Europa gira hacia China: ¿una nueva era de realineación geopolítica?
Mientras Trump endurece sus políticas, líderes europeos buscan asociaciones más estratégicas con Pekín, reconfigurando el tablero de poder global
La fotografía era clara: el primer ministro de Canadá, Mark Carney, dándole la mano al presidente chino, Xi Jinping, en el Gran Salón del Pueblo en Pekín. Un gesto que, aunque diplomático, simboliza una nueva etapa de acercamientos estratégicos entre Europa y China. En contraste con el discurso confrontacional del presidente estadounidense Donald Trump en su segundo mandato, cada vez más capitales del viejo continente parecen tomar sus propias decisiones en política exterior sin esperar la bendición de Washington.
Un cambio de rumbo evidente
Durante las últimas semanas, líderes de Reino Unido, Finlandia, Alemania y Canadá han visitado China, sellando acuerdos comerciales estratégicos y anunciando colaboraciones bilaterales en sectores clave como energía, construcción sostenible o aranceles tecnológicos. Este viraje no es una simple coincidencia: evidencia la necesidad de Europa de redefinir su rol global e independizar su política exterior del péndulo ideológico estadounidense.
Para entender esta tendencia debemos remontarnos al regreso de Trump a la Casa Blanca, acompañado por promesas de mano dura, tarifas arancelarias e intentos de ejercer su “America First” con mayor ímpetu que en su primer mandato. Frente a eso, Europa parece haber optado por adoptar una mirada más pragmática hacia el mundo multipolar actual.
Canadá marca el camino (y enciende alarmas en Washington)
El viaje de Carney a Pekín ya es considerado un hito diplomático. El primer ministro canadiense firmó un acuerdo para reducir los aranceles a vehículos eléctricos chinos a cambio de mayores facilidades para las exportaciones canadienses de canola, un grano clave en la economía agrícola del país. Una jugada que además relaja años de tensión bilateral y abre oportunidades bilaterales en sectores verdes.
Sin embargo, Washington no tardó en responder. Trump amenazó públicamente a Canadá con imponer un tarifazo del 100% en represalia por lo que consideró una “traición comercial”. “Es peligroso que hagan negocios con China”, sentenció el mandatario, quien ha repetido su intención de reanudar las ejecuciones federales y maximizar la presión internacional de sus aliados tradicionales.
Aunque audaz, la respuesta de Carney fue igualmente estratégica. En su aparición en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, delineó con claridad su visión: “Los países medianos deben actuar juntos, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú” —una frase que resonó con fuerza en las cancillerías europeas.
Reino Unido y el regreso diplomático a Pekín
Otro avance significativo fue protagonizado por el primer ministro británico Keir Starmer, quien se convirtió en el primer líder inglés en ocho años en visitar China. Un hito si consideramos los constantes enfrentamientos por derechos humanos, seguridad tecnológica y la represión en Hong Kong.
No obstante, Starmer y Xi Jinping sellaron lo que describieron como una “asociación estratégica renovada”. El resultado: reducción de aranceles al whisky escocés, visados gratuitos de 30 días para turistas y empresarios británicos, y nuevos memorandos de entendimiento en temas de cambio climático y estabilidad global. La respuesta en Washington fue tan crítica como previsible: “Muy peligroso para ellos hacer eso”, declaró Trump.
La avanzada nórdica y centroeuropea
Petteri Orpo, primer ministro de Finlandia, también cruzó el mar desde el Báltico hasta Asia. Su visita a Pekín sirvió para profundizar acuerdos en construcción ecológica, energía limpia y cooperación sanitaria. Aunque prudente, también trasladó las preocupaciones europeas por el desequilibrio comercial y la situación en Ucrania.
Por otro lado, Alemania también prepara su movida. Friedrich Merz, canciller más crítico con China que sus predecesores, se apresta a visitar Pekín por primera vez con ánimo de establecer nuevos marcos comerciales pero también de revisar la excesiva dependencia germana de los minerales críticos chinos. Consciente de la fragilidad industrial europea, Merz buscará reducir vulnerabilidades sin romper la relación con el principal socio económico del bloque fuera del continente.
Francia, Irlanda, Finlandia y Corea del Sur: más señales de un realineamiento
Los recientes viajes de Emmanuel Macron, Micheál Martin (Irlanda) y Lee Jae Myung (Corea del Sur) a Pekín confirman que esta no es una anomalía diplomática sino una tendencia emergente. Aunque cada uno con sus propios enfoques, todos los líderes han coincidido en la necesidad de buscar una cooperación económica más estable y diversificada con China.
Esta transición diplomática apunta a una Europa que asume que el marco mundial ya no puede dividirse en “aliados de Estados Unidos” vs “adversarios”. En palabras de Una Aleksandra Bērziņa-Čerenkova, directora del Instituto Letón de Asuntos Internacionales: “No es un giro hacia China, es un giro hacia una Europa que defiende sus propios intereses como bloque”.
Trump, Groenlandia y la erosión de la influencia estadounidense
El renacimiento del discurso americano bajo Trump ha venido acompañado de propuestas bizarras y unilateralismos polémicos. Desde intentar adquirir Groenlandia de su aliado Dinamarca —una idea que escandalizó al resto de la OTAN—, hasta aplicar medidas coercitivas sin consenso sobre asuntos globales. Esa política, lejos de consolidar liderazgo, parece estar erosionando el poder aglutinador de Washington en el tablero occidental.
“En lugar de crear un frente unido contra China”, advirtió la senadora demócrata Jeanne Shaheen, “estamos empujando a nuestros aliados más cercanos hacia sus brazos”.
¿División inevitable o estrategia pragmática?
Los expertos no necesariamente ven estos acercamientos como una rendición de occidente ante Pekín. Para muchos, representa un pragmatismo diplomático en tiempos de incertidumbre. Alicia García-Herrero, economista en Natixis, apunta: “China necesita a Europa, pero no siente que deba ‘luchar’ por ella. Europa, en cambio, necesita acceso sin renunciar a sus valores.”
El cambio de estrategia no necesariamente implica claudicación. Tim Rühlig, del Instituto de Seguridad de la UE, dice que tanto la política de Trump con Groenlandia como las restricciones chinas a tierras raras, han catalizado en Europa una nueva conciencia de vulnerabilidad frente a dos superpotencias dispuestas a presionar.
¿Y ahora qué?
Si algo ha demostrado esta nueva ola diplomática es que las alianzas ya no son perpetuas ni automáticamente obedientes. Vamos hacia una era de multi-alineamiento estratégico, donde los países medianos y grandes buscarán maximizar sus beneficios, incluso si eso implica irritar a Washington.
La visita planeada de Trump a Pekín ilustra esta contradicción: incluso el principal opositor a establecer relaciones con China tendrá que acudir a su capital, porque su peso económico y estratégico ya no se puede ignorar. Como comentó Joerg Wuttke, ex presidente de la Cámara de Comercio de la UE en China: “Todo el mundo va a Pekín, incluso el tipo que no quiere que vayamos a China”.
En resumen, lo que estamos presenciando es mucho más que una seguidilla de vuelos diplomáticos a Asia. Es la reconfiguración, en cámara rápida, de un orden mundial en el que Europa trata de jugar un rol autónomo. Lo que ocurra en los próximos meses —incluida la esperada visita de Merz o el impacto que pueda tener la política arancelaria estadounidense— determinará si esta tendencia se consolida o se diluye ante nuevas presiones geopolíticas.
