Vivir en penumbras: cómo Kyiv sobrevive al invierno sin electricidad

En el cuarto invierno de guerra, los residentes de Kyiv desarrollan formas ingeniosas e incansables para subsistir entre apagones, temperaturas gélidas y bombardeos constantes.

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Una rutina construida sobre la adversidad

En el corazón de Kyiv, la capital ucraniana con una población que supera los 3 millones de personas, el invierno no solo es una estación, sino una prueba constante de resistencia. Desde que comenzó la invasión rusa en 2022, la infraestructura energética del país ha sido blanco prioritario en la estrategia bélica del Kremlin. En su cuarto invierno consecutivo de guerra, la ciudad enfrenta apagones prolongados y temperaturas que bajan hasta los -10 °C.

Olena Janchuk, de 53 años y exmaestra de jardín de infancia, es uno de los tantos rostros de esta resistencia cotidiana. Vive en el piso 19 de un bloque de apartamentos soviético de 22 plantas sin ascensor funcional. Padece de artritis reumatoide severa, lo que hace imposible que descienda esos 650 escalones durante los múltiples apagones diarios.

Cuando pasamos diecisiete horas y media sin luz ni calefacción, hay que ingeniárselas”, explica sentada junto a una improvisada chimenea de velas y ladrillos apilados, diseñados para retener el calor. En las ventanas, la escarcha forma sombras permanentes en el interior. En su hogar, la tecnología se reduce a baterías portátiles, luces USB y un sinfín de adaptaciones.

El impacto cotidiano: electricidad como lujo

Según el Banco Mundial, el sistema energético ucraniano ha sufrido más de 20 mil millones de dólares en daños directos. Las plantas eléctricas, estaciones de transmisión y centros de distribución han sido atacados repetidamente. La respuesta gubernamental ha sido recurrir a cortes programados que preservan recursos eléctricos para infraestructuras críticas como hospitales, mientras los ciudadanos se adaptan a una rutina inédita.

Los residentes de Kyiv viven según horarios eléctricos: saben cuándo ducharse, cuándo cargar sus celulares, cuándo cocinar sopa sobre un hornillo de gas portátil o cuándo lavar la ropa. Las familias se concentran en las habitaciones que reciben sol durante el día y se amontonan al anochecer, con capas de ropa puestas, en habitaciones pequeñas para conservar el calor generado por fuentes alternativas.

Los desafíos de vivir en las alturas

Los edificios de Kyiv –principalmente torres construidas durante la era soviética– se han convertido en un rompecabezas logístico. En los pisos más altos, los apagones significan aislamiento casi absoluto. Ascensores que funcionan unas pocas horas al día son todo un lujo. Durante apagones súbitos, los vecinos que quedan atrapados dentro son asistidos por terceros que dejan botellas de agua o galletas en bolsas de plástico.

Lyudmila Bachurina, madre de Olena, con 72 años, es el eje del funcionamiento del hogar. Con una linterna cuadrada que carga por USB, se apura a realizar tareas cada vez que vuelve la electricidad: llenar botellas de agua, cocinar, lavar ropa, cargar dispositivos, todo en un suspiro eléctrico que puede durar tan solo dos horas.

Cuando se va la luz, solo queda esperar. Pero cuando regresa, hay que correr”, dice entre risas cansadas.

La brecha invisible de los generadores

En zonas acomodadas de Kyiv, los residentes han logrado comprar generadores diésel para alimentar ascensores o calefacciones básicas. En cambio, la mayoría de las viviendas sociales sigue totalmente dependiente del suministro eléctrico del estado.

“Las escaleras se han convertido en una barrera invisible para las personas mayores y con discapacidad”, denuncia una coalición de veteranos de guerra heridos y defensores de los derechos de personas con movilidad reducida. Piden que el municipio financie generadores para barrios enteros, pero la respuesta ha sido lenta.

Hoy, elementos como baterías externas, lámparas LED, calentadores USB y sistemas inversores son tan comunes como la sal o el pan. Muchos edificios recurren a chats de Telegram para coordinar ayuda comunitaria, informar sobre los cortes, ofrecer comida o simplemente verificar si un vecino anciano está bien.

Bombas, niebla y resiliencia

Desde la ventana de su apartamento en las alturas, Olena ve destellos lejanos de misiles surcando el cielo. La línea del frente parece cercana cuando la ciudad entera queda en silencio. Las explosiones son audibles incluso desde el interior de las torres. En ocasiones, el cielo nocturno se ilumina con el resplandor fugaz de una defensa antiaérea interceptando un ataque.

No poder salir, no ver la luz, eso te desgasta”, confiesa Lyudmila. “Pero si hay algo que repetimos todos los días como un mantra, es que aguantar es nuestra forma de luchar”.

Una guerra sistémica: energía como objetivo

Las autoridades ucranianas han acusado reiteradamente a Rusia de llevar a cabo una “guerra energética”, que busca desestabilizar la vida civil a través del colapso del sistema eléctrico. La Comisión Europea y Naciones Unidas han corroborado con datos el impacto profundo en la infraestructura, afectando especialmente plantas térmicas y líneas de alto voltaje.

Yuriy, supervisor de una planta de energía a carbón que ha sido bombardeada múltiples veces, describe el panorama de ruinas: maquinaria calcinada, techos caídos, tableros eléctricos derretidos. “Estamos restaurando lo que podemos, pero hay partes que no se pueden reemplazar”, explica mientras esquiva trozos de concreto y metal retorcido. Demandas por nuevos repuestos viajan semanalmente a Bruselas, Praga y Varsovia.

Cohesión humana en tiempos de oscuridad

Esta nueva normalidad ha traído consigo una redefinición de comunidad. Las redes de ayuda mutua han florecido. Jóvenes que antes iban a bares los fines de semana ahora organizan colectas para comprar calentadores. Iglesias funcionan como centros de carga eléctrica. Cafeterías permiten el acceso gratuito como puntos de wifi y luz.

En la adversidad, Kyiv supera la mera supervivencia: se reinventa. La oscuridad ha tejido nuevos vínculos y ha forzado a sus residentes a notar lo que antes era invisible: el esfuerzo de subir una escalera, el valor de una linterna, la calidez de una vela, la importancia de un vecino.

Una promesa latente

La guerra aún no termina, pero tampoco nuestra determinación”, dice Olena con la serenidad de quien ha vivido entre alarmas, ladrillos calientes y oscuridad perpetua.

En Kyiv, cada rayo de sol que entra por una ventana es aprovechado. Cada kilovatio ahorrado es una victoria. En un paisaje marcado por bombardeos, ruinas térmicas y generadores portátiles, la energía más poderosa sigue siendo la voluntad de su gente.

Fuente de daños estimados: Banco Mundial, Comisión Europea y Organización de las Naciones Unidas (2023)

Este artículo fue redactado con información de Associated Press