Fe, moral y geopolítica: El grito de los cardenales católicos frente a la diplomacia de EE.UU.

Ante las acciones militares, amenazas territoriales y recortes en ayuda internacional, tres cardenales estadounidenses exigen una política exterior guiada por la dignidad humana

Un llamado desde la fe: cuando la moral entra a la arena internacional

En un contexto global marcado por la inestabilidad, el unilateralismo y el debilitamiento del multilateralismo, tres influyentes cardenales católicos estadounidenses —Blase Cupich (Chicago), Robert McElroy (San Diego) y Joseph Tobin (Newark)— se han manifestado con voz clara y crítica sobre la orientación de la política exterior de su país. Su mensaje, emitido desde Roma y en sintonía con el discurso del Papa, no podría llegar en un momento más oportuno.

En palabras de McElroy, “la mayor parte de Estados Unidos y del mundo están a la deriva moralmente en materia de política exterior”. Lejos de emitir una simple crítica política, los cardenales apuntan a una necesidad urgente de volver a colocar la dignidad humana en el centro de las decisiones globales.

La inspiración papal: el eco de un discurso contundente

El trasfondo clave de esta declaración es el contundente discurso diplomático que pronunció el Papa León XIV (el primer pontífice nacido en los Estados Unidos) ante los embajadores acreditados ante la Santa Sede el pasado 9 de enero. En él, el pontífice denunció cómo diversas naciones estaban recurriendo a la fuerza para imponer su voluntad, socavando los principios de paz y el orden legal internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial.

Sin mencionar nombres, este mensaje reflejaba críticamente los recientes episodios de acción militar en Venezuela por parte de Estados Unidos, amenazas de adquirir territorios estratégicos como Groenlandia y el desfinanciamiento de instituciones clave como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

¿Por qué Venezuela, Groenlandia y Ucrania?

Los tres cardenales señalaron de forma explícita a Venezuela, Groenlandia y Ucrania como símbolos de una diplomacia que recurre a la fuerza o amenaza con ella en lugar de agotar las vías diplomáticas. El intento de intervención en Venezuela para forzar la salida de Nicolás Maduro fue considerado, aunque bien intencionado en apariencia, como un atropello al principio de soberanía nacional y muestra de una dinámica basada en el “derecho del más fuerte”.

En el caso de Groenlandia, los comentarios del expresidente Donald Trump sobre “comprar” la isla generaron un eco internacional de asombro. Aunque la isla es una región autónoma bajo soberanía danesa, su potencial estratégico y sus recursos naturales despertaron el interés geopolítico de Washington, lanzando otra señal alarmante sobre el enfoque utilitarista de la diplomacia estadounidense.

El desmantelamiento de USAID: golpe a la cooperación internacional

Otra crítica de fondo es la reducción sustancial del presupuesto de USAID. Desde su creación en 1961, esta agencia ha sido pilar de la política de ayuda humanitaria global de EE.UU., asistiendo a millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, durante la administración Trump, la agencia fue objeto de recortes drásticos bajo el argumento de que promovía agendas “liberales”.

El cardenal Tobin, con experiencia de trabajo en más de 70 países con los misioneros redentoristas, afirmó: “la filantropía estadounidense marca una diferencia enorme en cuestiones que van desde el hambre hasta el acceso a la salud”. Suprimir o debilitar esa red de asistencia es, desde su perspectiva, un retroceso alarmante con consecuencias graves para los más vulnerables.

El papel de la religión en la construcción de la paz global

La intervención de líderes religiosos en los debates sobre política internacional no es nueva. Durante la Guerra Fría, Juan Pablo II jugó un papel esencial en el debilitamiento del comunismo en Europa del Este; la Iglesia Católica ha sido mediadora en múltiples conflictos (desde Colombia hasta Sudán). El hecho de que hoy vuelvan a alzar la voz debe leerse como un toque de alerta.

Tal como lo expresó Cupich: “Aceptar que ‘porque podemos hacerlo, lo haremos’ como norma para actuar en relaciones internacionales, representa una desviación peligrosa del estado de derecho y los principios básicos de convivencia global”.

La búsqueda del bien común, no de la hegemonía

Uno de los conceptos clave que se repite en la declaración de los cardenales es la noción de “bien común”. En lugar de apelar exclusivamente a los derechos individuales o a intereses nacionales, los prelados emplazan a Washington a diseñar una política exterior cuyo propósito sea elevar la dignidad humana, proteger la vida y promover la libertad religiosa.

“Mi prosperidad no puede construirse sobre el trato inhumano a otros pueblos”, sentenció Tobin, en uno de los mensajes más potentes de toda la declaración. En ese sentido, los prelados renuncian explícitamente a la guerra como instrumento de política, y defienden el uso de la fuerza militar solo como último recurso en situaciones extremas.

¿Mensaje político o clamor ético?

Los cardenales insisten en que su postura no tiene como fin criticar a una administración o respaldar partidos políticos. Más bien, desean invitar al pueblo estadounidense a recuperar una visión moral que históricamente posicionó a EE.UU. como un referente global en la defensa de los derechos humanos.

“No estamos respaldando ningún movimiento político —afirma Tobin—. Invitamos a la gente común a que haga valer la decencia humana básica, y a que no acepten la lógica de la guerra preventiva o del nacionalismo excluyente”.

Religión y diplomacia: una vieja pareja con nuevas tensiones

Históricamente, el Vaticano ha tenido un peso considerable en la diplomacia internacional, tanto formal —como actor con personalidad jurídica internacional desde 1929— como informal, a través de su autoridad moral. La reciente preocupación papal ante el desmantelamiento del orden multilateral y el aumento de las tensiones bélicas, reaviva esa tradición de intervención doctrinal en temas de escala global.

El papel activo de figuras como Cupich o McElroy (ambos alineados con el ala progresista del catolicismo estadounidense) fortalece ese puente entre doctrina y pragmatismo político. Como ya lo hizo Francisco con sus posicionamientos sobre la guerra en Ucrania, el cambio climático y la desigualdad económica, la Iglesia intenta recordarle al mundo que los fines no justifican los medios.

¿Qué podemos aprender los ciudadanos de a pie?

Más allá de su contenido eclesial, la declaración de los cardenales representa una oportunidad para reflexionar como sociedad sobre el tipo de liderazgo global que deseamos fomentar. ¿Queremos que nuestras decisiones geopolíticas se rijan por conveniencia o por justicia? ¿Aceptamos que los intereses económicos pesen más que el respeto a la soberanía o a las vidas humanas?

En tiempos en que los conflictos internacionales resurgen con fuerza (Ucrania, Palestina, Venezuela), es imperativo que las sociedades civiles y la diplomacia se reencuentren con principios éticos que prioricen el diálogo por encima del poder.

Un mensaje universal en tiempos de fractura

La intervención de los cardenales no debe leerse como una intromisión eclesiástica en política, sino como una revalorización de valores esenciales. Cuando el poder se desenfrena y la fuerza se impone sin justificación, es responsabilidad de los liderazgos morales —sean religiosos, académicos o culturales— recordar cuál es el propósito último de las naciones: servir al ser humano.

Retomar un “compás moral”, como proponen los cardenales, no es señal de debilidad, sino de grandeza. La esperanza de una política exterior más humana no está perdida, pero necesita urgente combustible ético para volverse realidad.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press