Caos político y promesas incumplidas: Haití entre consejos fallidos, elecciones inciertas y fuerzas extranjeras
Con la disolución del consejo presidencial y la permanencia de un primer ministro cuestionado, Haití enfrenta una nueva etapa de incertidumbre profunda, mientras las bandas armadas y la inestabilidad política dificultan cualquier intento real de transición democrática.
Un nuevo capítulo en una crisis sin final
Haití atraviesa una de las crisis políticas más complejas de su historia reciente. Tras casi dos años de funcionamiento, el consejo presidencial haitiano fue oficialmente disuelto el pasado sábado, dejando al país caribeño en un limbo político aún más profundo. Lo que inicialmente fue concebido como una solución transitoria para estabilizar el país y preparar el camino hacia unas elecciones democráticas, terminó plagado de conflictos internos, acusaciones de corrupción y una persistente violencia de bandas que ha paralizado el funcionamiento del Estado.
Esta nueva fase tiene al actual primer ministro, Alix Didier Fils-Aimé, como figura de mando, pese a haber sido objeto de intentos de destitución por parte de sectores del propio consejo. En paralelo, Estados Unidos ha reforzado su presencia militar en los alrededores del país caribeño, enviando un buque de guerra y dos embarcaciones de la Guardia Costera, lo que muchos interpretan como una señal clara de presión geopolítica.
Haití, entre promesas internacionales e incapacidad institucional
Desde el brutal asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio de 2021, Haití no ha encontrado estabilidad ni liderazgo claro. El vacío de poder, agravado por la falta de elecciones generales —las últimas fueron hace más de una década—, sumió a la nación en una espiral de violencia y desgobierno. Muchas de las zonas estratégicas de la capital, Puerto Príncipe, están bajo control de pandillas fuertemente armadas, que ahora también se han expandido hacia regiones del centro del país.
En este contexto, el consejo presidencial fue constituido en abril de 2024, después de un esfuerzo conjunto de líderes caribeños —reunidos en Jamaica— y funcionarios de Estados Unidos para crear una transición política viable tras la renuncia del ex primer ministro Ariel Henry, quien no pudo regresar al país tras un viaje oficial a Kenia. ¿El motivo? Un ataque coordinado por agrupaciones criminales que forzaron el cierre del principal aeropuerto por más de tres meses.
Alto nivel de inseguridad y desplazamientos masivos
El resultado de esta crisis es devastador: según cifras de organismos humanitarios, cerca de 1,4 millones de haitianos han sido desplazados internamente debido a la violencia. Las bandas armadas, que controlan hasta el 90% de la capital y operan con impunidad, han instaurado un sistema de terror que socava cualquier intento de recuperación institucional.
Como ejemplo conmovedor, André Joseph, un vendedor ambulante de 42 años que vive en refugios improvisados, celebró la disolución del consejo presidencial frente a sus oficinas. “Estuvieron casi dos años y no hicieron nada por el país”, dijo. “Haití necesita avanzar con un gobierno que de verdad pueda mejorar la situación.”
Presencia extranjera: ¿estabilización o injerencia?
La reciente movilización naval realizada por Estados Unidos es otra señal más de que la comunidad internacional está profundamente involucrada en la política haitiana. Según Diego Da Rin, analista del International Crisis Group, la medida es un mensaje claro: “La presencia naval representa la última evidencia de la disposición de Washington a usar la amenaza del uso de la fuerza para influir en la política del hemisferio occidental.”
Esto tiene particular resonancia en un país con una larga historia de ocupaciones extranjeras. Desde la fallida intervención de la ONU —que incluyó escándalos de violencia sexual y la introducción del cólera al país— hasta múltiples misiones militares, Haití ha sido constante escenario de "ayuda internacional" que muchas veces ha dejado más desconfianza que reconstrucción.
Crisis de legitimidad y búsqueda de alternativas
Con el consejo presidencial fuera de escena, surgen preguntas sobre quién y cómo se tomará el liderazgo. Lo preocupante es que, como advierte Da Rin, “es esencial tener claridad sobre quién gobernará Haití. Los países que están aportando fuerzas de seguridad necesitan saber que están trabajando con un gobierno cuya legitimidad no esté en entredicho.”
En este sentido, resulta llamativo que el primer ministro Fils-Aimé, cuyo respaldo popular y político es limitado, haya decidido continuar en funciones. Aun así, el consejo saliente pareció reconocer su permanencia, y su presidente, Laurent Saint-Cyr, rechazó públicamente su destitución, asegurando que se debe priorizar “la seguridad y el progreso.”
¿Cuándo serán las elecciones?
El 7 de febrero —fecha históricamente asociada con el inicio del período presidencial y considerada simbólicamente el nacimiento de la democracia haitiana tras la dictadura de Duvalier— pasó sin elecciones. Tentativamente se han señalado nuevas fechas entre agosto y diciembre, pero su realización parece cada vez más improbable, dadas las condiciones actuales.
Aun si se logran celebrar unos comicios, el país enfrenta dudas estructurales: ¿quién supervisará esas elecciones? ¿Cómo garantizar que la violencia no ponga en peligro la participación electoral? ¿Existe una autoridad electoral independiente y capaz de manejar el proceso sin interferencias?
Corrupción y desconfianza institucional
Otro factor que influyó en la caída del consejo fue el descrédito creciente por posibles actos de corrupción. A finales de 2024, al menos tres de sus miembros fueron señalados por una agencia estatal de aceptar sobornos, lo que minó aún más la esperanza de su supuesta “imparcialidad” y “transparencia”.
El compromiso que alguna vez se juró de frenar la violencia de bandas y mejorar las condiciones de vida ha quedado en promesas rotas. El informe del International Crisis Group es categórico: el Estado no mostró capacidad alguna de restringir las acciones de las bandas criminales ni restablecer la autoridad central.
¿Haití tiene aún esperanzas?
En palabras del padre de la independencia haitiana, Jean-Jacques Dessalines, “nuestra causa es noble, justa y legítima.” Pero en la actualidad, para muchos haitianos esta causa parece abandonada. Mientras la comunidad internacional debata cómo enviar policías kenianos a un país que ni siquiera tiene una sede gubernamental plenamente funcional, millones de ciudadanos enfrentan cada día el miedo a ser desplazados, extorsionados o asesinados.
Pese a todo esto, existen sectores que abogan por un nuevo comienzo. Organizaciones comunitarias, miembros del clero, intelectuales y ciudadanos comprometidos están exigiendo que la próxima etapa se fundamente en la legitimidad democrática y no en el consenso diplomático.
Lo que Haití necesita no es un nuevo consejo ni otra intervención extranjera improvisada. Requiere una estructura institucional sólida, reconstruida desde dentro, con elecciones libres, seguras y transparentes, y una estrategia real para desmantelar el poder de las bandas.
Hasta que esto no ocurra, el país seguirá oscilando entre falsas promesas de cambio y una dolorosa realidad de supervivencia.
