Goma bajo control rebelde: un año de crisis, resiliencia y abandono económico

Tras un año desde la ocupación de la ciudad congoleña por el M23, la vida continúa entre mercados vacíos, escuelas cerradas y una economía paralizada por el conflicto armado

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Una ciudad ocupada: Goma un año después

Hace más de un año, los rebeldes del Movimiento 23 de Marzo (M23), respaldados por Ruanda según múltiples informes internacionales, tomaron el control de Goma, una ciudad estratégica en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Desde entonces, la zona vive sumida en una profunda crisis humanitaria y económica, con más de 7 millones de personas desplazadas en todo el país, según cifras del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Goma no es solo un símbolo militar en el conflicto que persiste desde hace décadas en el este del Congo. Es también un núcleo comercial y logístico clave para el país. Su caída en manos del M23 ha dejado heridas abiertas en su tejido social y económico.

La parálisis del sistema financiero

Una de las consecuencias más contundentes de la ocupación ha sido la desaparición del sistema bancario. Los bancos cerraron sus puertas tras la entrada del grupo armado, y con ello, la ciudad quedó doblada económicamente. Los cajeros automáticos están fuera de servicio, las transferencias bancarias tradicionales se han detenido y los habitantes han tenido que adaptarse como pueden.

"Dependemos de los servicios de transferencia de dinero por móvil, pero se llevan hasta el 3,5% de comisión por cada retiro", explica Grâce Omari, residente del barrio Chaumage. Aunque la tecnología ofrece una vía de subsistencia, lo hace a un alto costo para familias que ya malviven.

Mercados en pie, pero sin alma

El Mercado de Kituku, el corazón comercial de Goma, sigue activo los lunes —su tradicional día de mercado—. Sin embargo, la intensidad de la actividad ha disminuido drásticamente. Las mujeres, que constituyen el grueso de los comerciantes locales, venden vegetales, ropa usada y productos básicos con expresiones cansadas y movimientos mecánicos.

"Vivía con dignidad antes", dice Espérance Mushashire, madre de 12 hijos. "Ahora apenas vendemos nada. La gente viene, pregunta precios, pero no compra. Mis hijos ya no van a la escuela".

La educación como lujo perdido

Uno de los indicadores más alarmantes de la crisis en Goma es la deserción escolar masiva. Con las familias luchando por sobrevivir, la educación ha dejado de ser una prioridad accesible. En barrios como Mugunga, a las afueras de la ciudad, la rutina diaria se ha reducido a buscar comida y tratar de sobrevivir.

"Antes ganaba dinero vendiendo, podía pagar comida y medicinas. Pero ahora ya no. Todo mi ahorro desapareció. Y lo poco que tenía, lo tomaron los del M23 directamente de mi casa", cuenta Agathe Hanghi.

Una economía sin rumbo

En la Universidad local, el profesor de economía Deo Bengeya trata de instruir a sus alumnos sobre una realidad económica que desafía cualquier teoría clásica. Según él, sin instituciones financieras, no hay recuperación posible: no hay crédito, no hay inversión, no hay ahorro protegido.

"La economía de Goma está en estado crítico", señala Bengeya. "El poder adquisitivo ha caído, el empleo ha bajado, los salarios también, y mucha gente ha huido de la ciudad".

El impacto es brutal: las empresas se han ido, no llegan nuevas inversiones, y la economía local subsiste en estado vegetativo, recortada a intercambios mínimos y muy poco productivos.

Rebeldes con poder y sin oposición

El M23, surgido en 2012 y reactivado de forma espectacular en los últimos años, continúa consolidando su poder. Según múltiples reportes —incluidos de organizaciones como Human Rights Watch— Ruanda ha jugado un papel crucial en su rearme y expansión, algo que el gobierno ruandés niega categóricamente.

Un año después, Goma sigue en manos del M23. La fuerza del Estado se ha desvanecido no solo militarmente, sino también en su capacidad de mantener a flote los sistemas básicos que permiten vivir con dignidad. La policía local ha sido sustituida por estructuras paralelas de los rebeldes, que administran justicia a su manera y recaudan impuestos bajo amenaza de violencia.

Crónica de una crisis prolongada

Esta no es una situación nueva para la región. El este del Congo ha sido escenario de guerras, violencia tribal y explotación desmedida de recursos por casi tres décadas. Más de cien grupos armados operan en la zona, con intereses que van desde el saqueo de minerales hasta rivalidades étnicas y geopolíticas.

Pero el caso de Goma destaca por el simbolismo de su ocupación, y por la magnitud del impacto económico que ha tenido. En un país ya azotado por debilidades estructurales, la pérdida de uno de sus principales centros urbanos es un golpe difícil de encajar.

El silencio de la comunidad internacional

A pesar del evidente deterioro de la situación, la comunidad internacional ha ofrecido respuestas tibias. Algunos países han emitido comunicados de condena; otros han reiterado llamamientos a “procesos de paz inclusivos”. Pero en el terreno poco ha cambiado. La MONUSCO (misión de paz de la ONU en el Congo) ha sido duramente criticada por su pasividad, y su presencia se percibe como simbólica en muchas áreas.

Mientras tanto, los millones que siguen desplazados dentro del Congo, y en especial los cientos de miles cuyo sustento dependía directa o indirectamente de Goma, viven día a día sin una hoja de ruta clara.

Síntomas de una crisis humanitaria

  • 7 millones de desplazados en todo el país, según ACNUR.
  • Sin servicios de salud adecuados, muchas enfermedades fácilmente tratables se convierten en causas de muerte.
  • La desnutrición infantil crece sin freno: en el este del Congo, uno de cada tres niños sufre algún grado de desnutrición, según UNICEF.
  • La tasa de desempleo ronda el 70% en algunas zonas del este, incluyendo Goma.

¿Hay futuro?

En Goma, los habitantes no se atreven a hacer predicciones. "Sobrevivimos, pero no vivimos", explica una madre de familia que vende harina en Kituku. Pero incluso aquí, donde el desencanto reina, persiste un hilo de esperanza. La comunidad se mantiene unida, muchas veces compartiendo lo poco que tienen. Las organizaciones humanitarias locales, aunque con medios limitados, continúan ofreciendo comida, educación informal y apoyo psicológico.

Como dice el profesor Bengeya: "La economía necesita orden, justicia y seguridad para funcionar. Sin eso, no hay futuro".

Este artículo fue redactado con información de Associated Press