Chile en llamas: la tragedia de los incendios forestales en el sur y su cruda realidad

Una combinación letal de negligencia, cambio climático y políticas forestales pone a Chile frente a una de sus mayores catástrofes recientes

El sur de Chile vive días de pesadilla. En medio de una ola de incendios forestales que ya ha cobrado al menos 21 vidas, destruyendo cientos de viviendas y desplazando a miles de personas, el país se enfrenta no solo a una emergencia ambiental de proporciones descomunales, sino a una profunda crisis estructural que tiene raíces humanas y políticas.

La tragedia en cifras

El fuego comenzó en varias zonas del centro-sur del país el pasado domingo, pero se ha propagado sin control especialmente en la Región del Biobío, donde se ubica la ciudad de Concepción. Hasta ahora, más de 45,000 hectáreas han sido arrasadas por las llamas, lo que equivale a unas 176 millas cuadradas, según las cifras oficiales más recientes. Para saber lo devastador de esta cifra, basta compararla con el incendio de Valparaíso y Viña del Mar de 2024, que consumió 8,500 hectáreas y dejó 131 muertos. En términos de área, los actuales incendios ya lo superan ampliamente.

Al menos 2,300 viviendas han sido completamente destruidas y cerca de 700 personas se encuentran refugiadas en albergues temporales. Penco y Lirquén, localidades costeras de Biobío, se convirtieron en el epicentro del desastre al haber sido prácticamente reducidas a cenizas. Una de las víctimas más recientes murió cuando los incendios se propagaron a otras regiones, incluyendo Ñuble y La Araucanía.

El origen: una estufa defectuosa y una tragedia anunciada

La fiscalía chilena ordenó la detención preventiva de un hombre de 39 años, acusado de provocar el incendio conocido como Trinitarias, uno de los más extensos y destructivos. Según el fiscal Jorge Lorca, el hombre utilizaba una cocina a leña en mal estado en una zona boscosa —una chispa habría saltado, prendiendo fuego a la vegetación seca y expandiéndose sin control debido al viento. Aún hay investigaciones en curso, incluso sobre cuerpos que podrían hallarse en zonas como Lirquén.

Imágenes provistas por una empresa forestal, y verificadas en helicóptero por la Policía de Investigaciones, habrían permitido vincular al sospechoso con el origen del incendio. El tribunal lo mantendrá en prisión preventiva hasta el 26 de enero, fecha en la que se formalizarán los cargos.

¿Cambio climático o negligencia?

La pregunta que resuena en los medios y en la sociedad es: ¿cómo llegamos de nuevo a este nivel de desastre? Si bien el cambio climático y las altas temperaturas forman parte del contexto, no se puede dejar de lado la responsabilidad humana en la génesis y expansión de estas catástrofes. Zonas forestales densas con infraestructura precaria, falta de vigilancia y ausencia de planes preventivos eficaces son factores que han amplificado el desastre.

“Estos incendios no se generan solos. Hay condicionantes estructurales que permiten que se salgan de control con tanta rapidez”, señala la geógrafa y especialista en clima Carolina Torres.

Los vientos secos, sumados a una sequía prolongada, prepararon el terreno para una eventual chispa. Pero esa chispa casi siempre tiene origen humano, ya sea por descuido, imprudencia o dolo.

Una tierra regada con pinos y eucaliptos

Chile ha apostado, desde los años 70, por el modelo de forestación masiva con especies exóticas como los pinos radiata y los eucaliptos. Estas especies crecen más rápido y son valiosas para la industria, pero tienen un grave costo ambiental: son extremadamente inflamables.

Según un estudio del Instituto Forestal de Chile (INFOR), cerca del 2.5% del territorio nacional está cubierto por monocultivos forestales, con una alta concentración en Biobío, Maule y La Araucanía.

“Estos árboles queman como si fueran gasolina. No es casualidad que los incendios sean más destructivos aquí que en otras latitudes”, afirmó en una entrevista el ecólogo forestal Juan Armesto.

La expansión de estas plantaciones desplazó a especies nativas que actuaban como barreras naturales al fuego o que retenían mejor la humedad.

La urgencia de un cambio

En 2017, Chile vivió uno de los incendios más devastadores hasta ese momento: el megaincendio de Santa Olga. Murieron 11 personas, cientos de casas fueron arrasadas y se establecieron compromisos estatales para mejorar la gestión de emergencias. Se habló de reformar la legislación forestal, de implementar mejor planificación urbana y de restringir el uso de suelo agrícola o residencial cerca de áreas de alto riesgo.

Pero muy poco se ha hecho desde entonces. La legislación sigue obsoleta, los recursos para la CONAF (Corporación Nacional Forestal) son limitados y la respuesta ante emergencias sigue descansando, en gran parte, en bomberos voluntarios sin el equipamiento necesario para eventos de esta magnitud.

Las víctimas: entre la desesperación y la incertidumbre

Historias como la de Rosa, una anciana de 83 años que perdió su vivienda familiar en Lirquén, abundan. “No escuchamos sirenas, nadie vino a avisar. Nos dimos cuenta por el humo. Tratamos de sacar lo que pudimos, pero el fuego llegó rápido”, relató.

Moradores acusan que hubo fallas en los sistemas de alerta, falta de rutas de evacuación claras y muy poca coordinación entre autoridades locales y nacionales. Algunos incluso señalan que parte de los incendios podrían haber sido intencionales, producto de conflictos sobre tenencia de tierras, aunque esto aún no ha sido confirmado.

¿Puede volver a ocurrir?

La respuesta corta es sí. Si no se modifican las políticas actuales, si no se replantea la matriz forestal del país y si no se fortalecen las capacidades de respuesta a emergencias, la historia se repetirá. Y no sólo con más incendios, sino con consecuencias sociales, económicas y ecológicas devastadoras.

Según datos del Ministerio del Interior, en Chile se producen anualmente entre 7,000 y 8,000 incendios forestales. Aunque la mayoría son contenidos prontamente, con el calentamiento global y los factores humanos en juego, es probable que los megaincendios no sean hechos aislados, sino una nueva normalidad.

El rol de la ciudadanía

También hay que mirar hacia la responsabilidad ciudadana. El uso de fuego en terrenos secos, quemas no controladas de basura, fogatas en parques sin autorización o incluso sabotajes intencionales deben ser condenados y perseguidos con firmeza. La conciencia colectiva sobre los riesgos del fuego en un país ecológicamente vulnerable debe ser parte del nuevo paradigma si se quiere evitar tragedias similares.

Además, urge educar a la población en medidas de prevención, crear cortafuegos naturales en entornos urbanos-rurales y explorar métodos antiguos, incluso indígenas, de manejo sostenible del territorio, como los Quemas Culturales, usadas ancestralmente por pueblos originarios para renovar suelos sin arrasar con ecosistemas enteros.

Salvar el futuro requiere actuar hoy

Chile está ardiendo con una mezcla explosiva de negligencia, modelo económico forestal y emergencia climática. Mientras experimente veranos más secos, tormentas de calor y mayor presión sobre su tierra por actividades humanas, los incendios forestales seguirán siendo una amenaza frecuente, mortal y destructiva.

Es momento de encarar la situación con más que promesas: con decisiones políticas valientes, inversión estratégica, ciencia, educación y justicia ambiental.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press