Guardianes de la selva: una familia quichua desafía al cambio climático para salvar el Amazonas
En el corazón de Ecuador, los Pucha luchan solos para conservar especies en peligro de extinción mientras las políticas gubernamentales amenazan sus avances
Por las densas selvas de la Amazonía ecuatoriana, Ramón Pucha avanza silencioso, casi imperceptible, como uno más del ecosistema que lucha por defender. Sus huellas se mezclan con las de un puma que lo sigue sigilosamente, pero el temor no lo detiene. Lleva entre sus manos semillas que podrían salvar especies vegetales al borde de la extinción. En un rincón olvidado de la provincia de Napo, la familia Pucha ha hecho de la resistencia ecológica una misión de vida.
Un laboratorio viviente en el pulmón del mundo
Ubicado en la comunidad indígena Quichua de Alto Ila, a unos 128 kilómetros al sureste de Quito, el proyecto El Picaflor abarca 32 hectáreas de tierras que antes eran solo potreros áridos. Hoy, bajo el cuidado minucioso de una familia visionaria, el terreno se ha transformado en un frondoso jardín selvático con especies rescatadas del olvido y la extinción.
“Tengo una pasión por la naturaleza, por las plantas y los animales”, confiesa Ramón Pucha, un botánico autodidacta de 51 años, a quien en su comunidad algunos tachan de “loco” por su empeño incansable. Pero ese ‘loco’ es uno de los pocos activistas ambientales que actúa desde la raíz, sin financiamiento, sin reconocimiento, pero con una determinación férrea.
Semillas de esperanza y herencia ancestral
El proceso es artesanal e íntimamente ligado con la tierra. Pucha se interna solo en la selva durante cinco días seguidos, en busca de semillas de árboles en peligro crítico. En alguna ocasión ha regresado con las manos vacías: los efectos del cambio climático y las sequías extremas han transformado los ciclos naturales, reduciendo drásticamente la producción anual de semillas.
Pero cuando hay éxito, las semillas se transforman en pequeños brotes gracias al trabajo de Marlene Chiluisa, su esposa, quien se encarga de plantarlas en un vivero casero con cuidados meticulosos. “Nadie nos apoya; ni el gobierno, ni fundaciones, nadie,” lamenta. A pesar de ello, regularmente donan y venden plántulas a familias vecinas comprometidas con la regeneración del bosque.
Una lucha solitaria con impactos profundos
Su labor ha sido reconocida por el Ministerio de Agricultura y Ganadería ecuatoriano, que calificó a El Picaflor como un “laboratorio viviente” y un importante banco de semillas en una región devastada por 50 años continuos de deforestación masiva. Sin embargo, el reconocimiento no ha venido acompañado ni de recursos ni de políticas concretas.
Irónicamente, Ecuador es el primer país del mundo en incluir los “derechos de la naturaleza” en su Constitución desde 2008. No obstante, muchos ambientalistas denuncian que dichas garantías son ignoradas sistemáticamente. Una de las últimas decisiones del presidente Daniel Noboa, la fusión del Ministerio del Ambiente con el de Energía y Minas, ha sido vista como una clara amenaza para los ecosistemas amazónicos.
Herederos del futuro: la nueva generación verde
El hijo de la familia, Jhoel Pucha, de 21 años, personifica la continuidad de esta lucha. Botánico experto, Jhoel se desplaza por la selva con naturalidad, identificando cada especie por su nombre común, tradicional y científico. También ejerce de guía para visitantes y curiosos que buscan aprender del proyecto. Su embarcación improvisada, hecha de maderas amarradas a un flotador básico, no parece intimidarlo en lo más mínimo mientras cruza el imprevisible río Ila.
“Esto no es solo para nosotros, es para el mundo”, dice Jhoel con seguridad. Muchos de los árboles que cultivan tardan más de 100 años en alcanzar la madurez. Es posible que ni él ni su padre lleguen a verlos completamente desarrollados en vida. Pero eso no los detiene. “Ese es mi legado para mis hijos y para la humanidad,” resume Ramón Pucha mientras observa el crecimiento lento pero firme de una de estas plantas monumentales.
Defender la selva sin armas, con raíces
El contexto en que actúa la familia Pucha es cada vez más hostil. Ecuador, como otros países amazónicos, enfrenta una presión industrial cada vez más fuerte. Según datos de la Global Forest Watch, Ecuador perdió más de 120,000 hectáreas de bosque primario solo en 2023. Actividades como la extracción de petróleo, la minería ilegal y la agricultura extensiva destruyen hábitats vírgenes y desplazan a comunidades indígenas.
Y aun así, El Picaflor florece. No como un símbolo de utopía, sino como una muestra tangible de que la restauración ecológica es posible si se siembra con amor, conocimiento y persistencia.
¿Dónde queda el Estado?
La lucha de los Pucha también deja al descubierto las falencias de las políticas ambientales públicas. Aunque existen marcos legislativos progresistas como la Ley de Defensa del Patrimonio Natural, en la práctica, los proyectos de conservación comunitaria como El Picaflor no reciben ni presupuestos ni asistencia técnica.
Más aún: el anuncio de la fusión entre el Ministerio del Ambiente y el de Energía y Minas desató la alarma entre varias ONGs y colectivos indígenas. “¿Cómo se puede proteger la naturaleza si se la pone bajo la tutela del mismo ente que explota petróleo y minerales?”, se preguntan colectivos como Acción Ecológica, que consideran esto un retroceso de más de 20 años en la lucha ambiental en el país.
La biodiversidad, una medicina viva
Muchas de las especies conservadas por los Pucha no solo representan árboles o paisajes, sino formas de medicina natural ancestral. Entre ellas se encuentran ejemplares de chaucha caspi, iguachi moena y uña de gato, plantas utilizadas por los sabios quichua por siglos para tratar enfermedades como infecciones, inflamaciones y hasta ciertos tipos de cáncer.
Hoy, la medicina moderna empieza a validar estos conocimientos, y diversas farmacéuticas internacionales buscan compuestos activos en el Amazonas. El riesgo, sin embargo, es que estas especies desaparezcan antes de que el mundo comprenda su valor real. En eso, el trabajo de la familia Pucha no solo preserva el ecosistema, sino también patrimonios culturales de sabiduría milenaria.
Salvar la selva, salvarnos a nosotros
En un momento en que el cambio climático arroja sus consecuencias más destructivas —desde incendios forestales cada vez más intensos en Europa hasta sequías históricas en América Latina—, los esfuerzos individuales como el de la familia Pucha adquieren un significado monumental.
Ramón Pucha no es un activista con pancartas. No lidera protestas ni aparece en paneles internacionales. Pero cada vez que siembra una semilla, está cambiando el destino de un planeta que lucha por respirar.
Quizá la mayor lección que deja este rincón selvático renacido no es sobre botánica ni sobre política ambiental, sino sobre esperanza. Esperanza con raíces profundas, germinada en la resistencia silenciosa de quienes no esperan a que actúe el mundo, sino que lo cambian desde su pedacito de tierra.
