El insólito poder militar de Trump en la diplomacia: ¿táctica efectiva o riesgo innecesario?
El expresidente estadounidense cambia las reglas del juego al designar altos cargos militares para misiones diplomáticas clave, desde Irán hasta Ucrania.
Cuando los uniformes reemplazan las corbatas
La política exterior de Estados Unidos ha cambiado radicalmente en el último lustro, con un protagonista inesperado ganando peso en las negociaciones internacionales: el alto mando militar. Bajo la administración de Donald Trump, figuras como el vicealmirante Brad Cooper, comandante del Comando Central de EE.UU. (CENTCOM), y Dan Driscoll, secretario del Ejército, se han convertido en portavoces de una estrategia diplomática poco convencional.
Esta táctica ha despertado elogios por su pragmatismo, pero también críticas por marginar a los diplomáticos profesionales. Mientras algunos ven sabiduría en incorporar la perspectiva militar para abordar conflictos complejos, otros advierten que el enfoque podría militarizar peligrosamente la diplomacia.
Una estrategia inédita: uniformes en la mesa de negociación
En un movimiento sin precedentes, el vicealmirante Brad Cooper apareció con su uniforme de gala en Mascate, Omán, en las conversaciones indirectas con Irán sobre su programa nuclear. Su presencia física fue más que simbólica: un recordatorio visual de la creciente presencia militar estadounidense en la región del Golfo Pérsico.
La decisión pareció orquestada para enviar un mensaje potente a Teherán: la paciencia está al límite y la opción militar está sobre la mesa. Trump fue claro al declarar que las conversaciones fueron “muy buenas”, pero también advirtió a Irán que “las consecuencias serán muy graves” si no accede a un acuerdo significativo sobre su programa nuclear.
Una estrategia con raíces en la Guerra Fría
Eliot Cohen, exconsejero del Departamento de Estado bajo George W. Bush, comenta que no es la primera vez que figuras castrenses se involucran en negociaciones diplomáticas. “Durante la Guerra Fría, los generales estadounidenses participaron en conversaciones de control de armas con la URSS”, señala. Sin embargo, Cohen también reconoce que la presencia de Driscoll es particularmente inusual. “Es más raro ver al secretario del Ejército en ese rol, pero no sin precedentes”, dice.
La mirada crítica: ¿desplazar a los diplomáticos?
Elisa Ewers, analista del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense y exintegrante del Consejo de Seguridad Nacional bajo Bush y Obama, no se muestra tan optimista. “Este reemplazo de la diplomacia tradicional por una retórica militarizada puede ser contraproducente”, advierte. “No todo problema internacional es un clavo que necesite un martillo”.
En su visión, figuras como Cooper podrían aportar cierta experiencia técnica, pero no están capacitadas para manejar la complejidad emocional, histórica y cultural que caracteriza a los grandes procesos diplomáticos.
El caso Irán: ¿experiencia o amenaza velada?
Michael Singh, exdirector de Medio Oriente en el Consejo de Seguridad Nacional bajo George W. Bush y actual director del Washington Institute, considera la incorporación de Cooper práctica: “Witkoff y Kushner son generalistas. Cooper conoce la región, su política y la estructura militar de Irán”, explica Singh. Para él, es un movimiento de racionalidad técnica, no una simple intimidación.
No obstante, Michael O’Hanlon, analista de defensa en la Brookings Institution, matiza: “La inclusión del comandante del CENTCOM es muy inusual y parece estar diseñada para enviar un mensaje, más que para mejorar las negociaciones en sí”.
Driscoll: el civil con alma de soldado
En el frente del conflicto Rusia-Ucrania, el secretario del Ejército estadounidense, Dan Driscoll, ha tomado un rol clave como intermediario. Su historial militar —fue teniente en Irak— y su papel como figura civil con conexiones en el Pentágono, lo posicionan como un interlocutor de peso entre Ucrania y representantes estadounidenses como Kushner y Steve Witkoff.
Driscoll ha liderado varias sesiones en Abu Dabi y mantiene contacto continuo con funcionarios ucranianos fuera de los marcos formales. Esta cercanía ha permitido canalizar avances diplomáticos en medio de puntos muertos. De hecho, su relación con el general Alexus Grynkewich ayudó a reactivar el diálogo militar de alto nivel entre EE.UU. y Rusia por primera vez en cuatro años.
La ‘diplomacia de poder’: entre la amenaza y la experiencia
El uso de figuras militares en la diplomacia moderna puede entenderse dentro del concepto de “diplomacia de poder” o hard diplomacy. Estas tácticas no son nuevas. Theodore Roosevelt sintetizó esta filosofía hace más de un siglo con su famosa frase: “Habla con suavidad y lleva un gran garrote; así llegarás lejos”.
En este caso, el “gran garrote” no es solo metafórico: la presencia de portaviones como el USS Abraham Lincoln y las declaraciones belicosas de Trump representan una amenaza real para Irán y otros adversarios geopolíticos.
Diferencia frente a diplomacias pasadas
Históricamente, la diplomacia estadounidense ha confiado en figuras con formación académica, habilidades culturales y largo entrenamiento en el servicio exterior. Embajadores, enviados especiales y delegaciones formadas por diplomáticos profesionales eran las piezas centrales del tablero diplomático norteamericano.
La administración Trump marcó un quiebre, no solo por favorecer a miembros de su círculo cercano como Kushner, sino también por recurrir a emisarios militares o empresarios sin historial diplomático. Esto se traduce en mayor improvisación, pero también en una mayor inmediatez.
¿Resultado positivo o riesgo de malentendidos?
Los beneficios de esta estrategia son difíciles de cuantificar. Por un lado, líderes como Driscoll han logrado mantener líneas abiertas de diálogo. Por otro, recurrir a una óptica militar puede reducir el margen de conversación para encontrar puntos comunes, lo que aleja soluciones sostenibles.
En un pasaje revelador, O’Hanlon comenta que la situación con Irán es tan tensa que la sola presencia de Cooper en las conversaciones probablemente no tendrá un gran impacto, “a menos que los iraníes hayan reconsiderado fundamentalmente su programa nuclear”.
¿Un nuevo paradigma diplomático o una anomalía temporal?
Muchos se preguntan si esta táctica se consolidará como norma o desaparecerá con futuros gobiernos. La tradición diplomática estadounidense, aunque modificable, tiene raíces profundas, sostenidas por décadas de negociación multilateral, tratados estratégicos y alianzas construidas lentamente.
El auge de líderes no convencionales y la polarización política interna han llevado a algunos presidentes a buscar soluciones más personalistas y militares. El análisis de Cohen apunta a que este uso de figuras “inusuales pero confiables” por parte de presidentes es común cuando desean controlar el mensaje y los resultados.
Lecciones para el futuro: la necesidad de equilibrio
Lo cierto es que en un mundo multipolar, con amenazas híbridas que combinan la guerra, la desinformación y la crisis económica, la diplomacia necesita adaptarse. Pero la clave estará en lograr un equilibrio: integrar la experiencia técnica de figuras militares sin excluir a los verdaderos expertos diplomáticos.
Al fin y al cabo, la diplomacia, como señaló Ewers, requiere tiempo, inversión y trabajo constante. Y aunque en ocasiones se necesiten martillos, conviene recordar que la mayoría de los problemas internacionales son relojes suizos: requieren precisión, no fuerza bruta.
