponía acuerdos con todos los grupos armados ilegales y ampliar oportunidades a juventudes vulnerables. Pero ante el estancamiento de los diálogos con el ELN y el aumento de la violencia, Petro ha recurrido a la institución que antes cuestionaba: el Ejército colombiano.
Incluso ha amenazado con una acción militar conjunta con Venezuela si el ELN no accede a un proceso de paz. Irónico dado que Trump, hace apenas semanas, encabezó una operación en Venezuela que derrocó a Nicolás Maduro.
Estados Unidos: presión o injerencia
La influencia de la administración Trump es clave en este nuevo entorno. El expresidente ha catalogado a varias bandas criminales latinoamericanas como organizaciones terroristas, ha amenazado con intervención militar y ha empujado a líderes a endurecer sus políticas internas. En su narrativa, Bukele es un héroe moderno que demuestra como debe “limpiarse” un país en crisis.
Michael Shifter, del Inter-American Dialogue, explica: “Proyectar fuerza es un ganador político. Pero de proyectar a verdaderamente entregar resultados hay un trecho largo”. Y es que el modelo Bukele puede ser popular, pero también riesgoso. ¿Se puede replicar sin cruzar líneas democráticas?
Populismo, resultados y riesgos
El éxito aparente del modelo salvadoreño ha generado una fascinación peligrosa. Ecuador, Honduras y Costa Rica ya estudian imitarlo. El 30% de la población de América Latina vive en países que o bien adoptaron el enfoque “Bukele” o lo están considerando, según encuestas de Latinobarómetro.
Pero hay factores únicos de El Salvador que no aplican en otros contextos. Es un país pequeño, con instituciones débiles y una historia reciente de violencia extrema que justificó, para muchos, medidas extraordinarias. No todos los países tienen esa combinación.
Una región en tensión: derechos vs. seguridad
El dilema de América Latina parece plantearse entre dos extremos: defender principios humanitarios y democráticos o responder con puño de hierro a una inseguridad dolorosa y persistente. Lo cierto es que la mayoría de las democracias tambalean cuando enfrentan amenazas internas —y más aún bajo presión externa.
Como alerta Elizabeth Dickinson, del International Crisis Group: "Las ideas holísticas tardan en implementarse y mucho más en mostrar resultados. Pero la gente quiere soluciones rápidas y Bukele parece tenerlas".
Y esa es, quizás, la verdadera tragedia política de la región: una ciudadanía deseosa de paz y seguridad, dispuesta a sacrificar libertades fundamentales si eso garantiza dormir sin miedo.