Palestinos en Israel: víctimas de la indiferencia estatal y la violencia sin fin

El caso de Nabil Safiya expone una epidemia de crimen, discriminación sistémica y una comunidad exigiendo justicia

  •  EnPelotas.com
    EnPelotas.com   |  

Por años, las comunidades palestinas en Israel han estado atrapadas en una espiral de violencia creciente, negligencia institucional y discriminación. La historia de Nabil Safiya, un adolescente asesinado por error en Kafr Yasif, representa algo más profundo: una muestra de un sistema que ha fallado en proteger a uno de cada cinco ciudadanos del país.

Una muerte que resuena en una comunidad desgarrada

Era una tarde cualquiera cuando Nabil Safiya, de solo 15 años, decidió hacer una pausa en sus estudios de biología y salir a encontrarse con su primo en una pizzería. Mientras se sentaba dentro de un automóvil marca Renault, un motociclista se acercó y, sin mediar palabra, abrió fuego. Nabil murió en el acto.

La policía adjudicó el crimen a un caso de identidad equivocada. Pero en Kafr Yasif, un pacífico pueblo en el norte de Israel con cerca de 10.000 habitantes, la tragedia fue la gota que colmó el vaso. No era solo Nabil. Era la historia de cientos.

Una violencia fuera de control

La violencia callejera, alimentada por bandas criminales bien organizadas, ha convertido a los pueblos árabes israelíes en zonas de guerra no declaradas. Según la ONG Abraham Initiatives, en 2023 se registró un récord de 252 ciudadanos palestinos asesinados en crímenes en Israel. Solo en enero de 2024, ya se contabilizaban al menos 26 muertes similares.

Las bandas obtienen enormes sumas de dinero a partir de extorsiones, tráfico de armas y préstamos ilegales. "Si disparan una o dos veces por mes, ya pueden comprarse autos, salir de viaje. Es dinero fácil", explicó Walid Haddad, criminólogo y exfuncionario del Ministerio de Seguridad Nacional.

Un sistema de justicia desigual

Las estadísticas muestran una realidad alarmante: solo el 8% de los homicidios de ciudadanos palestinos resultan en acusación formal, en comparación con el 55% de los casos en comunidades judías. Lama Yassin, directora de ciudades compartidas en Abraham Initiatives, advierte: "Durante mucho tiempo evitamos pedir más presencia policial. Ahora, la desesperación ha cambiado eso. La gente clama por seguridad, incluso si significa más policía en sus calles".

Pero las protestas y huelgas en los pueblos árabes israelíes han tenido poca respuesta institucional. En la manifestación organizada tras la muerte de Nabil, los líderes comunitarios y antiguos funcionarios locales fueron arrestados por exceder el tiempo autorizado para la protesta. Una respuesta violenta a una exigencia de paz.

Discriminación estructural y apatía gubernamental

Las comunidades palestinas representan el 20% de la población israelí. Sin embargo, padecen un abandono sistemático: menos inversión pública, alto desempleo y una institucionalidad que falla. Ghassan Munayyer, activista político en Lod, lo sintetiza claramente: "Hay una ley para la sociedad judía y una distinta para la sociedad palestina".

Quienes viven en ciudades árabes israelíes como Kafr Yasif comparten un sentimiento de desesperanza. Calles vacías por la noche, disparos en la oscuridad y un Estado que solo se hace presente con detenciones arbitrarias o un operativo represivo.

Impunidad institucionalizada y un ministro polémico

La gestión del actual Ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir —famoso por su retórica antiárabe— ha sido señalada como la responsable del empeoramiento de la situación. Aida Touma-Suleiman, diputada del Knéset, denunció lo que llama “castigo colectivo”: “Cuando los judíos son las víctimas, se despliega el Ejército; cuando son árabes, no pasa nada”.

Lo que debería ser una acción estatal coordinada frente a redes criminales, se ha convertido en una política de indiferencia. En palabras de Touma-Suleiman: “La única fuerza con poder para combatir la mafia es el Estado, y el Estado está enviando el mensaje de que tienen vía libre”.

Una juventud atrapada entre libros y balas

Nabil no fue miembro de una pandilla. Tampoco estaba involucrado en ningún conflicto. Era un adolescente con aspiraciones de convertirse en médico, un estudiante aplicado. La noche de su asesinato, su padre Ashraf, un dentista local, había hablado con él minutos antes. Al llegar al lugar de los hechos, vio cómo su único hijo era llevado de emergencia al hospital.

“No queremos que su sangre se desperdicie”, dijo Safiya. Convirtieron su casa en un memorial, con fotos, velas y pancartas donde se lee “Justicia para Nabil”.

Una promesa de justicia que aún no se cumple

En febrero de 2024, la policía anunció la detención de un joven de 23 años, presunto autor de la balacera que mató a Nabil. Según las autoridades, el objetivo no era él, sino su primo, con quien se encontraba esa noche. La versión oficial fue que se trataba de una “venganza familiar” dentro de la comunidad árabe.

El juicio aún no se celebra y la comunidad teme que, como muchas otras veces, todo quede en la impunidad.

Más allá de una muerte: la lucha por la vida

Nabil es un nombre entre cientos. Pero también es un símbolo. Su historia ha movilizado a una población entera que se niega a ser olvidada y que no quiere seguir enterrando adolescentes víctimas de una violencia que el Estado ignora.

Los expertos aseguran que solo una intervención multinivel, que incluya justicia igualitaria, inversión estatal, programas sociales y vigilancia efectiva, podrá romper el ciclo de violencia. Pero mientras tanto, cada nueva muerte se suma a un duelo colectivo que se convierte en resistencia.

“Si dejamos de exigir justicia por estos casos, pronto habrá otro, y otro, y otro”, concluye con voz firme Ashraf Safiya. Y tiene razón.

Mientras el Estado permanezca indiferente, la sangre seguirá manchando las calles de pueblos como Kafr Yasif.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press