El caso Dearing: La historia silenciada del racismo institucional en Piedmont, California
Una familia negra expulsada por la fuerza, explosivos en su casa, amenazas del KKK y una ciudad que ahora enfrenta las consecuencias legales de su oscura historia
Una casa, una familia y un crimen racial olvidado
En el corazón de Piedmont, un exclusivo enclave urbano dentro de Oakland, se esconde una historia tan perturbadora como reveladora. En 1924, la familia Dearing —Sidney, Iréne y sus dos hijos— se convirtió en la primera familia negra en establecerse en esta ciudad conocida como la "ciudad de los millonarios". Lo que siguió fue un violento intento de expulsarlos respaldado tanto por residentes como por funcionarios públicos.
Piedmont: una ciudad prospera construida sobre la exclusión
Piedmont en la década de 1920 representaba el sueño californiano: grandes mansiones, buenos servicios municipales y un ambiente que atraía a las élites blancas. Pero también era un lugar profundamente segregacionista. El acceso a esta ciudad estaba limitado por convenios raciales, redlining y, como demostró el caso de los Dearing, violencia explícita.
La llegada de los Dearing y la inmediata reacción violenta
Tan pronto como los Dearing se mudaron a su nueva casa, comenzó una campaña sistemática de hostigamiento. Piedras lanzadas contra las ventanas, cartas amenazantes del Ku Klux Klan, e incluso ataques con explosivos fueron parte de la bienvenida que recibieron. En mayo de 1924, una turba de 500 personas rodeó su casa exigiendo que vendieran a una familia blanca.
Sidney Dearing resistió el acoso por meses, negándose a ceder ante la intimidación. Pero eventualmente, temiendo por la seguridad de su familia y bajo presión legal, vendió la casa después de que la ciudad iniciara un proceso de expropiación argumentando que se construiría una nueva calle. Calle que, hasta el día de hoy, jamás se construyó.
Funcionarios públicos involucrados y el papel del KKK
Los archivos históricos revelan que no fue solo una acción espontánea de vecinos intolerantes. El jefe de policía de Piedmont en ese momento, Burton Becker, era un abierto miembro del Ku Klux Klan. Más tarde, logró convertirse en sheriff del Condado de Alameda gracias al poder político de la organización racista.
El entonces abogado de la ciudad, Girard Richardson, fue quien ofreció comprar la casa por un valor muy inferior al mercado advirtiendo que, de negarse, la ciudad recuperaría la propiedad por vía judicial. El entonces alcalde, Oliver Ellsworth, justificó la expropiación diciendo que era para mejorar la ciudad... y "para hacer que el negro se mudara de Piedmont".
En palabras publicadas entonces en el Oakland Tribune: “el desconcertante problema del residente negro ha sido resuelto”.
Una demanda histórica: restaurar derechos y memoria
Hoy en día, casi 100 años después, una bisnieta de Sidney Dearing, Jordana Ackerman, ha demandado a la ciudad de Piedmont alegando que toda aquella operación no fue más que un acto fraudulento y racista. La demanda incluye:
- Violación de la cláusula de igualdad de protección de la Constitución de California.
- Engaño mediante expropiación falsa con intención de remover a una familia negra.
- Pérdida del derecho intergeneracional a la propiedad en una ciudad con alta plusvalía inmobiliaria.
El caso está siendo respaldado por la Legal Defense Fund, una reconocida organización de defensa de los derechos civiles fundada en 1940.
Repercusiones actuales y espejos del pasado
Hasta bien entrados los años 50 o 60 no se permitió nuevamente que una persona negra pudiera adquirir una propiedad en Piedmont. Hoy, según el Censo de EE. UU., menos del 1% de sus 10.800 habitantes son afroamericanos.
Mucho ha cambiado desde entonces, pero casos como este demuestran que las heridas del racismo sistémico no se curan mientras no haya reconocimiento, reparación y justicia.
Iniciativas de memoria: ¿suficientes?
En 2022, tras el resurgimiento del movimiento por la justicia racial en EE. UU. luego del asesinato de George Floyd, la ciudad de Piedmont comenzó una modesta iniciativa para reconocer su pasado racista.
Se contrató al renombrado arquitecto paisajista Walter Hood para diseñar un memorial a la familia Dearing, que se ubicará justo al frente de la antigua vivienda (que aún existe y es habitada por una nueva familia que desconocía su historia).
El memorial, con un presupuesto de $400,000, pretende reflejar la historia borrada de los Dearing e incluirá una instalación donde los visitantes verán una ventana con el buzón de los Dearing: una mirada a una línea temporal alterna en la que jamás se les impidió vivir en su hogar.
¿Puede una estatua sustituir la justicia?
Como señala Leah Aden, la abogada del Legal Defense Fund: “Estos despojos forzados deben ser reconocidos y reparados [...] Piedmont tiene la autoridad y los recursos para hacerlo”.
En la práctica, el verdadero potencial transformador radica no en monumentos, sino en resultados tangibles: restitución de tierras, compensaciones económicas, acceso equitable a servicios y una revisión activa del racismo institucional en los gobiernos locales.
El caso Dearing trasciende su contexto: revela cómo un sistema legal puede ser usado para institucionalizar el racismo y cómo las cicatrices de esa injusticia continúan afectando a generaciones enteras.
Su historia, ahora en tribunales, podría sentar un precedente importante en la lucha por la justicia racial y la reparación histórica en Estados Unidos. Y nos obliga a hacernos una pregunta incómoda pero urgente: ¿Qué otras historias parecidas seguimos ignorando?
