Imran Khan: ¿Prisionero político o amenaza al poder militar en Pakistán?

La salud, el encarcelamiento y el silencio forzado del ex primer ministro pakistaní reflejan una lucha de poder que va más allá de la corrupción

En Pakistán, la figura de Imran Khan sigue generando controversia, incluso desde su celda. El ex primer ministro, campeón del cricket convertido en político, ha estado en prisión desde 2023 bajo múltiples cargos, incluyendo corrupción. Sin embargo, las circunstancias que rodean su encarcelamiento, su acceso limitado a atención médica y la opacidad del gobierno han despertado preocupaciones internacionales sobre el estado de derecho y los derechos humanos en el país.

La caída de un ícono

Imran Khan, líder de Pakistan Tehreek-e-Insaf (PTI), fue elegido primer ministro en 2018, alimentando esperanzas de un nuevo Pakistán. Su mensaje anti-corrupción y nacionalista resonó con millones. Sin embargo, en abril de 2022, fue destituido mediante una moción de censura en el Parlamento, alegando pérdidas de confianza.

Tras su remoción, Khan alegó haber sido víctima de una conspiración respaldada por Estados Unidos, ejecutada en coordinación con el ahora primer ministro Shehbaz Sharif y sectores del poderoso ejército pakistaní. Aunque Washington y el ejército niegan la acusación, su arresto en 2023 por corrupción intensificó las tensiones entre sus seguidores y las autoridades.

La prisión de un expresidente

Desde su detención, Khan ha enfrentado múltiples procesos judiciales. Actualmente está confinado en la prisión de Adiala, en Rawalpindi, y fue llevado recientemente a un hospital para un procedimiento ocular, que duró solo 20 minutos. El procesamiento fue autorizado, pero según su portavoz Zulfiquar Bukhari, ni su familia ni su equipo legal fueron informados.

"El manejo opaco y alarmante del tema de salud del Sr. Khan genera más preguntas que respuestas", dijo Bukhari en un comunicado.

La imposibilidad de que su médico personal lo examine, combinada con la falta de información sobre el diagnóstico, el tratamiento aplicado y el equipo médico que lo atendió, ha generado acusaciones de trato inhumano y negligencia.

¿Qué dice el gobierno?

El ministro de información, Attaullah Tarar, intentó calmar las aguas. Declaró ante un medio nacional que “Imran Khan está en buen estado de salud”, descartando cualquier situación crítica sobre su condición ocular.

No obstante, las redes sociales y sus simpatizantes difunden continuamente denuncias sobre tratos crueles, falta de comunicación y censura dentro del complejo carcelario. Esto solo fortalece la narrativa de que el ex mandatario podría estar siendo silenciado por motivos más políticos que jurídicos.

Represión, censura y silencio

Desde el inicio de su condena, Khan observa un aislamiento cada vez más estricto. Inicialmente, se le permitían encuentros con su familia. Sin embargo, luego de que sus allegados difundieran mensajes llamando a la protesta, el gobierno limitó esos accesos. También se incrementaron las restricciones sobre sus publicaciones en redes sociales.

Organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional han pedido una vigilancia más activa sobre la forma en que se trata a Khan, destacando que su situación refleja “preocupaciones más amplias sobre los derechos de los presos y las garantías del debido proceso judicial en Pakistán”.

El rol del ejército: protagonista en la sombra

Desde la fundación de Pakistán, el ejército ha sido un actor central en el poder. Ha gobernado directamente durante cerca de 30 años a través de golpes militares y ha influido indirectamente en la política del país en otros momentos.

Khan, pese a haber contado con el respaldo de militares durante sus primeros años al mando, chocó con el alto mando militar en 2021, particularmente cuando intentó interferir en nombramientos de inteligencia. Esa ruptura parece haber sido el punto de no retorno.

“Khan cruzó la línea roja al enfrentarse al estamento militar. En Pakistán, ningún primer ministro ha terminado su mandato completo por razones similares”, explicó Ayesha Jalal, historiadora y autora de The Struggle for Pakistan.

Popularidad intacta entre el pueblo

A pesar del acoso judicial y su encarcelamiento, Khan conserva una base sólida de simpatizantes, en su mayoría jóvenes urbanos que ven en él un verdadero símbolo de cambio. Su partido PTI todavía tiene representación parlamentaria importante y es la principal fuerza opositora.

Incluso desde la cárcel, Khan ha logrado mantenerse activo políticamente gracias a publicaciones esporádicas y declaraciones filtradas. Sus adeptos organizan movilizaciones regulares, exigiendo su libertad y llamando a elecciones anticipadas.

Una amenaza política para el gobierno actual

El gobierno de Shehbaz Sharif, aunque goza de legitimidad institucional, carece de la popularidad que tuvo Khan en su apogeo. Además, enfrenta una crisis económica profunda, inflación récord y presión internacional por violaciones de derechos humanos.

En este contexto, mantener a Khan silenciado parece ser una estrategia política más que un dictado judicial. Acusaciones como corrupción, difamación al ejército y obstrucción de justicia han sido usadas contra él de manera visible y sistemática.

Opinión: ¿Justicia o represalia?

Desde una perspectiva crítica, el caso de Imran Khan trasciende lo judicial. Es un ejemplo de cómo se manipula la ley para acallar opositores. Si bien ningún político debería estar por encima de la ley, tampoco debe permitirse que el sistema judicial se utilice como herramienta de represión.

Pakistán está en una encrucijada. El tratamiento que da al ex primer ministro puede significar un precedente peligroso para otros líderes democráticos que desafíen el poder militar.

Por eso, el acceso de Khan a sus médicos, a un juicio justo y a condiciones dignas debe garantizarse no sólo por su estatus como figura política, sino porque es un derecho fundamental de cualquier ciudadano, sin importar su pasado ni su ideología.

Un país en tensión

Pakistán enfrenta múltiples crisis: tensiones políticas, presión internacional, terrorismo, inflación y desafección social. Reprimir voces críticas solo exacerba estas crisis. En lugar de fortalecer instituciones democráticas, se profundizan las fracturas.

La situación de Khan es solo la punta del iceberg de un país que, a casi 80 años de su independencia, todavía no ha definido con claridad quién ostenta el verdadero poder: ¿el gobierno electo o el ejército?

Mientras tanto, miles de pakistaníes miran con incertidumbre hacia el futuro, divididos entre la obediencia al orden impuesto o la esperanza de un cambio iniciado por una figura... aunque sea desde una celda.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press