Japón, entre el miedo y la necesidad: el largo camino hacia el reinicio de la energía nuclear

El reactor No. 6 de la planta Kashiwazaki-Kariwa vuelve a operar tras más de una década, reavivando una compleja discusión nacional sobre seguridad, energía y memoria

Una vuelta al pasado nuclear: la historia de Kashiwazaki-Kariwa

En el corazón de la prefectura de Niigata, al norte del centro de Japón, se encuentra Kashiwazaki-Kariwa, la planta de energía nuclear más grande del mundo. Compuesta por siete reactores, este gigantesco complejo se convirtió en símbolo de la ambición energética del país en tiempos de prosperidad tecnológica. Pero también ha sido emblema de desconfianza desde el desastre que cambió la historia energética japonesa: el accidente nuclear de Fukushima en marzo de 2011.

La planta, propiedad de Tokyo Electric Power Company Holdings (TEPCO), ha permanecido inactiva desde 2012 debido a estrictas reformas regulatorias y la desconfianza de una población profundamente marcada por aquel suceso catastrófico. Sin embargo, el reactor No. 6 ha recibido finalmente luz verde para reiniciar operaciones, y su reactivación se ha producido esta semana en medio de un intenso debate social y político.

¿Qué cambió para justificar el reinicio?

Japón, pese a la disminución de su población, enfrenta un aumento en la demanda energética derivado de un crecimiento exponencial en el desarrollo de centros de datos, infraestructura para inteligencia artificial e industrias digitales. A esto se suma la crisis global de los precios de los combustibles fósiles, agravada por el conflicto de Ucrania y la incertidumbre geopolítica.

Bajo estos parámetros, el gobierno japonés, liderado por la primera ministra Sanae Takaichi, ha puesto en marcha una ambiciosa política de recuperación nuclear. El objetivo: duplicar el aporte nuclear en la matriz energética del país hasta alcanzar el 20% en 2040.

¿Puede confiarse en TEPCO?

Una de las grandes resistencias al reinicio del reactor No. 6 es, sin duda, la mala reputación de TEPCO. La empresa fue duramente criticada tras el desastre de Fukushima, no solo por errores técnicos y operativos, sino por una cultura corporativa marcada por la opacidad y la complacencia regulatoria.

Una investigación del Parlamento japonés en 2012 atribuyó la tragedia de Fukushima a una combinación de fallas técnicas, falta de preparación ante tsunamis y una “relación de compadreo” entre el operador y las autoridades reguladoras. Desde entonces, TEPCO ha invertido más de 1 billón de yenes (6.330 millones de dólares) en mejoras de seguridad para Kashiwazaki-Kariwa.

¿Qué medidas de seguridad se han implementado?

Desde 2011, el sitio ha sido objeto de una profunda transformación. Entre los aspectos reforzados destacan:

  • Sistemas de inyección de agua de emergencia
  • Barreras antimaremotos y un centro de comando sísmico
  • Instalaciones selladas contra el ingreso de agua
  • Unidades móviles de refrigeración
  • Válvulas de ventilación con filtros para evitar la emisión de partículas radiactivas

En 2023, la Autoridad de Regulación Nuclear de Japón declaró que el reactor No. 6 había resuelto los problemas de seguridad encontrados en 2021 y podía reanudar operaciones de manera controlada.

Los temores de la población local

Los residentes de la zona no comparten del todo la confianza oficial. Unos 18.600 habitantes que viven en un radio de 5 km del reactor serían evacuados en caso de fuga radiactiva, mientras que otros 400.000 tendrían que permanecer aislados. Este plan, sin embargo, se considera inviable según expertos, sobre todo después del terremoto de Noto en 2024 que bloqueó carreteras y dejó a miles incomunicados durante días.

“Los planes de evacuación son poco realistas”, dijo Mie Kuwabara, residente de Kashiwazaki que participó en una reciente protesta en Tokio. “La información que TEPCO nos da es unilateral y no suficiente para generar confianza”.

El contexto energético japonés

Tras Fukushima, Japón decretó una suspensión general de todas sus plantas nucleares. Esto llevó a una mayor dependencia del gas natural y el petróleo importado, especialmente desde Medio Oriente y Australia. Pero esa transición también implicó un incremento del precio minorista de la electricidad estimado en más del 25% entre 2011 y 2022, según datos del Ministerio de Economía, Comercio e Industria de Japón.

Actualmente, 14 reactores han vuelto a operar, pero el caso de Kashiwazaki-Kariwa es el primero de TEPCO. Esto ha reabierto heridas, pero también ha generado expectativa por la posible creación de empleos y revitalización económica regional.

El símbolo Fukushima aún perdura

Fukushima fue más que un desastre técnico: fue una crisis de confianza. Más de 150.000 personas fueron evacuadas y muchas aún no han podido regresar. Algunas regiones continúan siendo inhabitables. El coste estimado para el desmantelamiento y descontaminación supera los 22 billones de yenes (139.000 millones de dólares).

Incluso con nuevos sistemas y estrictos procedimientos, la herida permanece abierta. Estudios de opinión como el del Asahi Shimbun muestran que, en 2023, más del 60% de los japoneses se mostraban escépticos sobre la seguridad nuclear.

¿Futuro nuclear o transición verde?

El relanzamiento del reactor No. 6 se da también en una encrucijada global. Mientras muchos países invierten en renovables como energía solar o eólica, Japón mantiene una relación ambivalente con el átomo.

Por un lado, se desarrolla nueva tecnología de reactores modulares avanzados (SMR); por otro, el gobierno tiene como objetivo reducir la dependencia de paneles solares fabricados en China. El plan no renuncia a las renovables, pero las relega a una parte complementaria en la ecuación.

¿Lecciones aprendidas?

Los analistas se preguntan si Japón ha aprendido de Fukushima. Adrian Fuchs, investigador en políticas energéticas de la Universidad de Osaka, sostiene que “hubo avances tecnológicos y regulatorios evidentes, pero la transparencia, participación ciudadana y autoestima institucional siguen siendo débiles”.

Desde una perspectiva más crítica, el reinicio puede verse como un intento desesperado de sostener una industria cada vez más costosa, impopular e insostenible en el largo plazo. Pero también es un reflejo de cómo las necesidades energéticas, en un país con casi nula producción de recursos naturales, pueden arrastrar incluso a pueblos traumatizados al retorno de prácticas del pasado.

Los próximos meses serán cruciales: el reactor No. 6 funcionará a 50% de su capacidad por aproximadamente una semana, tras lo cual será apagado temporalmente para inspección antes de un eventual encendido total en febrero. Todo ello bajo la mirada de una nación que aún observa la energía nuclear con una mezcla de ansiedad, pragmatismo y una memoria que se niega a ser borrada.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press