Colombia y Congo: Dos conflictos, un mismo anhelo de paz bajo la presión regional
La violencia armada en Colombia y la República Democrática del Congo resurge en contextos distintos pero entrelazados por la lucha por el control territorial, la influencia internacional y la esperanza de reconciliación.
Dos continentes marcados por la violencia
Aunque separados por un océano y contextos geopolíticos distintos, Colombia y la República Democrática del Congo (RDC) comparten una historia de conflictos armados prolongados, alimentados por actores estatales, grupos insurgentes, intereses internacionales y una profunda crisis humanitaria.
Esta semana, estos dos escenarios volvieron a copar titulares: en el Congo, las fuerzas del gobierno recuperaron el control de la ciudad estratégica de Uvira que había sido tomada por los rebeldes del M23; en Colombia, un alto exparamilitar fue condenado por crímenes de guerra y el ELN liberó a cinco policías como muestra de voluntad para retomar negociaciones de paz.
Uvira: El estratégico ajedrez del Este del Congo
El conflicto en la RDC, especialmente en la región del este cercana a la frontera con Ruanda y Burundi, ha sido un epicentro de violencia desde los años noventa. La reciente reconquista de Uvira por parte del ejército congoleño y las milicias wazalendo aliadas representa una victoria táctica dentro de un ambiente altamente volátil.
Los rebeldes del M23, acusados por Naciones Unidas y el gobierno congoleño de estar apoyados por Ruanda, habían tomado Uvira tras una ofensiva relámpago. Su control de este territorio de la provincia de Kivu del Sur representaba una amenaza no solo para la estabilidad interna, sino también para la seguridad regional, especialmente para Burundi.
Según datos de Naciones Unidas, más de 1.500 personas han sido asesinadas y unas 300.000 desplazadas desde el inicio de esta ofensiva. En total, más de 7 millones de congoleños viven desplazados dentro y fuera del país, afectando la vida de millones y alimentando una de las crisis humanitarias más graves del planeta.
¿Una paz impuesta por EE.UU.?
La retirada del M23 se anunció como una medida unilateral solicitada por Estados Unidos dentro de los esfuerzos diplomáticos por desescalar el conflicto. No obstante, la retirada fue cuestionada por observadores como mero gesto de buena voluntad y no un verdadero cese de hostilidades.
La presión diplomática de Washington también ha involucrado encuentros entre el presidente congoleño Félix Tshisekedi y su homólogo ruandés Paul Kagame. Sin embargo, mientras la negociación se mantiene en los niveles más altos, las balas no han cesado en el terreno.
Colombia: Justicia y negociaciones con los brazos armados
Simultáneamente, al otro lado del Atlántico, Colombia vivió una jornada igualmente compleja. El exlíder paramilitar Salvatore Mancuso, repatriado desde EE.UU., fue condenado a 40 años de prisión por crímenes cometidos contra pueblos indígenas entre 2002 y 2006 en La Guajira. Se lo responsabiliza por 117 delitos, entre ellos asesinatos masivos, desapariciones forzadas y desplazamientos forzosos.
No obstante, en un giro desconcertante, se le abrió la posibilidad de reducir su condena a solo ocho años si colabora con la verdad y reparación a las víctimas. Mancuso, quien ahora funge como “facilitador de paz” en las negociaciones con otros grupos, es una figura clave dentro del complejo mosaico de procesos de paz que atraviesan al país.
Secuestros y liberaciones: El ELN vuelve al tablero
Por su parte, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla activa de origen marxista en Colombia, liberó a cinco policías secuestrados, enviados como mensaje de buena voluntad para reactivar los diálogos con el gobierno de Gustavo Petro.
Este grupo, con un estimado de 5.000 combatientes presentes en Colombia y Venezuela, ha sido señalado por prácticas como el narcotráfico, el secuestro y ataques a infraestructuras petroleras. Desde 1997, el ELN está designado como organización terrorista por EE.UU.
El gobierno Petro ha respondido positivamente al gesto, pero ha dejado claro que no volverá a la mesa si el ELN continúa reclutando menores de edad y participando en actividades ilícitas. La negociación enfrenta el reto adicional de un creciente rechazo social y político ante estos actores armados.
¿Qué tienen en común los conflictos de Congo y Colombia?
- Control territorial: Ambos conflictos giran sobre la disputa por territorios estratégicos ricos en recursos naturales (minerales en el Congo, cultivos ilícitos en Colombia).
- Intervención extranjera: Tanto EE.UU. como Naciones Unidas están implicados en medicaciones de paz que, si bien buscan estabilizar las regiones, también responden a intereses económicos y geopolíticos.
- Actores múltiples: Ambos escenarios presentan una multiplicidad de grupos (rebeldes, milicias, fuerzas oficiales, poderes regionales) enfrentados en un complejo equilibrio de poder.
- Horizonte incierto: Las retiradas o liberaciones “como gestos” no garantizan un fin del conflicto, especialmente cuando los factores estructurales (desigualdad, corrupción, impunidad) siguen presentes.
El papel de EE.UU.: ¿pacificador o actor geoestratégico?
Estados Unidos aparece como mediador en ambas situaciones. En Congo, sus esfuerzos buscan evitar que el caos escale hacia la región de los Grandes Lagos, un área rica en coltán, uranio y otros minerales estratégicos vitales para la industria tecnológica mundial. En Colombia, su contacto con el gobierno Petro se concentra en evitar la expansión del narcotráfico y posibles alianzas entre grupos armados.
Como señala el analista internacional Moisés Naím: “EE.UU. no interviene por altruismo; lo hace por intereses estratégicos disfrazados de paz”. Es una afirmación que resuena tanto en los motines del M23 como en las negociaciones con ex paramilitares y guerrillas en Colombia.
¿Paz duradera o treguas estratégicas?
Ambos casos muestran claramente la diferencia entre una verdadera paz sostenible y una simple tregua temporal. Las poblaciones desplazadas, víctimas de violencia sexual, familias fracturadas por décadas de guerra interna y el temor constante demuestran que la firma de un acuerdo no significa el fin del sufrimiento.
Aun cuando los titulares digan que Uvira ha sido tomada o que Mancuso ha sido condenado, el camino hacia una paz real requiere algo más que simbolismos. Requiere instituciones sólidas, educación, oportunidades económicas y, sobre todo, memoria.
Colombia y Congo: ¿destinados a una paz en parches?
Ambos países están en una etapa transicional. En Congo, cada ciudad que se recupera puede ser tomada al mes siguiente si no hay consolidación estatal. En Colombia, cada gesto del ELN o del Clan del Golfo es analizado como una posible señal para el proceso de “paz total” que plantea el gobierno Petro.
Pero mientras las armas sigan teniendo más poder que las urnas, y mientras los actores armados encuentren en la violencia su vía para negociar, el ciclo puede continuar. Las naciones necesitan que la comunidad internacional pase del discurso a la acción —y no solo militar. Necesitan acompañamiento real para sanar las heridas de un conflicto que se mide en décadas, no en titulares.
Como dijo el exsecretario de la ONU, Kofi Annan: “La paz no es simplemente la ausencia de guerra. Mientras haya pobreza, racismo y exclusión, podremos tener silencio, pero no paz”.
