El arte sobre hielo choca con los derechos de autor: La odisea musical de los patinadores olímpicos

El complicado camino de Tomas-Llorenc Guarino Sabate y otros patinadores hacia los Juegos Olímpicos de Invierno muestra una nueva barrera: la lucha legal por usar música con derechos de autor.

Desde 2014, cuando la Unión Internacional de Patinaje (ISU, por sus siglas en inglés) permitió por primera vez el uso de música con letra en las rutinas de patinaje artístico, una nueva dimensión artística se abrió en este deporte. Pero con ella, también llegó una complejidad legal: el uso de música protegida por derechos de autor.

El caso de Tomas-Llorenc Guarino Sabate: una coreografía atrapada por licencias

El joven patinador español Tomas-Llorenc Guarino Sabate se ha enfrentado recientemente a una montaña rusa emocional y burocrática justo antes de presentarse en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán Cortina 2026. Su programa corto, inspirado en los Minions, parecía ser una apuesta segura: música contagiosa, una estética divertida y un enfoque único e irreverente. Pero el problema no fue la audacia artística, sino el papeleo detrás de cada nota musical.

Sabate había utilizado el sistema ClicknClear, que ofrece licencias para música utilizada en deportes, creyendo que todo estaba en orden. Sin embargo, Universal Studios intervino pidiendo más detalles, no sólo sobre la lista de temas musicales, sino también sobre el vestuario temático azul y amarillo que evocaba directamente a los famosos personajes animados.

“Creí que tenía todo aprobado. Lo había presentado todo correctamente. Pero de repente me dicen que no, que necesitamos más permisos, que se está revisando”, comentó Sabate. La pieza más conflictiva de su montaje musical era “Freedom” de Pharrell Williams. A pesar de contar con la simpatía del artista, los derechos están en manos de su discográfica, lo que ralentizó el proceso de autorización.

Los aficionados al rescate: poder de las redes sociales

Sorprendentemente, la solución comenzó a surgir del apoyo popular. Las redes sociales cumplieron un papel esencial, tal como lo relata el propio patinador: “La gente empezó a compartir, a apoyarme. El martes por la mañana me desperté con cientos de mensajes. Por la noche ya tenía el visto bueno para dos de los temas musicales”, contó emocionado.

Del total de los cuatro cortes musicales que Sabate necesitaba, ya ha conseguido tres permisos. Uno de ellos era de un artista español, quien aceptó inmediatamente tras una conversación por teléfono tras ser contactado en redes sociales.

De los Bee Gees a los abogados: el plan B de los patinadores

Ante la posibilidad de no poder utilizar su programa actual, Sabate comenzó a practicar una rutina antigua con música de los Bee Gees, utilizada en su presentación larga. ¿El problema? La norma impide que se repita música entre programas dentro de una misma competición.

Este dilema resalta cómo los patinadores necesitan tener no sólo un plan B artístico, sino uno legal y técnico también. “La música ya no es sólo inspiración. Es logística, es negociación, es licencias. Y es frustración”, afirma Jorik Hendrickx, entrenador de su hermana, la patinadora belga Loena Hendrickx, quien también sufrió circunstancias similares.

El caso de Loena Hendrickx: cambiando de canción en el último minuto

La dos veces medallista mundial había estado utilizando “Ashes” de Celine Dion para su programa corto. Todo marchaba normalmente hasta el Campeonato Europeo de Sheffield, cuando su equipo temió que los derechos no estuvieran debidamente cubiertos para el uso olímpico. Fueron entonces forzados a cambiar, decantándose por otra canción de Dion: “I Surrender”.

“Elegimos algo similar en tono y estructura, que no impactara negativamente su coreografía ni interpretación. Pero fue una decisión trabajosa”, explicó su coreógrafo Adam Solya.

Una problemática cada vez más común en el patinaje artístico

El patinaje sobre hielo ha abrazado la versatilidad musical como parte de su evolución estética y cultural. Desde música pop hasta bandas sonoras cinematográficas, los atletas buscan conectar con el público, y crear momentos virales que viajen en redes sociales y expandan la relevancia del deporte fuera del hielo. Pero esa libertad expresiva se ha topado con un muro legal en forma de derechos de reproducción.

Durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2022, un dúo estadounidense recibió una demanda por parte de un artista indie que había realizado una versión alternativa de “House of the Rising Sun”, utilizada sin autorización por los patinadores. Esto puso en alerta al Comité Olímpico Internacional (COI) y a la ISU, quienes empezaron a trabajar en protocolos más estrictos.

La tormenta legal detrás del hielo: ¿quién posee qué?

Lo que muchos no comprenden es cuán fragmentado puede estar el control de una pieza musical. Una canción puede tener hasta 16 entidades diferentes involucradas, entre compositores, intérpretes, editoriales, sellos y distribuidoras.

“A veces una canción pasa por tres países distintos para poder aclarar derechos”, comenta Jae Youl Kim, presidente de la ISU. “Es una situación insostenible si queremos mantener nuestro deporte accesible. Así que estamos negociando directamente con las grandes discográficas. No podemos permitir que los patinadores pierdan oportunidades por problemas legales”.

Los principales afectados son, irónicamente, los más jóvenes y creativos. Aquellos que apuestan por innovar, mezclar géneros o incluir voces poco convencionales. Mientras que quienes optan por clásica o música de dominio público navegan más fácilmente las históricas competencias.

ClicknClear: ¿salvación o laberinto digital?

En principio, ClicknClear se creó precisamente para evitar estos conflictos. Su meta es ofrecer a los deportistas licencias claras y asequibles que cubran sus rutinas. Pero los límites de esta plataforma han sido evidentes: muchas veces no cubre toda la música comercial actual o hay diferencias interpretativas en lo que constituye autorización completa.

Algunos analistas sugieren que el patrocinio global que rodea los Juegos Olímpicos debería incluir acuerdos con discográficas, permitiendo una especie de licencia colectiva para los atletas participantes. Sería una solución institucional a un dilema individualizado.

¿El arte está dejando de ser libre en el deporte?

Esta situación pone en tensión una pregunta profunda: ¿Cuál es el precio de la expresión artística dentro del deporte profesional? Si un joven patinador necesita permisos multinacionales para expresar su visión escénica, el mensaje es claro: lo creativo está supeditado al sistema corporativo.

Mientras Tomas-Llorenc aún espera por el veredicto en torno al tema de Pharrell Williams, muchos otros patinadores están atentos, sabiendo que su sorteo musical puede estar a la vuelta de la esquina. En cada programa, en cada giro sobre el hielo, se esconde una historia de superación... y también un expediente legal.

Porque en el nuevo universo del patinaje artístico, nadar entre derechos de autor es parte del entrenamiento.

Una oportunidad para replantear el sistema

Sin duda, el caso de Sabate y Hendrickx puede servir como catalizador para reformar un entramado legal que no está diseñado para la competencia deportiva. La interacción entre arte y ley debe madurar, no sólo en el ámbito del patinaje, sino en toda expresión donde el cuerpo habla la lengua de la música.

Quizás el espíritu olímpico, que consagra la unidad y el talento, encuentre también el camino de la armonía entre la creatividad sobre hielo y las estructuras detrás del copyright. Porque hasta los Minions sueñan con una coreografía libre.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press