El terrorismo sectario regresa a Islamabad: un análisis del ataque más letal desde 2008

La masacre en una mezquita chiita expone vulnerabilidades en la seguridad de Pakistán y revive tensiones geopolíticas con Afganistán

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Por años, Islamabad se ha jactado de ser un refugio relativamente seguro en un país acosado por el extremismo. Esa percepción se rompió brutalmente el pasado viernes, cuando un ataque suicida en una mezquita chiita dejó 31 muertos y 169 heridos, en el atentado más letal en la capital paquistaní desde el atentado al Hotel Marriott en 2008.

Un crimen con firma conocida

El atentado fue reivindicado por el Estado Islámico en Pakistán, una filial local del grupo yihadista transnacional. En su comunicado, difundido por la agencia Amaq, habitual canal de propaganda del grupo, los extremistas describieron con detalle cómo el atacante disparó a los guardias de seguridad al ingresar al recinto y luego detonó su chaleco explosivo en el segundo umbral de la mezquita, matando a decenas de fieles que se encontraban en medio de la oración del viernes, día sagrado para los musulmanes.

La elección del blanco no es coincidencia. El Estado Islámico, de línea sunita ultraconservadora, considera apóstatas a los chiitas, y los ha atacado repetidamente en Pakistán, Afganistán e Iraq. El grupo acusó a la comunidad chiita del país de ser una “reserva humana” de combatientes para las milicias chiitas que lucharon contra el Estado Islámico en Siria.

Islamabad, antes baluarte de estabilidad, hoy límite difuso

Durante muchos años, Islamabad fue una burbuja relativa dentro de los conflictos internos del resto del país. Pero el ataque reciente demuestra una escalada del alcance operativo de los grupos extremistas. Desde la caída del gobierno prooccidental en Kabul en 2021 y el regreso al poder de los talibanes afganos, múltiples atentados se han originado desde la frontera con Afganistán, una región con escasa vigilancia estatal efectiva.

Según informaron las autoridades, el suicida era un ciudadano paquistaní que había viajado recientemente a Afganistán. Este dato alimenta las acusaciones persistentes de Islamabad contra Kabul, de albergar o al menos permitir la operación de células terroristas en su territorio.

La respuesta de Islamabad y la presión sobre Kabul

El ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Mohammad Asif, no dudó en responsabilizar indirectamente al gobierno talibán afgano. “Este atentado muestra que los militantes basados en Afganistán pueden atacar incluso en nuestra capital”, dijo enfáticamente ante medios nacionales.

La respuesta afgana fue rápida y crítica. El Ministerio de Defensa afgano calificó las declaraciones del ministro paquistaní como “irresponsables”. “El Emirato Islámico condena el atentado, pero también rechaza las acusaciones sin pruebas”, publicó en un comunicado oficial. El gobierno talibán ha señalado repetidamente que procura impedir operaciones desde su territorio, aunque no hay evidencia pública de una cooperación antiterrorista real entre ambos países.

Pakistán, un objetivo consistente del terrorismo yihadista

Desde la década del 2000, Pakistán ha sido uno de los países más afectados por atentados extremistas, particularmente después de que intensificó su cooperación con EE.UU. en su “guerra contra el terrorismo” tras los ataques del 11 de septiembre. Según datos del Global Terrorism Database, Pakistán ha sufrido más de 20,000 ataques terroristas desde 2001, incluyendo atentados suicidas, secuestros, asesinatos, emboscadas y atentados con coche bomba.

El atentado más mortífero registrado en una mezquita chiita en Pakistán ocurrió en 2022 en Peshawar, donde más de 56 personas murieron en una explosión similar, también reivindicada por el Estado Islámico.

Impacto humano en la comunidad chiita

Más de 2,000 personas, muchas de ellas llorando y portando retratos de los fallecidos, se reunieron el sábado en la misma mezquita para asistir a los funerales de las víctimas. Autoridades locales, líderes comunitarios y funcionarios del gobierno se hicieron presentes.

“Les prometo con el corazón roto que no dejaremos que los perpetradores de esta masacre celebren la impunidad”, declaró el primer ministro Shehbaz Sharif, visiblemente conmovido. “Esta ha sido una de las escenas más desgarradoras que he presenciado en mi vida”, agregó.

Reacciones y condenas internacionales

El atentado ha sido condenado enérgicamente por figuras internacionales, incluyendo funcionarios de EE. UU., Rusia y la Unión Europea. El Departamento de Estado de EE.UU. manifestó su solidaridad, destacando que “la violencia sectaria nunca es justificable” y reiterando su compromiso con Pakistán en la lucha contra el terrorismo.

Sharif agradeció los gestos de solidaridad afirmando que la colaboración internacional será vital en los desafíos futuros. “Necesitamos más apoyo para prevenir estos crímenes de odio y violencia cobarde que atacan la esencia de nuestra nación”, señaló en redes.

El auge renovado del extremismo religioso

Aunque se había observado una reducción en la violencia desde 2014 gracias a operaciones militares como Zarb-e-Azb, en los últimos años los grupos extremistas han reemergido. Las causas son múltiples: debilitamiento del Estado en zonas tribales, reducción en fondos internacionales destinados a contraterrorismo, inestabilidad política y económica, y una infraestructura judicial ineficaz.

El Talibán paquistaní, también conocido como Tehrik-e-Talibán Pakistan (TTP), aunque separado del Estado Islámico, ha mantenido crecientes vínculos de cooperación operativa y logística con este y otros grupos radicales.

¿Estamos ante una nueva ola de terrorismo en Pakistán?

Si bien la capital sigue siendo una de las zonas más vigiladas del país, este ataque demostró que incluso zonas consideradas “seguras” no están inmunes. Expertos paquistaníes en seguridad como Hassan Abbas, autor del libro “The Taliban Revival”, creen que este tipo de atentados “buscan demostrar que no hay refugio posible cuando el Estado falla en proteger a sus minorías”.

La comunidad chiita en Pakistán, que representa entre el 15 y 20% de la población total (según datos del Pew Research Center), ha sido víctima reiterada de violencia a lo largo de las últimas dos décadas. Desde ataques en mezquitas hasta asesinatos selectivos de líderes religiosos y profesionales, el sectarismo sigue siendo uno de los factores que alimentan la inestabilidad nacional.

¿Qué se puede hacer?

El gobierno paquistaní se enfrenta a una difícil encrucijada. Fortalecer la vigilancia de inteligencia es crucial. También lo es neutralizar redes financieras y logísticas que sostienen a estos grupos. No menos importante es trabajar la clave educativa y social: la desradicalización debe comenzar desde las escuelas, con currículos que promuevan la tolerancia religiosa y la paz social.

A nivel internacional, países vecinos y aliados deben trabajar conjuntamente y alejar el tema del debate político partidista. El conflicto interno en Afganistán no puede servir de excusa para desentenderse de las repercusiones trasfronterizas del extremismo.

Una herida que sangra

Lo ocurrido en Islamabad deja cicatrices físicas, pero particularmente una herida social en la confianza nacional. Para sobrevivir a este nuevo embate del terrorismo, Pakistán deberá combinar firmeza política, cooperación internacional y un compromiso sostenido con las libertades religiosas y los derechos humanos.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press