Venezuela, petróleo y poder: la apuesta militar y diplomática de Trump en América Latina

Entre amenazas de intervención militar y gestos de acercamiento, la política exterior de EE.UU. hacia Venezuela bajo Trump revela tensiones entre el poder ejecutivo, el Congreso y los derechos humanos

Una política exterior de doble filo

La política estadounidense hacia Venezuela ha dado un nuevo giro bajo la administración de Donald Trump, y el senador Marco Rubio, ahora secretario de Estado, es el rostro más visible de esta estrategia. En una serie de declaraciones previas a su comparecencia ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Rubio advirtió que EE.UU. está preparado para usar la fuerza militar nuevamente en Venezuela si la nueva dirigencia del país sudamericano se desvía de sus expectativas.

Esta postura ha suscitado un intenso debate en Washington y más allá, en una muestra de cómo la política exterior estadounidense se entrelaza con intereses geoestratégicos, ambiciones económicas y cuestionamientos éticos. ¿Qué se juega realmente Washington en Venezuela y cuál es el trasfondo de estas amenazas de intervención?

Maduro fuera, pero no la tensión

Tras la captura del expresidente Nicolás Maduro a principios de enero —acusado en EE.UU. de narcotráfico—, Trump y Rubio han reiterado que no buscan una guerra, pero que no descartan el uso de la fuerza. En palabras de Rubio: “Estamos preparados para usar la fuerza para garantizar una cooperación máxima si otros métodos fracasan”.

El operativo fue calificado por la administración como una acción coordinada de fuerzas de seguridad, no una ocupación militar. Sin tropas estadounidenses desplegadas en el terreno, el discurso busca evitar los ecos de Irak o Afganistán. Sin embargo, los más de 36 ataques contra embarcaciones sospechosas en el Caribe y el Pacífico han dejado más de 120 muertos desde septiembre pasado, una cifra preocupante que empieza a aparecer en las cortes estadounidenses a través de demandas por muertes injustificadas.

Choque en el Congreso

Mientras algunos republicanos respaldan las acciones presidenciales, los demócratas han criticado duramente el exceso de autoridad del Ejecutivo. La Cámara de Representantes rechazó por poco una resolución basada en la Ley de Poderes de Guerra que habría obligado a Trump a retirar cualquier presencia militar de Venezuela.

La Constitución de EE.UU. confiere al Congreso la capacidad exclusiva de declarar guerras, por lo que este tipo de intervenciones unilaterales reavivan el debate sobre la legalidad del uso de la fuerza sin aprobación legislativa.

El dilema de Delcy Rodríguez

La aparente sucesora de Maduro, Delcy Rodríguez, ha mostrado una sorprendente disposición a colaborar con Washington. Una figura política previamente ligada al chavismo, Rodríguez ha aceptado varias exigencias clave:

  • Apertura del sector energético a compañías estadounidenses
  • Fin de las exportaciones de petróleo subsidiado a Cuba
  • Uso de las ganancias petroleras para comprar bienes estadounidenses

La liberación de 266 presos políticos desde el 8 de enero y el establecimiento de “canales respetuosos de comunicación” con la administración Trump parecen formar parte de una estrategia de sobrevivencia política y no necesariamente de convicción ideológica.

¿Normalización de relaciones o control económico?

El Departamento de Estado ha notificado su intención de reabrir la embajada de EE.UU. en Caracas, cerrada desde 2019. Sin embargo, normalizar completamente las relaciones diplomáticas requeriría que Washington revoque su reconocimiento del parlamento elegido en 2015 como el gobierno legítimo del país, lo cual marcaría un cambio de postura profundo.

Mientras tanto, la agenda de negociación incluye intereses económicos significativos. La apertura del sector petrolero a empresas estadounidenses no solo implica oportunidades comerciales, sino también una herramienta de presión geoestratégica sobre China y Rusia, principales inversores en el petróleo venezolano durante los años de Maduro.

La figura de María Corina Machado

Otro personaje clave en este ajedrez político es María Corina Machado, líder opositora que vivió un periodo de clandestinidad tras las elecciones de 2024 ganadas, según EE.UU., fraudulentamente por Maduro. Reapareció públicamente para recibir el Premio Nobel de la Paz en diciembre, y ahora se encuentra en Washington, donde incluso entregó su medalla a Donald Trump como símbolo de apoyo por haber derrocado a Maduro.

Machado representa la cara moral y civil de la oposición venezolana. Sin embargo, su papel en este nuevo tablero sigue siendo incierto, ya que Trump parece inclinarse más por una realpolitik centrada en la estabilidad y los contratos energéticos que en procesos democráticos transparentes.

Una guerra sin soldados visibles

Mientras Rubio insiste en que “no hay guerra contra Venezuela ni tropas estadounidenses en tierra”, la acumulación de fuerza militar en la región y las operaciones navales letales dibujan un cuadro mucho más agresivo. Esta estrategia de “coerción desde lejos” mantiene los costos políticos bajos, pero plantea preguntas sobre responsabilidad legal y respeto por los derechos humanos.

Además, mantener la ambigüedad sobre qué autoridades constituyen el gobierno legítimo de Venezuela permite a EE.UU. negociar con quien conviene en el momento, sin comprometerse con principios democráticos coherentes.

Perspectivas para América Latina

El caso venezolano refleja cómo el gobierno de Trump visualiza su rol en América Latina: una combinación de intervencionismo militar, intereses energéticos y negociaciones bilaterales duras. En palabras de Rubio, “nuestra misión en este hemisferio no puede comprometerse”.

Este enfoque resucita ecos de la Doctrina Monroe, bajo la cual EE.UU. se consideraba el guardián del orden en el continente americano frente a influencias externas. Pero en el siglo XXI, con una región cada vez más diversificada en alianzas y objetivos, este planteamiento genera fricciones y cuestionamientos éticos.

La sombra del petróleo

Históricamente, el petróleo venezolano ha sido un objeto codiciado por potencias extranjeras. Desde la creación de Petróleos de Venezuela (PDVSA) en los años 70 hasta las sanciones impuestas por EE.UU. en la última década, el oro negro ha moldeado todas las decisiones políticas en y sobre Venezuela.

Hoy, con una producción debilitada que apenas supera los 750,000 barriles diarios (según datos de la OPEP), la apertura del sector energético aparece como una tabla de salvación no solo para la economía venezolana, sino también para las ambiciones geopolíticas de Washington.

¿Un nuevo capítulo o un viejo libreto?

La combinación de amenazas de intervención, negociaciones energéticas y reanudación de relaciones diplomáticas podrían marcar un nuevo capítulo... o una repetición de antiguas fórmulas en la política exterior estadounidense hacia Latinoamérica. La pregunta sigue siendo si esta renovada presencia de EE.UU. contribuirá a una verdadera transición democrática y recuperación económica para Venezuela, o si será únicamente una estrategia para afianzar intereses geopolíticos y empresariales.

Con el telón de fondo de elecciones en EE.UU., esta política hacia Venezuela se convierte en una carta electoral interna, donde el “éxito” en política exterior podría traducirse en puntos a favor de la administración ante su electorado.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press