El precio de ser minoría: La creciente violencia contra los hindúes en Bangladesh
Un análisis sobre la violencia sistemática, impunidad e inestabilidad política que acecha a la comunidad hindú en un Bangladesh polarizado
Por décadas, la comunidad hindú en Bangladesh ha vivido bajo una sombra de inseguridad y discriminación. Pero en los últimos meses, esa sombra se ha transformado en una oscura tormenta de violencia, polarización política y miedo generalizado.
Un crimen que estremece: El asesinato de Dipu Chandra Das
La tragedia que marcó el punto de quiebre ocurrió en diciembre de 2025, cuando Dipu Chandra Das, un joven trabajador textil hindú de 27 años, fue brutalmente asesinado por una turba que lo acusaba de blasfemia. Imágenes de su cuerpo colgado de un árbol y luego incendiado circularon masivamente por redes sociales y teléfonos móviles en todo el país, sumiendo a la comunidad hindú en una pesadilla hecha realidad.
“Cuando la gente dice que vio el video de su asesinato, mi pecho se estremece de dolor”, relató su padre, Robilal Chandra Das, en una entrevista. La esposa de Dipu, Meghna Rani, y su hija pequeña, han quedado desamparadas económica y emocionalmente.
Una comunidad bajo sitio: datos alarmantes
Según el Consejo de Unidad Hindú Budista Cristiana de Bangladesh, entre agosto de 2024 y enero de 2026, se registraron más de 2.000 incidentes de violencia contra minorías religiosas. Entre ellos:
- 61 asesinatos
- 95 ataques a templos y lugares de culto
- 28 casos de violencia sexual, incluyendo violaciones múltiples
Estas cifras no solo son contundentes; son una denuncia explícita de una crisis profundamente arraigada, con una clara falta de acción institucional.
El regreso del islamismo político
Una de las causas principales de esta escalada de violencia es el regreso político de Jamaat-e-Islami, el partido islamista que, tras años de persecución bajo el gobierno de Sheikh Hasina, ha retomado fuerza. Con sus vínculos con el National Citizen Party (NCP), grupo juvenil clave en la revuelta de 2024 que derrocó a Hasina, los islamistas están recobrando peso electoral.
Aunque Jamaat dice querer presentar una cara más inclusiva –nominó incluso a un líder hindú como candidato–, sus antecedentes demuestran lo contrario. Durante décadas, este partido ha promovido la Sharía y ha sido acusado de incitación al odio religioso.
La política como arma de exclusión
El nuevo gobierno interino, liderado por Muhammad Yunus, niega que exista una crisis sistemática. Sin embargo, según Ranjan Karmaker, activista de derechos humanos, “Hay impunidad total... en algunas zonas ya se vive una crisis existencial”.
Muchos analistas concuerdan en que los ataques no son actos esporádicos, sino parte de una estrategia para sembrar miedo antes de las elecciones. La percepción de que los hindúes votan ’en bloque’ por un solo partido suele exacerbar la violencia, especialmente cuando su partido preferido, el de Hasina, ya no puede participar.
Una historia que se repite
No es la primera vez que las minorías sufren durante periodos electorales en Bangladesh. En 2001, después de la victoria del Partido Nacionalista de Bangladesh, se registraron múltiples casos de violencia física y sexual contra mujeres hindúes, destrucción de viviendas y desplazamientos forzados.
Pero la diferencia en 2026 es la intensidad, frecuencia y viralización mediática de estos actos de horror, que multiplican su impacto sicológico. Las imágenes del cuerpo de Dipu ardiendo, vistas por miles en tiempo real, dejaron a los hindúes del país sin palabras, sin consuelo, sin refugio.
India responde: diplomacia en llamas
El aumento de ataques también generó tensiones con India, país de mayoría hindú. El gobierno de Narendra Modi acusó a Bangladesh de minimizar sistemáticamente los ataques.
A cambio, Daca acusó a India de “agitar sentimientos antibangladesíes”. Ambas naciones suspendieron algunos servicios consulares y hasta eventos deportivos se vieron afectados: un jugador de críquet bangladesí fue vetado del torneo de la Premier League india y Bangladesh respondió boicoteando el Mundial de Críquet.
Cultura de impunidad
Uno de los factores más desmoralizantes para la comunidad hindú es la falta de justicia. Aunque se reportaron arrestos tras la muerte de Dipu, no hay certeza sobre los juicios. Karmaker subraya: “La imagen que proyecta el país es que la violencia continuará, porque nadie es llevado ante la justicia”.
Activistas destacan que muchos oficiales de seguridad o fiscales prefieren considerar los ataques como disputas personales, ignorando la carga religiosa y política. Esta conducta desalienta a las víctimas y perpetúa el ciclo de violencia.
Entre amenazas y promesas simbólicas
El NCP, por su parte, ha prometido crear una unidad dentro de la Comisión de Derechos Humanos para proteger a las minorías. Sin embargo, expertos como Altaf Parvez opinan que estés gestos son más simbólicos que reales, y que “los ataques no se concentran en zonas urbanas, sino en áreas rurales donde el Estado no llega”.
Templos incendiados, tierras usurpadas, violaciones no investigadas: los campos de cultivo y pueblos se han vuelto zona de nadie para muchos hindúes, que ahora contemplan con temor el futuro inmediato.
¿Qué pasará tras las elecciones?
Los analistas coinciden en que mientras no haya reformas estructurales, como la representación proporcional de minorías y leyes con consecuencias reales para los agresores, nada cambiará.
Incluso si gana un partido que prometa protección, la necesidad de reformas profundas en justicia, seguridad y educación se hace más urgente. Bangladesh se encuentra en una encrucijada: puede volver a ser un ejemplo de pluralismo laico, o hundirse en una violencia etnorreligiosa devastadora.
Un país en el espejo de su violencia
Las imágenes del cuerpo de Dipu consumido por las llamas son más que un símbolo. Son un espejo. Un espejo en el que Bangladesh se ve reflejado: dividido, asustado y al borde de un abismo moral y político.
El deseo de justicia de su madre, Shefali Rani Das, resuena con una intensidad capaz de atravesar cualquier frontera religiosa o geográfica: “Lo golpearon, lo colgaron, lo quemaron. Exijo justicia.”
Esa demanda resuena hoy en millones de hindúes bangladesíes. Pero también en cualquier ser humano que crea en el valor de la vida, la dignidad y la justicia.
