¿Un nuevo despertar para la Iglesia en EE. UU.? Ronald Hicks y el giro humanista del catolicismo neoyorquino

La llegada del Arzobispo Hicks a Nueva York marca no solo un cambio de liderazgo eclesiástico, sino un redireccionamiento hacia la justicia social, la empatía con migrantes y la relevancia generacional.

Un liderazgo con sello de esperanza

Cuando Ronald Hicks fue nombrado como nuevo arzobispo de Nueva York, muchos lo vieron como un movimiento estratégico del Papa León XIV —el primer pontífice estadounidense— para alinear una de las arquidiócesis más influyentes del país con su propia visión pastoral: inclusiva, sensible a la realidad humana y política, y profundamente enraizada en la doctrina social de la Iglesia.

No se trata solo de un reemplazo del retiro del cardenal Timothy Dolan, figura conservadora respetada pero también criticada por sectores progresistas. Hicks, exobispo de Joliet, Illinois, representa un cambio generacional pero también de enfoque: su trayectoria pastoral no se limita a los púlpitos estadounidenses; su compromiso va ligado a los márgenes sociales de América Latina, donde vivió durante cinco intensos años coordinando un programa de orfanatos en El Salvador y otros ocho países de la región.

Evangelizar en el mundo moderno: ¿misión imposible?

Durante una conferencia de prensa desde la imponente Catedral de San Patricio, Hicks lanzó una pregunta clave para el siglo XXI: «¿Cómo volvemos a hacer discípulos?» En el contexto de una sociedad secularizada, con iglesias vaciándose y nuevas generaciones cada vez más alejadas de la institución, la pregunta no es menor.

Hicks propone una reevangelización basada en la escucha y el testimonio. “La verdadera cuestión”, dijo, “no es cuántos vienen a misa, sino a quién estamos tocando con nuestras acciones”. Palabras que remiten al estilo directo del Papa Francisco, pero con el matiz estadounidense de la cultura comunitaria y el activismo social, que tanto define al catolicismo del norte y del sur del continente.

Una Iglesia que habla en español

Una de las decisiones simbólicas más significativas del nuevo arzobispo fue pedir que su liturgia de instalación se celebrase también en español. Su objetivo es claro: visibilizar la diversidad cultural, religiosa y lingüística que conforma la base demográfica de su arquidiócesis.

La Arquidiócesis de Nueva York atiende a casi 2.5 millones de católicos repartidos entre Manhattan, el Bronx, Staten Island y siete condados del norte del estado. Una parte significativa de ellos proviene de comunidades inmigrantes latinas, que han encontrado en la Iglesia —a veces—nido espiritual y refugio en medio de un sistema político hostil.

Esta decisión recuerda al compromiso que tuvo Hicks en El Salvador, donde, según él mismo señaló, comprendió “cómo la fe puede florecer entre los menos privilegiados, entre aquellos que no tienen voz”.

El legado incómodo del cardenal Dolan

El paso entre Dolan y Hicks marca más que un cambio de nombres: es un giro en el alma de la Iglesia neoyorquina. Dolan, conservador declarado, fue una figura política habilidosa que se mantuvo firme ante temas polémicos como el matrimonio igualitario o el aborto, pero terminó su papel con un agrio trago: la creación de un fondo de $300 millones de dólares destinados a compensar a víctimas de abusos sexuales, en el contexto de múltiples demandas contra la arquidiócesis.

Hicks no desconoce esta pesada herencia. “El primer paso para sanar es reconocer el dolor”, afirmó durante su homilía. “Y el segundo es caminar, con humildad, hacia una Iglesia que proteja, escuche y repare”.

Justicia social en el centro del mensaje

Una de las prioridades de Hicks será trabajar en conjunto con las autoridades civiles, incluso cuando existan diferencias políticas. No ha hablado aún con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani —de tendencia progresista y de raíces musulmanas—, pero expresó su deseo de hacerlo pronto: “Debemos enfocarnos en lo que podemos construir juntos”, aseguró.

El nuevo arzobispo ha marcado distancia —sutil pero clara— del enfrentamiento que algunos miembros de la jerarquía católica estadounidense han asumido frente al gobierno federal en temas como migración, salud pública o cambio climático. “La Iglesia tiene una misión trascendente, pero no flotamos en el aire”, dijo. “Estamos enraizados en esta tierra y en este momento histórico”.

¿Quién es Ronald Hicks? Más allá de la sotana

Ronald Hicks nació en Chicago. Estudió teología en la Universidad de St. Mary of the Lake, y fue ordenado en 1994. Su vocación pastoral tuvo un punto de inflexión en 2005, cuando fue enviado a América Central. Allí experimentó de primera mano la pobreza, la violencia y la fe ardiente de los pueblos latinoamericanos.

Su tiempo en El Salvador coincidió con los años más duros de violencia de las pandillas, y su labor con menores huérfanos lo marcó para siempre. “No hay teología válida sin compasión”, suele repetir.

Sus feligreses y colegas lo describen como un hombre afable, comprometido y con profunda sensibilidad por los márgenes sociales. “Es un obispo que toca la puerta, no que espera tras una mesa”, dijeron líderes comunitarios hispanos durante su nombramiento.

Un nuevo rostro para la Iglesia católica estadounidense

El papa León XIV ha emprendido un cambio profundo en cómo la Iglesia se relaciona con el mundo moderno, y nombres como Hicks son clave en esta transformación. La Iglesia católica en EE. UU. ha perdido feligreses de manera constante: según un estudio del Pew Research Center de 2021, más del 30% de los adultos en el país ya no se identifican con ninguna religión.

En este contexto, obispos que entienden la lógica del corazón humano, la pluralidad cultural y la urgencia social se vuelven esenciales. Si bien el reto no es menor —crisis de vocaciones, escándalos de abuso, envejecimiento de comunidades religiosas—, oportunidades como la que inaugura Hicks permiten pensar en una Iglesia que no muere, sino que renace.

Entre Roma, Nueva York y el resto del mundo

Uno de los momentos más llamativos de la homilía de Hicks fue su referencia constante al Papa León XIV. “Lo voy a mencionar muchas veces”, dijo ante la congregación. “Porque caminaré por este camino de la mano de su visión”.

Y esa visión es clara: una Iglesia que acompaña, que no teme ensuciarse los pies, que abraza al inmigrante y al excluido, que desafía silencios cómplices con verdades incómodas. Por eso Hicks no es solo un nuevo arzobispo. Es símbolo del camino que la Iglesia querría seguir en América: evangelización moderna, justicia social y relevancia generacional.

Si logrará seguir esa vía con éxito, sólo el tiempo lo dirá. Pero al menos, por primera vez en muchos años, hay esperanza de que ser Iglesia vuelva a sonar como una buena noticia.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press