Fronteras internas: el nuevo rostro del miedo en las ciudades de EE. UU.

Alcaldes y ciudadanos entre el despliegue de ICE, protestas, políticas ambientales y una nación que redefine su concepto de seguridad

Por qué una alcaldesa lleva su pasaporte al supermercado, cómo miles protestan contra la detención de familias migrantes y qué significa que los estados se liberen del control federal ambiental: Estados Unidos está viviendo transformaciones profundas en cómo se entiende el poder, la seguridad y los derechos en su propio territorio.

Un país, muchas leyes: la tensión entre lo federal y lo local

Elizabeth Kautz, alcaldesa republicana de Burnsville en Minnesota, lleva años liderando su comunidad. Pero en una confesión que sorprendió incluso a sus colegas, ha dicho públicamente que ahora lleva constantemente su pasaporte. ¿El motivo? Temor a ser interceptada por agentes de inmigración (ICE).

Los agentes de ICE no saben que soy la alcaldesa”, explicó durante la apertura de la Conferencia de Alcaldes de Estados Unidos en Washington, dejando en evidencia cuán difusa se ha tornado la línea entre vigilancia legítima y amedrentamiento.

Lo preocupante es que no se trata de una anécdota aislada. Varios alcaldes, tanto republicanos como demócratas, han denunciado cómo la agresiva política de control migratorio del expresidente Donald Trump y su reintroducción bajo su nueva propuesta política están resquebrajando las bases de confianza ciudadana.

La resaca de la operación en Minneapolis: miedo e indignación

El asesinato de Alex Jeffrey Pretti a manos de dos agentes federales en Minneapolis ha avivado un debate nacional sobre los límites del poder federal. La administración Trump, que lleva meses intensificando operativos contra inmigrantes sin documentos —incluso en ciudades santuario—, ha instalado un ambiente de paranoia que afecta a todos los residentes, incluyendo a ciudadanos estadounidenses, funcionarios electos y familias mestizas.

Según el alcalde de Oklahoma City, David Holt, “No hay un problema más urgente que enfrentar como estadounidenses que el caos en Minnesota por el aumento sin precedentes de medidas de control migratorio”. Allí, incluso comunidades no impactadas directamente por detenciones viven ya con temor, por solidaridad o por anticipación.

Ciudades divididas, alcaldes enfrentados

La paradoja es clara: los alcaldes reciben presiones de sus ciudadanos para oponerse a la presencia federal, pero no cuentan con mecanismos legales para expulsar a agentes del gobierno nacional. Mientras tanto, la élite federal espera cooperación local como si fuera una obligación, no una elección.

La alcaldesa Leirion Gaylor Baird de Lincoln, Nebraska, lo resume así: “Cuando se pierde la confianza en cómo se hacen cumplir las leyes en una ciudad, los riesgos se transmiten a todas nuestras comunidades”.

Y esto ocurre mientras el presidente expresa públicamente reproches hacia alcaldes como Jacob Frey de Minneapolis, a quien acusó de estar “jugando con fuego” por no colaborar con ICE.

¿Seguridad o espectáculo? Protestas en el corazón de Texas

Mientras los alcaldes debatían en Washington, en Dilley, Texas, centenares de personas protestaban frente al Centro Residencial Familiar del Sur de Texas. Allí están detenidos el pequeño ecuatoriano Liam Conejo Ramos, de 5 años, y su padre, Adrián Alexander Conejo Arias.

¡Los niños no son criminales!”, coreaban, con carteles, tambores y en medio de un sofocante despliegue policial. El resultado: gases, equipos antidisturbios y la imagen de un Estado dispuesto a usar la violencia para hacer cumplir políticas migratorias cuestionadas incluso dentro de sus fronteras.

Lee Zeldin en Alaska conferenciando sobre energía sostenible
El administrador de la EPA, Lee Zeldin, durante la Conferencia Anual de Energía Sostenible en Alaska. (Foto: Jenny Kane)

Poder ambiental en retroceso: el adiós a la norma del "buen vecino"

Ese mismo miércoles, otra noticia electrificó (literalmente) el debate institucional: la Administración de Protección Ambiental (EPA), liderada ahora por Lee Zeldin, anunció la intención de revocar la regla del “Buen Vecino”.

Esta norma, creada para controlar las emisiones de ozono desde plantas industriales y térmicas que viajan entre estados, debía impedir que Indiana o Kentucky contaminen el aire de Nueva York o Delaware.

Sin embargo, Zeldin alegó que la administración de Trump quiere regresar a una “federalismo cooperativo”, permitiendo que cada estado decida cómo cumplir (o no) con los estándares nacionales de calidad del aire.

El resultado inmediato: ocho estados —entre ellos Alabama, Arizona, Kentucky y Minnesota— ya no necesitarán adherirse a las directrices generales de la EPA.

¿Progreso o privilegio para contaminar?

Los grupos ambientalistas estallaron. Zachary Fabish, abogado del Sierra Club, fue tajante: “Trump y Zeldin están protegiendo a plantas sucias y viejas a expensas del aire limpio y la salud de las personas”.

Con datos concretos, estos grupos advierten que enfermedades respiratorias como el asma o problemas cardíacos se disparan por los altos niveles de ozono y que relajar estándares solo beneficiará a quien ya contamina demasiado.

La propia EPA había estimado en 2023 que la aplicación estricta de la norma del Buen Vecino podría salvar más de 1.300 vidas anuales debido a la mejora en la calidad del aire (fuente: EPA.gov).

Una visión de federalismo: poderes cruzados y ciudadanos desamparados

Lo que une a estas historias —de ICE a normas ambientales— es la redefinición de quién tiene el derecho a imponer agenda en Estados Unidos.

Los alcaldes piden ayuda, pero no son escuchados. Las ciudades sufren, pero no tienen jurisdicción total. Los estados reclaman autonomía frente al medio ambiente, mientras sus decisiones afectan incluso a quienes viven a cientos de kilómetros. Y el ciudadano común, atrapado, solo intenta no quedar en medio del fuego cruzado.

La tragedia de Liam, el miedo de Kautz, la indignación ambiental y las protestas masivas demuestran una cosa: las fronteras de Estados Unidos ya no están solo en sus límites geográficos. Están dentro de sus propias ciudades, reglamentos y corazones.

Estados Unidos, alguna vez símbolo de un “crisol de culturas”, está decidiendo ahora si puede convertirse en un país donde convivan visiones distintas de justicia sin colapsar su tejido democrático.

Mientras tanto, queda claro: el verdadero muro no se construye en la frontera con México, sino entre los mismos estadounidenses.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press