Cuando la historia se convierte en arma: Trump, México y la batalla por el pasado
La polémica reinterpretación de la Guerra México-Estados Unidos por parte de la administración Trump desata críticas por su visión imperialista y manipuladora del pasado
“Una victoria legendaria que aseguró el suroeste americano y expandió la promesa de independencia estadounidense por nuestro majestuoso continente”. Esta frase, incluida en un comunicado de la Casa Blanca, conmemorando el aniversario de la Guerra México-Estados Unidos (1846–1848), ha encendido las alarmas entre historiadores, académicos y diplomáticos. ¿Es posible que el gobierno de un país reescriba su historia para justificar políticas exteriores actuales? Con Trump, la respuesta es un rotundo sí.
Una narrativa peligrosa: el uso del pasado para justificar el presente
La administración de Donald Trump publicó recientemente un comunicado en el que se elogia la Guerra México-Estados Unidos como un momento de grandeza nacional, vinculando directamente esa ‘gesta’ con sus políticas actuales hacia América Latina.
“Guiado por nuestra victoria en los campos de México hace 178 años, no he escatimado esfuerzos en defender nuestra frontera sur contra la invasión”, dice el comunicado sin firma. Con ello, se intenta justificar su política de inmigración agresiva y control militar fronterizo. Pero hay un problema mayor: la historia está equivocada… y peligrosamente sesgada.
Guerra México-Estados Unidos: una conquista, no una defensa
El conflicto entre Estados Unidos y México, que se desarrolló entre 1846 y 1848, se originó por disputas fronterizas luego de que EE.UU. anexara Texas en 1845. Con la guerra, Estados Unidos ganó más de 1.300.000 km² de territorio —actualmente los estados de California, Arizona, Nuevo México, Utah, Nevada, partes de Colorado y Wyoming— bajo el Tratado de Guadalupe Hidalgo.
Pero nada de eso fue una defensa nacional. El conflicto surgió producto de la doctrina del Destino Manifiesto, una ideología expansionista que creía que EE. UU. estaba destinado a expandirse de costa a costa sin importar las consecuencias para los pueblos indígenas y naciones vecinas.
El propio expresidente Ulysses S. Grant llamó al conflicto con México “una de las guerras más injustas jamás libradas por una nación más fuerte contra una más débil”.
Imperialismo glorificado: borrando la esclavitud y el genocidio
Historiadores como Alexander Aviña, de la Universidad Estatal de Arizona, y Albert Camarillo, de Stanford, reaccionaron profundamente preocupados ante el comunicado de la Casa Blanca. Según Aviña, se “minimiza la violencia masiva que costó expandir Estados Unidos al Pacífico”, al tiempo que se glorifica una época en que EE.UU. desplazó a cientos de miles de indígenas y extendió la esclavitud.
El comunicado no menciona que México ya había abolido la esclavitud al momento de la guerra, mientras que muchos en EE.UU. veían la expansión territorial como una oportunidad para ampliar el sistema esclavista en nuevos estados, lo que contribuyó al siguiente conflicto interno: la Guerra Civil estadounidense.
Sheinbaum responde con ironía
Desde el otro lado de la frontera, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum reaccionó con una mezcla de sarcasmo y firmeza. Durante su conferencia matutina, se rió ante la mención del comunicado, y reiteró la soberanía de México. No es la primera vez que Sheinbaum ha respondido con humor ácido al expresidente Trump: antes ya ironizó cuando Trump propuso renombrar el Golfo de México como el Golfo de América.
Sin embargo, la tensión es palpable. El comunicado se suma a las amenazas previas de intervención militar en México por parte de Trump, justificadas como medidas contra los cárteles y la migración. Para el gobierno mexicano y muchos observadores, la reinterpretación de la historia no es un simple descuido: es un acto premeditado para escalar retóricamente el enfrentamiento.
Trump y la peligrosa reescritura del pasado
No es un hecho aislado. La administración Trump ha emprendido acciones sistemáticas para reformular el pasado nacional. Museos como el Smithsonian recibieron órdenes de evitar mostrar de forma negativa a los héroes estadounidenses, e incluso se eliminaron páginas web gubernamentales con datos incómodos sobre esclavitud, cambio climático o genocidio indígena.
“Esta administración intenta encuadrar el pasado como una historia heroica y sin mancha para justificar su agenda de America First”, afirma Camarillo. Esta estrategia busca convertir las memorias históricas en herramientas de propaganda para intensificar acciones unilaterales sin tener en cuenta la realidad o el respeto diplomático.
El eco latinoamericano: de Venezuela a México
La política exterior de Trump ya ha tenido ecos dramáticos en distintos países del continente.
- En Venezuela, apoyó abiertamente la destitución de Nicolás Maduro.
- En Bolivia, muchos lo acusaron de injerencia indirecta en el golpe que derrocó a Evo Morales.
- Y con México, las presiones económicas, amenazas de guerra y uso del ejército en la frontera han alcanzado niveles sin precedentes en décadas.
Ahora, al invocar y distorsionar la historia de una guerra impopular, el mensaje es claro: justificar acciones agresivas como si fueran reacciones defensivas. En otras palabras, la victimización del imperio.
La historia como campo de batalla ideológico
Lo que está en juego va más allá de la política migratoria o fronteriza. Como dijo el escritor George Orwell en su influyente novela “1984”: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado.”
Al reescribir los hechos, la administración Trump se posiciona no solo como dueña del poder político, sino también del relato histórico. Y ese control es aún más peligroso que las políticas temporales, pues impacta la memoria colectiva, la educación y las identidades nacionales.
¿Qué dice realmente el pasado?
Lejos de lo que el comunicado sugiere, la Guerra México-Estados Unidos fue una invasión planificada, motivada por intereses económicos, ambiciones expansionistas y tensiones sobre la esclavitud.
Para México, representa una profunda herida nacional, muchas veces ignorada por la narrativa estadounidense. La invasión y pérdida de más del 50% de su territorio activo sigue marcando las relaciones diplomáticas y el imaginario popular. Insistir en glorificar este conflicto sin autocrítica histórica no solo es ofensivo, sino un obstáculo para una convivencia respetuosa y equitativa.
¿Qué podemos aprender hoy?
Los pueblos con memoria fuerte están menos expuestos a la manipulación. Entender el pasado en sus verdaderas dimensiones permite que las sociedades tomen decisiones más firmes y fundamentadas en el presente. Las visiones míticas y selectivas impuestas desde arriba —como la que pretende instalar Trump— atentan contra ese proceso.
La historia no debe ser reescrita al servicio del poder. Ya sea hablando de intervenciones militares, políticas migratorias o las relaciones con el sur global, es imperativo que los ciudadanos latinoamericanos y estadounidenses levanten la voz ante la tergiversación de los hechos.
Después de todo, la memoria no solo es resistencia, también es dignidad.
