Fe, miedo y resistencia: la lucha de los migrantes haitianos por su estatus protegido en Estados Unidos

Una comunidad persiste entre la incertidumbre política, las amenazas de deportación y el amparo de la fe

Una iglesia repleta de esperanza y angustia

El lunes pasado, más de 700 personas colmaron la iglesia bautista misionera St. John en Springfield, Ohio, en un emotivo acto de unidad, fe y resistencia. Representantes de comunidades religiosas de todo Estados Unidos se unieron a cientos de migrantes haitianos —algunos en riesgo de deportación inminente— en una ceremonia con oraciones, cánticos y discursos que exigían una prórroga del Estatus de Protección Temporal (TPS) para Haití.

Debido a que la capacidad del templo fue superada, el jefe de bomberos ordenó que 150 asistentes abandonaran el recinto. Sin embargo, el fervor no decayó. El evento fue una muestra masiva de solidaridad comunitaria frente al temor generalizado de que el TPS —que permite a los haitianos vivir y trabajar legalmente en EE.UU. debido a la inestabilidad en su país— expirara en cuestión de horas.

¿Qué es el TPS y por qué es crucial para miles de haitianos?

El Estatus de Protección Temporal es una designación del gobierno de EE.UU. que se otorga a ciudadanos de países enfrentando conflictos armados, desastres naturales u otras condiciones extraordinarias que impiden su retorno seguro. Haití recibió el TPS por primera vez en 2010 tras el devastador terremoto que dejó más de 200,000 muertos. Desde entonces, la designación se ha renovado múltiples veces.

Actualmente, más de 500,000 migrantes haitianos se benefician del TPS. Muchos de ellos han hecho vida en ciudades como Springfield, donde se estima que la comunidad haitiana supera las 15,000 personas. Sin embargo, en junio del año pasado, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) anunció que ya no renovaría su estatus, argumentando que las condiciones en Haití habían mejorado, decisión que fue ampliamente criticada por ONGs, líderes religiosos y defensores de los derechos humanos.

La presión y la fe bajo amenaza

Durante el servicio realizado en Springfield, Guerline Jozef, directora ejecutiva de la Haitian Bridge Alliance, expresó con emoción:

“Hemos sido llamados para un momento como este, para proteger a quienes no tienen otro lugar adonde ir. No pueden regresar a Haití.”

Jozef, con voz entrecortada, pidió fe en el sistema legal y esperanza de que un juez federal pudiera emitir una orden judicial para suspender la terminación del TPS mientras se resuelve la demanda en curso.

La política migratoria bajo el lente de Trump

La cancelación del TPS forma parte de una estrategia más amplia del expresidente Donald Trump para endurecer la política migratoria. El exmandatario ha llegado a realizar comentarios discriminatorios y sin fundamento sobre la comunidad haitiana, acusándolos falsamente de “comerse los gatos y perros de sus vecinos” durante su campaña de 2024. Estas declaraciones, además de sembrar estigmas, elevaron las tensiones en ciudades de mayoría blanca como Springfield.

Poco después de esos discursos, se reportaron amenazas de bomba en escuelas, edificios públicos y hogares de funcionarios locales. Las expresiones de odio no solo provocaron inestabilidad social, sino que sembraron el miedo de nuevas redadas por parte de las autoridades migratorias.

“No pueden regresar a Haití, pero tampoco pueden quedarse”

El dilema para los migrantes haitianos es agobiante. Sin el TPS, pierden el derecho legal a trabajar, lo que compromete su capacidad para pagar vivienda, salud y alimentos —básicamente, su derecho a la vida digna—. Además, el retorno a Haití representa un riesgo altísimo debido a la violencia generalizada, secuestros, crisis política y el colapso institucional.

Jerome Bazard, miembro de la iglesia evangélica haitiana primera de Springfield, resumió esta desesperación de forma clara:

“Si eliminan el TPS, no pueden trabajar, no pueden comer, no pueden pagar las cuentas. Estás matando a las personas.”

Una ciudad que acoge, un sistema que persigue

A pesar de las muestras solidarias de la comunidad local y las iglesias, el miedo es cotidiano. Viles Dorsainvil, líder del Centro de Apoyo y Ayuda Comunitaria Haitiana de Springfield, describió cómo muchos padres temen ser detenidos en pleno día por autoridades migratorias y se abstienen de enviar a sus hijos —que en su mayoría son ciudadanos estadounidenses— a la escuela.

Ante la posibilidad de ser arrestados, varios padres han firmado afidávits de custodia para garantizar que sus hijos no terminen en hogares de acogida. Otros, simplemente no salen de casa. Voluntarios de ciudades vecinas han comenzado a entregar víveres para las familias confinadas por miedo, mientras las llamadas de familiares desde el extranjero —pidiéndoles que abandonen Springfield— no cesan.

El papel de la religión en medio del caos

La iglesia no solo sirvió como lugar de asistencia moral sino también como refugio comunitario. El reverendo Reginald Silencieux fue enfático durante su sermón dominical: pidió a su congregación quedarse en casa y mantener la fe. Acompañado por las banderas de Haití y Estados Unidos, ofreció una oración incluso por el presidente Trump, aunque no sin recordar:

“El presidente es nuestro presidente. Puede tomar decisiones, pero él es limitado. Dios no.”

¿Qué sigue para la comunidad haitiana?

A pesar de la profunda angustia, la esperanza sigue viva. Se espera que en los próximos días, un juez federal de Washington se pronuncie sobre una demanda interpuesta para detener la terminación del TPS. Mientras tanto, miles de haitianos viven día a día entre la devoción, el miedo y el deseo de pertenecer legalmente a un país que les ha ofrecido un futuro mejor que el que dejaron atrás.

Activistas piden al gobierno una visión más compasiva. Una política que reconozca no solo las estadísticas y expedientes legales, sino la dignidad de personas que huyen de la violencia, del colapso estatal y de una realidad que nadie elegiría vivir.

Un acto de fe sigue en pie

Mientras las decisiones políticas se debaten en los tribunales, en Springfield las familias haitianas oran, cantan y resisten. La ayuda mutua, la religión y la esperanza se han convertido en trincheras cotidianas contra la incertidumbre.

Sus voces, unidas en un canto de resonancia nacional, recuerdan a Estados Unidos y al mundo que los movimientos migratorios no son una amenaza: son un testimonio humano de supervivencia, de reconstrucción comunitaria y de lo mejor de la humanidad cuando se responde con amor en tiempos de crisis.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press