Yemen al borde del abismo: el colapso de la ayuda humanitaria y sus implicaciones

La retirada del Programa Mundial de Alimentos del norte yemení refleja una crisis sin precedentes que amenaza con arrastrar a millones al hambre extrema

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Por años, Yemen ha sido escenario de una de las crisis humanitarias más devastadoras del planeta. Desde que el conflicto armado se intensificó en 2014 con la toma de Sanaa por parte de los rebeldes hutíes, el país ha experimentado una combinación infernal de conflicto bélico, colapso económico y una emergencia alimentaria de proporciones épicas. Y ahora, el retiro del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las áreas controladas por los hutíes en el norte marca un nuevo punto crítico.

Un conflicto que parece no tener fin

Yemen entró en espiral en 2014, cuando los insurgentes hutíes —un movimiento político y religioso con respaldo de Irán— tomaron por la fuerza la capital, desplazando al gobierno reconocido internacionalmente que terminó refugiado en la ciudad portuaria de Adén, y posteriormente en el exilio.

Desde entonces, el país quedó dividido: el norte, bajo dominio hutí, y el sur, controlado por el gobierno reconocido y apoyado por una coalición liderada por Arabia Saudita. Esta dinámica ha alimentado un conflicto que ha dejado más de 233.000 muertos, según datos de la ONU, de los cuales alrededor del 60% han fallecido por causas indirectas como hambre, falta de acceso a servicios médicos y enfermedades evitables.

El papel crítico del Programa Mundial de Alimentos

El PMA ha sido piedra angular en el esfuerzo humanitario dentro de Yemen. Ayudando a millones cada mes, su labor ha sido vital para evitar hambrunas generalizadas. Sin embargo, el entorno para operar en áreas bajo control de los hutíes se ha vuelto cada vez más peligroso.

Según señaló la ONU, los hutíes han acentuado una campaña de hostigamiento contra sus empleados y otros trabajadores humanitarios, incluyendo detenciones arbitrarias, supuestas acusaciones de espionaje sin pruebas y, recientemente, ocupación forzada de instalaciones de agencias internacionales en Sanaa y otros territorios.

Esto, sumado a crecientes restricciones logísticas, imposibilidad de distribuir alimentos libremente e incluso amenazas directas a la integridad física del personal, ha forzado al PMA a tomar una decisión drástica: cesar sus operaciones en el norte a partir de marzo de 2026. Esto implica la salida de 365 empleados y el cierre de canales de ayuda que afectaban directamente a comunidades en situación de extrema vulnerabilidad.

Un futuro incierto para millones

El retiro del PMA llega en un momento de máximo riesgo. De acuerdo con Ramesh Rajasingham, director de operaciones humanitarias de la ONU en Yemen, más de 18 millones de personas enfrentan inseguridad alimentaria aguda —y se espera que decenas de miles entren en condición de hambre catastrófica—, lo que implica una posible condición de hambruna.

La peor parte: el norte bajo control hutí representa el 70% de las necesidades humanitarias del país.

La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) advirtió que el plan humanitario para Yemen de cara a 2025 está solo financiado en un 25%. Esto ha obligado a múltiples agencias humanitarias a reducir o cesar programas esenciales en salud, nutrición, protección infantil, agua y saneamiento. “Millones están quedando sin cuidado esencial y expuestos a riesgos extremos”, concluyó la agencia en un informe publicado el pasado 4 de enero.

El dilema ético y geopolítico

El caso de Yemen plantea un dilema que trasciende la logística de la ayuda humanitaria. ¿Hasta qué punto deben las agencias internacionales dedicar sus recursos en contextos donde sus mismos empleados están en riesgo? ¿Qué sucede cuando el control territorial está bajo grupos que hostigan, vigilan y criminalizan la acción humanitaria? ¿Es aceptable que el resto del mundo simplemente observe?

La respuesta, aunque difícil, incluye una crítica a la comunidad internacional por su incapacidad para ejercer mediaciones efectivas. Durante años, la ONU y otros actores han impulsado procesos de paz que no llegan a concretarse ni logran establecer garantías mínimas para operar con seguridad.

En tanto, las potencias mundiales utilizan el conflicto yemení como una pieza más en su tablero geopolítico: Arabia Saudita, Irán, Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos tienen todos intereses cruzados en la región, y Yemen, como país debilitado, se ha convertido en víctima y campo de batalla de sus disputas.

Una retirada con consecuencias globales

Que el PMA detenga su labor en el norte yemení no es una “simple” baja logística. Este acto es históricamente significativo porque pone en juego los mecanismos internacionales de respuesta humanitaria. El mensaje es alarmante: si una agencia tan importante como el PMA no puede operar en un país con necesidades críticas, ¿qué ocurre con el resto de las organizaciones más pequeñas?

Además, podría sentar un precedente que otros grupos armados imiten en diferentes partes del mundo. La hostilidad hacia trabajadores humanitarios podría verse como una forma efectiva de controlar el flujo y destino de alimentos y medicinas como instrumentos de poder.

¿Estamos al borde de una nueva hambruna?

La última gran hambruna reconocida globalmente ocurrió en Somalia en 2011, y dejó más de 250.000 muertos, la mitad de ellos niños. Hoy, Yemen se encuentra peligrosamente cerca de repetir esa historia. Las condiciones están en su punto más frágil: un sistema de salud destruido, falta de infraestructuras, migraciones internas masivas, brotes de cólera, dengue, y ahora, el vacío de ayuda internacional.

“Este es un llamado de emergencia. El mundo no puede olvidar Yemen”, afirmó hace días Martin Griffiths, coordinador de ayuda de emergencia de la ONU. Pero el eco de sus palabras parece diluirse ante el cansancio mediático, el desgaste diplomático y la desmovilización de fondos.

¿Qué se puede hacer?

El primer paso para mitigar esta tragedia es exigir garantías de seguridad para el personal humanitario en Yemen. No se trata solo de una decisión diplomática, sino de una imperativa de vida o muerte para millones de personas.

En segundo lugar, es urgente que países donantes reconstruyan sus compromisos financieros. Para muchos gobiernos, Yemen ha pasado de ser prioridad a estar completamente fuera del radar, desplazado por guerras más visibles como Ucrania o Gaza. No obstante, la gravedad de Yemen es equiparable —e incluso superior— en cuanto a sufrimiento humano.

Finalmente, la presión internacional debe transformarse en acción: sanciones selectivas, cese de envío de armamento a las partes en conflicto, e incentivos reales para reabrir canales humanitarios. El silencio y la pasividad ya no son opciones éticas.

Punto de inflexión

La retirada del PMA puede ser vista como un fracaso de la comunidad internacional o como un punto de inflexión para recomenzar con nuevas estrategias. Lo que está claro es que la crisis humanitaria yemení no debe pasar inadvertida ni normalizarse. Millones de vidas dependen de ello.

“Morir de hambre no es un castigo. Es una injusticia que nace del abandono”, dijo alguna vez un trabajador humanitario en Sanaa. Hoy esa frase retumba más fuerte que nunca.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press