Entre Siria y el Líbano: los olvidados del posconflicto y un campo que genera miedo y sospechas

Un complejo habitacional con símbolos de Hezbolá e Irán reaviva tensiones sectarias y temores sobre el futuro de miles de refugiados chiitas escapando del caos post-Assad

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Hermel, Líbano — En lo profundo del noreste libanés, en las montañas polvorientas de Hermel y a escasos kilómetros de la frontera siria, se alza un complejo habitacional rodeado de altos muros, inversiones inciertas y muchas preguntas.

Se trata del Compound Imam Alí, un conjunto de 228 unidades donde viven varios cientos de personas —principalmente chiitas libaneses y sirios— que huyeron despavoridos tras la caída del régimen de Bashar al-Assad. Tras más de una década de guerra civil, el giro en el conflicto sirio ha tenido complicadas repercusiones en el ya frágil equilibrio social y político del Líbano. Las sospechas sobre quién apoya a quién, y a qué costo para la convivencia, están a flor de piel.

Los 'fantasmas' del régimen caído

La caída de Assad a finales de 2024 puso punto y aparte a 54 años de dominio familiar sobre Siria. La región vivió una sacudida: grupos insurgentes, en su mayoría de ideología islamista sunita, irrumpieron en Damasco y marcaron el principio de una nueva era que prometía justicia para algunos, pero incertidumbre, resentimiento y miedo para otros sectores, sobre todo entre minorías como los chiitas y los alauitas.

El complejo en Hermel ha estado en el centro de la polémica no sólo por su acelerada construcción, sino también por elementos simbólicos visibles: retratos de líderes iraníes, mártires de Hezbolá y figuras religiosas. Todo eso alimentó teorías de que el campo alberga leales del régimen caído, convertidos en refugiados.

¿Un refugio o una base estratégica?

«¿Acaso parezco un fuloul del régimen?», pregunta con amargura Mohammed Assoura, un sirio de 57 años que escapó con su esposa en motocicleta rumbo al Líbano cuando recibió llamadas alertando sobre la caída de Assad. El término árabe fuloul se refiere a los 'remanentes' de un antiguo poder.

Assoura ahora sobrevive con ayuda de organizaciones no gubernamentales, viviendo en una pequeña unidad con cocina, baño y poco más que una bolsa con documentos e identificación. Pero lo más valioso, comenta, es la seguridad: «Temíamos represalias por ser identificados con el viejo gobierno».

Raid del ejército libanés y ausencia de ilegalidad

El complejo ha sido objeto de múltiples redadas en el último año. El ejército libanés, presionado por sectores políticos críticos de Hezbolá, realizó inspecciones exhaustivas. Sin embargo, el resultado fue claro: no se encontraron armas ni actividades ilegales.

La legisladora Ghada Ayoub, miembro del partido Fuerzas Libanesas (anti-Hezbolá), pidió explicaciones formales al gobierno sobre la existencia del campo, cuestionando su construcción “sin supervisión del Estado” en una zona fronteriza estratégica. Hasta ahora, no ha recibido respuesta.

En conversación con la prensa, el alcalde de Hermel, Ali Taha, fue tajante: «Las acusaciones son políticas. Este complejo fue una solución humanitaria. Teníamos escuelas, mezquitas y parques colapsados. Era insostenible».

La herencia de Hezbolá en la guerra siria

Durante los años más cruentos del conflicto sirio, miles de combatientes de Hezbolá cruzaron la frontera para sostener a Assad. El grupo armado chiita vio la lucha como una batalla existencial, no solo política, sino también religiosa. Fue en la batalla de al-Qusayr en 2013 donde Hezbolá marcó su entrada abierta, lo que alimentó sentimientos anti-chiitas entre buena parte de la población siria sunita.

Tras la caída del régimen, las represalias fueron rápidas y brutales. Más de 50,000 personas cruzaron a Hermel en cuestión de días, duplicando su población. La mayoría eran chiitas o alauitas – una rama del islam cercana al chiísmo – que temían por su vida.

Según el Ministerio de Asuntos Sociales del Líbano, más de 1.5 millones de sirios llegaron durante la guerra, de los cuales unos 500,000 han retornado desde el cambio de gobierno en Siria. Sin embargo, ha habido nuevas olas de desplazados, especialmente tras incidentes de violencia sectaria en regiones como Homs, Latakia y Daraa.

Entre la precariedad y el silencio oficial

Actualmente, la ONU no tiene presencia registrada dentro del complejo Imam Ali. No hay cifras precisas sobre cuántas personas lo residen ni existe información oficial sobre las condiciones de salud o educación.

Maha al-Abeer, una viuda de al-Qusayr, montó una diminuta tienda de abarrotes en su unidad: «Gracias a Dios tenemos techo. Es mucho mejor que las mezquitas o tiendas de campaña».

Otros como Shayban Midlij, un agricultor septuagenario, aseguran que la propaganda mediática es injusta y peligrosa. «Mi esposa y yo solo queremos pasar nuestros últimos años en paz. No tenemos ni fuerza ni armas».

Relaciones resquebrajadas y apoyo internacional ambiguo

El Líbano está atrapado entre dos realidades: la presión de una economía colapsada y el peso político de Hezbolá, que conserva poder en el sur y el valle de la Bekaa. Los campos como el de Hermel son terreno resbaladizo para el gobierno: intervenir demasiado puede desatar conflictos con la base chiita del país, hacer poco puede provocar denuncias de complacencia con milicias extranjeras.

Mientras tanto, instituciones chiitas de Irak e Irán canalizaron los fondos para edificar el complejo. Esto alimenta las sospechas de que hay un trasfondo geopolítico en juego, más allá de la mera ayuda humanitaria.

Voces silenciadas

Detrás de cada muro, los rostros que allí viven narran otra historia. Farah, una profesora retirada, cuenta con voz tenue: «Me quemaron la casa por ser alauita. Ni siquiera era de los que apoyaban a Assad. Solo era lo que era».

Hoy da clases informales de árabe a los hijos de los refugiados en una pequeña tienda reconvertida en aula improvisada. Pide poca publicidad. «Este no es un lugar para discursos, sino para empezar de nuevo».

La guerra que no termina

Aunque el presidente interino sirio Ahmad al-Sharaa ha asegurado que se hará justicia contra los crímenes sectarios, muchos tienen sus reservas. El futuro del país sigue siendo incierto, y las divisiones religiosas siguen sangrando incluso más allá de sus fronteras.

Mientras las élites negocian reconstrucciones y acuerdos petroleros con potencias extranjeras, los desplazados siguen esperando. Son las víctimas de una guerra interminable que devoró su tierra, y ahora los empuja a esquinas olvidadas del Líbano con un cartel en la puerta y miradas sospechosas a su alrededor.

Por ahora, en Hermel, reina el silencio. Uno que duele más que cualquier sospecha.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press