Masacre en Woro: La expansión del extremismo religioso y el colapso de la seguridad en Nigeria

Más de 160 muertos en un solo ataque revela la alarmante fragilidad del Estado frente a los grupos armados en ascenso

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Por: Redacción Mundo

Las alarmas vuelven a sonar en Nigeria. La reciente masacre en las aldeas de Woro y Nuku ha dejado al país y al mundo conmocionados. Según cifras oficiales, al menos 162 personas fueron asesinadas en apenas diez horas de brutal violencia, aunque los habitantes insisten en que la cifra real supera los 200 muertos. Los responsables: extremistas armados que llegaron montados en motocicletas, anunciando su versión radical del Islam e implantando el terror a sangre y fuego.

La masacre de Woro: asesinatos a quemarropa y sin auxilio

Todo comenzó con una carta de advertencia. Semanas antes del ataque, los líderes de las aldeas recibieron un mensaje por parte de los insurgentes, notificando que llegarían a imponer por la fuerza su doctrina religiosa. Lejos de doblegarse, los residentes hicieron caso omiso, confiando en la tranquilidad habitual de la región. Pero todo cambió la noche del ataque.

De acuerdo con testigos como Umar Bio Kabir, un joven maestro de 26 años, la violencia comenzó cuando los insurgentes llegaron al caer la tarde y empezaron una orgía de sangre de puerta en puerta. Kabir relató cómo se encontraba jugando fútbol cuando divisó a los atacantes, siendo uno de los pocos que logró escapar con vida: “Dios decidió que debía sobrevivir. Muchos de mis amigos no tuvieron esa suerte”.

Durante 10 desgarradoras horas, los radicales no sólo mataron, sino que también incendiaron casas, mercados e incluso una mezquita, donde simularon un llamado a la oración para después disparar contra los fieles que acudieron. El grado de crueldad fue tal que muchos cuerpos quedaron irreconocibles por el fuego.

Sin respuesta del gobierno ni presencia de seguridad

Uno de los aspectos más alarmantes del ataque es la ausencia total de las fuerzas de seguridad. Los sobrevivientes aseguran que, durante todo el asedio, no vieron ni un solo agente del Estado. Iliyaus Ibrahim, agricultor de la zona, afirmó: “Desde que comenzaron los disparos hasta la mañana siguiente, nadie vino a ayudarnos”. Su hermano está muerto y su cuñada —embarazada— fue secuestrada junto con sus dos hijos.

Por su parte, la portavoz de la policía de Kwara, Adetoun Ejire-Adeyemi, negó la versión de los habitantes en una escueta declaración telefónica: “Eso no es posible. Había presencia de seguridad en el lugar”, sin ofrecer más detalles al respecto. La desconexión entre el discurso oficial y la tragedia vivida por las víctimas es abismal y vergonzosa.

Un pueblo arrasado y sepultado en el olvido

Para el jueves sólo quedaban unos 20 hombres vivos en Woro, ocupándose de la desgarradora tarea de enterrar a sus vecinos y familiares. Zakari Munir mostró al equipo de prensa una hilera de construcciones en llamas: “Todos los que vivían allí están muertos”.

Los residentes que lograron sobrevivir están abandonando todo en bicicletas, taxis y camiones para intentar reconstruir sus vidas en lugares más seguros. La escena es apocalíptica: tejados de zinc ardiendo, cenizas en el aire y un silencio sepulcral roto sólo por el viento.

El extremismo gana terreno: ¿por qué ahora en el sur?

Lo que antes era preocupante, ahora se ha vuelto desesperante. Este ataque no se produjo en los estados del noreste tradicionalmente marcados por la insurgencia de Boko Haram, sino en Kwara, una región del centro-oeste más estable históricamente, limítrofe con Benín.

La expansión del conflicto hacia el sur refleja un fenómeno más profundo: el colapso progresivo del control estatal, la proliferación de grupos armados y la competencia entre ellos. Entre los actores destacables están Boko Haram, el Estado Islámico en África Occidental (ISWAP), el recién identificado grupo Lakurawa (originado en Níger) y los jihadistas de Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin, que afirmaron su primer ataque en suelo nigeriano precisamente en Kwara en 2025.

Según reportes del Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), Nigeria registró más de 12,000 muertes violentas en 2023 relacionadas con actores no estatales. A pesar de las declaraciones del presidente Bola Tinubu sobre el estado de emergencia y promesas de reforzar la policía, los resultados todavía no son tangibles.

¿Una guerra religiosa? No necesariamente

Resulta fácil clasificar estos hechos como conflictos religiosos, pero la realidad es mucho más compleja. Aunque los atacantes profesan una vertiente radical del Islam, las víctimas de Woro y Nuku también eran en su mayoría musulmanas. ¿Cuál fue su crimen? Negarse a aceptar una doctrina extremista. Esto revela que el objetivo de estos grupos va más allá de la fe individual: buscan impuesto ideologías totalitarias y un cambio de civilización por la violencia.

Recientemente, el expresidente estadounidense Donald Trump acusó a Nigeria de no proteger a los cristianos de un supuesto genocidio. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos y expertos coinciden en que esos comentarios simplifican indebidamente una crisis multifactorial. En palabras del analista nigeriano Femi Adesina: “Cuando el Estado falla, el extremismo no distingue entre musulmanes y cristianos. Todos somos objetivos”.

¿Camino a un estado fallido?

Lo sucedido en Woro y Nuku no representa un hecho aislado, sino un síntoma de un cuerpo enfermo. Nigeria, el país más poblado de África y una de sus principales economías, corre el riesgo de convertirse en un estado fallido si no logra restaurar el monopolio legítimo de la fuerza.

La proliferación de armas, la fragmentación del territorio en feudos armados, el colapso de la confianza en las instituciones y el desplazamiento masivo de personas son señales inequívocas de que la nación se encuentra en un punto de inflexión.

El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) advierte que Nigeria debe enfrentar una triple amenaza: el terrorismo islamista, el bandidaje rural y los conflictos intercomunitarios. Sin una estrategia integral —que incluya justicia social, desarrollo económico e inclusión política— las intervenciones militares momentáneas sólo serán curitas en una hemorragia imparable.

El dolor que no sale en los titulares

En Kaiama, días después de los hechos, Maryam Muhammed todavía lloraba la muerte de su esposo. Ella fue secuestrada y liberada entre la confusión, pero su pareja, responsable del llamado a la oración en la mezquita, no tuvo la misma suerte. “Supe que algo andaba mal cuando no escuché su voz al amanecer”, dijo entre lágrimas.

Historias como la de Maryam se repiten en cientos de hogares. Sin embargo, su tragedia —como la de muchas otras víctimas en Nigeria— difícilmente tendrá cabida en los informativos internacionales o en los discursos políticos grandilocuentes.

Pero hay una verdad ineludible: Nigeria sangra y el mundo no puede seguir ignorándolo.

“Si dejamos que los monstruos avancen en la oscuridad, pronto llegarán a nuestro portal”, advirtió una vez un diplomático en la ONU. Hoy, esa oscuridad está consumiendo aldeas enteras, y sus cenizas claman justicia.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press