Esclavos de la guerra: cómo miles de migrantes son víctimas del reclutamiento forzado en Rusia
Testimonios desesperados revelan una red de explotación que transforma sueños de trabajo en el extranjero en pesadillas bélicas
Por: Redacción
Promesas rotas y contratos con la muerte
Cuando Maksudur Rahman dejó Bangladesh rumbo a Rusia en diciembre de 2024, creyó que iba a trabajar como empleado de limpieza en un campamento militar. Como tantos otros, pidió un préstamo cuantioso para pagar al agente de contratación, quien aseguraba que el salario estaría entre $1,000 y $1,500 mensuales.
Pero la realidad lo estrelló con una crudeza impensable: apenas desembarcó, lo obligaron a firmar un documento en ruso que resultó ser un contrato militar. En cuestión de días, fue enviado a un campo de entrenamiento donde se le enseñó a usar drones, armas pesadas y realizar evacuaciones médicas bajo fuego enemigo. Así, aquel migrante que soñaba con mejorar la suerte de su familia en Lakshmipur, se convirtió en soldado involuntario en la guerra entre Rusia y Ucrania.
“Nos compraron”
“Tu agente te envió aquí. Nosotros te compramos”, le dijo un comandante ruso a Rahman mediante un traductor de celular cuando el joven protestó por la situación. Rahman fue uno de los cientos de bangladesíes que, según una investigación extensa de AP, fueron engañados o coaccionados para formar parte del ejército ruso.
Muchos de estos hombres terminaron realizando tareas en las líneas del frente: transportando heridos, recuperando cadáveres, cavando trincheras o incluso liderando avances frente al escudo de soldados rusos que se quedaban atrás. Todo esto contra su voluntad.
Un modelo de exportación de mano de obra, ahora militarizado
Bangladesh es uno de los principales exportadores de fuerza laboral a nivel mundial. Más de 10 millones de bangladesíes trabajan actualmente en el extranjero, generando casi 22,000 millones de dólares en remesas anuales (Banco Central de Bangladesh, 2023). Para muchas familias, enviar a un hijo a buscar trabajo afuera es una decisión económica marcada por la esperanza.
En ese contexto, agentes de contratación inescrupulosos comenzaron a ofrecer “trabajos civiles” en Rusia —como limpieza o cocina en bases militares— y exigieron pagos que oscilaban entre 800,000 y 1.5 millones de takas (de 7,200 a 13,500 USD) a los aspirantes.
Pero al llegar, los trabajos resultaban ser trampas disfrazadas de contratos, y con la guerra como destino final.
Las historias desgarradoras de los desaparecidos
Más allá de Rahman, hay decenas de historias similares. Ajgar Hussein, padre de dos hijos, viajó en diciembre creyendo que trabajaría como lavandero. Pero después de un par de mensajes donde reveló estar en entrenamiento militar obligatorio, desapareció. Su esposa, Salma Akdar, mantiene viva la esperanza con los documentos que él le envió: el contrato militar, la visa rusa y una foto con su placa del ejército.
Otro joven, Sajjad, de 20 años, se fue con la ilusión de ser chef. Fue engañado, entrenado para cargar armas y torturado cuando cuestionó sus órdenes. Murió por el impacto de un dron, y la noticia devastó tanto a su madre que poco después murió llamando a su hijo en su lecho de muerte. El padre aún guarda grabaciones de voz suyas donde rogaba que lo ayudaran.
Fabricando soldados con desesperación
La razón principal detrás de este fenómeno es clara: Rusia necesita soldados. El presidente Vladimir Putin ha manifestado públicamente que unos 700,000 militares rusos están involucrados en la guerra. Sin embargo, para evitar movilizaciones masivas impopulares como la que causó la huida de decenas de miles en 2022, el Kremlin ofrece jugosos incentivos: salarios por encima del promedio nacional, condonaciones de deudas y la ciudadanía rusa automática para extranjeros enlistados.
En regiones como Janti-Mansi (Siberia), firmar un contrato militar puede representar bonificaciones de hasta 50,000 dólares, el doble del ingreso anual promedio regional.
Un sistema internacional de reclutamiento oscuro
La red que lleva a estos hombres hasta el campo de batalla es compleja. En Bangladesh, investigadores descubrieron conexiones entre intermediarios locales y empresas pantalla como SP Global, que operaba hasta 2025. El mismo modelo se ha replicado en India, Nepal, Cuba, Irak y África, donde ciudadanos han sido engañados mediante promesas laborales, según reportes de gobiernos y medios locales.
En 2024, India denunció ante Rusia que al menos 35 ciudadanos suyos habían sido reclutados bajo engaño y enviados al frente. Nepal prohibió cualquier migración laboral hacia Rusia o Ucrania. Incluso 5,000 iraquíes están luchando por ejércitos de ambos bandos en Ucrania, muchos forzados, según autoridades de Bagdad.
Voces de denuncia y resistencia
Organizaciones como BRAC, la ONG más grande del sur de Asia, han identificado al menos a 10 bangladesíes aún desaparecidos en combate tras haber sido víctimas de este sistema de trata.
“Hay entre dos y tres niveles de intermediarios que se están enriqueciendo”, explicó Shariful Islam, jefe del programa de migración de BRAC, en referencia al complejo circuito de explotación.
En Rusia, grupos como Idite Lesom (“Vete al bosque”) y el Movimiento de Objetores de Conciencia están documentando abusos y ayudando a soldados y migrantes a escapar del ejército ruso.
Una guerra disfrazada de empleo
Los métodos de captación varían, desde ofertas por redes sociales hasta redadas en barrios de migrantes en ciudades rusas, con amenazas de cárcel y deportación para quienes no firmen contratos. Además, desde noviembre de 2024, un decreto de Putin obliga a los residentes extranjeros que deseen estabilidad migratoria a servir en el ejército.
Las promesas laborales sirven solo como cebo. Una vez dentro, el contrato se vuelve indefinido, los derechos desaparecen y la denuncia es casi imposible.
De la guerra no se regresa... ni el dinero tampoco
Los sobrevivientes que logran regresar lo hacen con heridas físicas, traumas emocionales y familias devastadas. Ninguno ha recibido el salario prometido. Muchos vuelven a aldeas donde los reclutadores continúan operando con impunidad.
“No quiero dinero ni compensación. Solo quiero que regresen los padres, hijos y esposos que se llevaron”, clama Salma Akdar.
Esos hombres que buscaron servir sopa o barrer pisos, terminaron enterrando compañeros bajo fuego cruzado, acosados por drones y atrapados entre minas mientras oficiales rusos huían de la línea de combate.
Con más de 18,000 extranjeros luchando del lado ruso en Ucrania y más de 3,400 muertos (cifras del gobierno ucraniano), este sistema de “reclutamiento extranjero” se perfila como uno de los aspectos más oscuros de una guerra ya devastadora por sí misma.
Una guerra que no solo consume pueblos y ciudades, sino también los sueños de aquellos que, en su ingenuidad, solo quisieron trabajar para vivir mejor.
