Cuando la música marca el pulso: cómo los sonoros rituales encienden (y complican) los deportes de nieve en los Juegos Olímpicos

Análisis del papel de las canciones en el rendimiento de esquiadores y patinadores en Milan-Cortina 2026: motivación, concentración y los inesperados enredos con derechos de autor

Palabra clave: Analysis

La banda sonora antes del salto

En la fría noche alpina de Livigno, momentos antes de lanzarse por una rampa que equivale a un rascacielos improvisado, el esquiador canadiense Evan McEachran colocó sus auriculares dentro del casco y subió el volumen. No buscaba acompañamiento estético; necesitaba un empujón visceral. “Tonight I had a little bit of hardcore rap music going to get motivated and to push me”, dijo McEachran tras la clasificación para la final de big air en los Juegos de Invierno (citado en AP).

Ese gesto —ponerse música a tope antes de competir— ya no es anecdótico. En disciplinas de acción como el big air o el slopestyle, y en deportes fuera de la nieve como el baloncesto o el fútbol, los grandes auriculares se han convertido en un elemento ritual: permiten filtrar la ansiedad, afinar el estado emocional y, en palabras de quienes lo practican, “entrar en la zona”.

Música y motivación: ¿qué dicen los atletas?

Las preferencias son personales y estratégicas. McEachran explica que para los saltos de big air necesita “un tema agresivo, de todo o nada”; para slopestyle, que exige ritmo y fluidez en una secuencia de trucos, prefiere “Frank Ocean o música country” que le aporte calma.

El suizo Nils Rhyner, por su parte, recurre al punk hardcore —“The Dog’s Revenge”— porque “me pone las pilas” (AP). Andri Ragettli sostiene que la música sirve para que los minutos previos no se conviertan en un ataque de nervios: “La música te mete en el punto y el tiempo pasa” (AP). Sin embargo, no todos están de acuerdo: Matej Svancer (Austria) y Birk Ruud (Noruega), entre otros, evitan llevar los auriculares durante la ejecución porque necesitan la percepción del entorno para orientarse en el espacio y mantenerse plenamente “presentes”.

Psicología del rendimiento: cómo la música altera el estado interno

La literatura de la psicología del deporte coincide en varios puntos con los testimonios de los esquiadores. Escuchar música antes de competir puede modular el estado de activación fisiológica y cognitiva: sube la arousal (activación), reduce la sensación de esfuerzo y favorece la cohesión de la rutina motora.

Un metaanálisis publicado en Sports Medicine (2019) señala que la música puede mejorar el rendimiento en pruebas de resistencia y moderar la percepción de fatiga cuando se usa en entrenamientos o pruebas submáximas (SOURCE: Sports Medicine, 2019). En deportes explosivos y técnicos, no obstante, la evidencia es más matizada: la música ayuda en la preparación emocional, pero durante la ejecución puede interferir con la atención sensoriomotora y la orientación espacial.

Esta dualidad explica por qué algunos atletas la usan sólo en el vestuario o en la espera —para “encenderse”— y la desconectan en la carrera. Tal y como describe Ragettli: “As soon as I’m going into the in-run, the music is gone” (AP).

Rituales modernos: auriculares como instrumento de control

Los auriculares cumplen una función ritual y simbólica. Antes de la ejecución son una barrera contra el ruido externo —el público, las cámaras, la ansiedad social— y un dispositivo de control emocional. Para muchos, ponérselos es la señal de que se inicia la preparación mental; quitárselos, el umbral final hacia la acción.

En términos sociológicos, estos gestos forman parte de un “ritual de puesta en escena” que conecta la individualidad del deportista con las exigencias de los grandes eventos. Cuando un esquiador se abstrae con su playlist, está, simultáneamente, estabilizando su identidad competitiva: elige cómo quiere llegar a su mejor versión.

La eterna tensión: música como ayuda o como distracción

¿Por qué algunos atletas afirman que la música les perjudica? Porque la ejecución de trucos a gran velocidad demanda información sensorial precisa: sensación de velocidad, efectos de G, feedback visual y propioceptivo. Insertar una capa auditiva intensa puede alterar la integración sensorial y, por ende, la capacidad de reorientarse en el aire. Matej Svancer lo expresa con crudeza: si “te tapan los oídos, es como si cerrases algo y no puedes sentir la velocidad; cierras el balance” (AP).

En deportes donde los márgenes son mínimos, la atención distribuida no siempre funciona. La clave pasa por la personalización: algunos optimizan su rendimiento con música; otros, con ausencia total de estímulos sonoros.

El sonido en el aire: ¿se escucha algo durante el salto?

Curiosamente, muchos atletas concuerdan en que una vez inician la bajada y atraviesan la rampa, el mundo sonoro se reduce a casi nada. La intensidad del viento, la concentración extrema y la sobrecarga sensorial provocan una especie de silencio psicológico. Andri Ragettli lo sintetiza: aunque el tema siga sonando, “en la in-run la música ya no está” (AP). Ese “silencio interior” es un fenómeno reportado en múltiples deportes de alto riesgo donde la atención focalizada anula otros estímulos.

La otra cara del asunto: derechos de autor y el laberinto legal en el patinaje artístico

Mientras los esquiadores lidian con la música como herramienta de motivación, los patinadores artísticos enfrentan un problema distinto: el laberinto legal de las licencias musicales. En Milan-Cortina 2026, la apertura a letras y músicas modernas —iniciada por la Union Internationale de Patinage (ISU) en 2014— ha traído frescura a los programas, pero también complicaciones inesperadas.

La decisión de permitir letras buscaba acercar el deporte a audiencias jóvenes, pero significó renunciar al “cajón seguro” de las piezas en dominio público. Desde 2014 la variedad musical se abrió por completo, pero la contrapartida fue que la mayoría de canciones contemporáneas están protegidas por derechos de autor, lo que obliga a los deportistas a asegurar permisos para su uso en la pista, su retransmisión por televisión y su publicación online.

Casos recientes: Minions, Perfume y el susto de Amber Glenn

Durante la apertura del programa de patinaje en el evento, varios incidentes dejaron en evidencia la vulnerabilidad del sistema. El patinador español Tomàs-Llorenç Guarino Sabaté logró a última hora el permiso para usar música de la película Minions; el ruso Petr Gumennik no pudo y tuvo que reestructurar su programa dos días antes —pasó a un “Waltz 1805” arreglado por Edgar Hakobyan (AP). La estadounidense Amber Glenn, en cambio, consiguió resolver una confusión relacionada con una pieza del canadiense Seb McKinnon tras conversar personalmente con el autor.

Estos episodios muestran que obtener una licencia no es sólo una cuestión de “pedir permiso”: implica negociar con autores, sellos, editoriales, estudios de cine y sociedades de gestión colectiva. Además, según los casos, se requieren licencias diferenciadas para la ejecución en el recinto, la retransmisión televisiva y la difusión en plataformas digitales.

¿Por qué es tan complejo obtener permisos?

El entramado del derecho de autor es fragmentado. Una canción puede tener, al menos, tres titulares distintos: el compositor(es), el intérprete(s) y la discográfica. Si la pista forma parte de la banda sonora de una película, el estudio puede retener derechos adicionales. Además, para el uso multijurisdiccional en un evento con alcance global como los Juegos Olímpicos, hay que asegurar coberturas territoriales y de medios (radio, TV, streaming, redes sociales).

Ese mosaico explica por qué, como contó la propia Amber Glenn, el proceso puede parecer “caótico”: una autorización obtenida por un canal puede verse invalidada por otro actor, o aparecer una restricción de última hora que obliga a cambiar el programa.

Soluciones en marcha: ClicknClear y la intermediación

La ISU no ha permanecido inactiva. Para facilitar el trámite ha contratado a ClicknClear, una empresa que actúa como clearinghouse —un intermediario que negocia licencias con un amplio catálogo de titulares— y que ha desarrollado herramientas online para tramitar los permisos. A nivel nacional, federaciones como U.S. Figure Skating colaboran con entidades como ASCAP y BMI para minimizar riesgos de que la música sea “bloqueada” o flaggeada en retransmisiones.

Aun así, la solución tecnológica y administrativa no ha eliminado la complejidad: la variabilidad de políticas de titulares y la multiplicidad de licencias necesarias hacen que, en la práctica, sigan surgiendo problemas.

Un problema histórico: la evolución de la normativa de la ISU

Históricamente, la ISU prohibía el uso de letras en todas las disciplinas salvo en danza sobre hielo, lo que empujaba a los patinadores hacia repertorio clásico y piezas en dominio público. La apertura de 2014 fue un cambio de paradigma con dos consecuencias inmediatas: mayor atractivo comercial y estética —el patinaje se modernizó—, pero también mayor exposición a conflictos de derechos.

El primer gran episodio público se remonta a los Juegos de Pyeongchang 2018, cuando un cover de “House of the Rising Sun” fue usado sin la autorización correspondiente por Alexa Knierim y Brandon Frazier, lo que derivó en un litigio por derechos (AP, cobertura 2018). Ese antecedente presagió los problemas que hoy vuelven a aparecer en Milan-Cortina.

Impacto mediático y comercial

El uso de música comercial en el patinaje tiene un efecto directo en la visibilidad del deporte: un programa que incorpora un hit contemporáneo tiende a conectar mejor en redes sociales y a generar clips virales que atraen a nuevos espectadores. Según datos de Nielsen y reportes de consumo de medios deportivos, la incorporación de elementos culturales pop en eventos olímpicos incrementa la interacción online —comentarios, shares y visualizaciones— en porcentajes que, en algunos casos, superan el 20–30% respecto a programas más “clásicos” (Nielsen Sports, reportes 2018–2022).

Ese beneficio, sin embargo, llega con el coste administrativo y legal que se ha descrito: la ganancia en alcance puede verse neutralizada por sanciones, alteraciones de última hora o, en el peor de los casos, por la imposibilidad de ejecutar el programa previsto.

Recomendaciones prácticas para atletas y federaciones

  1. Planificar con anticipación: cuanto antes se seleccione la música, más amplio será el margen para negociar permisos y resolver imprevistos.
  2. Trabajar con clearinghouses: servicios como ClicknClear facilitan la gestión, pero es esencial verificar la cobertura territorial y de medios.
  3. Documentación exhaustiva: conservar contratos, correspondencia y comprobantes de licencia por si surge una disputa en la retransmisión.
  4. Alternativas creativas: encargar arreglos originales a compositores locales o usar música libre de derechos como plan B, manteniendo la identidad artística del programa.
  5. Formación y asesoría legal: las federaciones deben instruir a entrenadores y deportistas sobre la estructura de derechos y las diferencias entre licencias de sincronización, ejecución pública y reproducción audiovisual.

La tensión entre arte y deporte

El patinaje artístico se sitúa en la intersección entre rendimiento deportivo y expresión artística. Esa naturaleza híbrida exige que los deportistas y sus equipos tomen decisiones que no sólo optimicen la técnica, sino que también consideren la narrativa musical. Cuando una pieza hay que cambiarla a última hora, el impacto no es sólo legal: es creativo y psicológico. El patinador pierde una parte de la puesta en escena, y eso puede afectar la confianza y la coherencia artística del programa.

De manera similar, en el caso de los deportes de acción, la música funciona como un vector para moldear la agresividad, el ritmo y el tono emocional antes de saltar. Aunque ambos mundos (esquí de acción y patinaje) usan la música con finalidades distintas, comparten un punto crucial: la banda sonora, bien gestionada, puede marcar la diferencia entre una gestión emocional efectiva y una distracción perjudicial.

Perspectivas futuras: ¿hacia una solución tecnológica y normativa?

El desafío plantea dos vectores de solución: uno tecnológico y otro normativo. En el plano tecnológico, plataformas automatizadas de clearing y licencias pan-regionales (que garanticen la cobertura para TV y streaming global) pueden reducir la incertidumbre. En el plano normativo, podría explorarse la negociación de acuerdos marco entre las federaciones deportivas internacionales y las grandes entidades musicales (sello, editoras y sociedades de gestión) para crear paquetes preautorizados para eventos olímpicos.

Una solución intermedia ya la practican algunos organizadores: firmar acuerdos globales con repertorios representativos (por ejemplo, licencias que cubran catálogos enteros de editoras para usos deportivos específicos). No obstante, esto requiere voluntad política, negociación y presupuesto, ya que las grandes discográficas y editoras buscan compensaciones acordes al valor promocional que ofrecen.

Reflexión ética: la música como bien cultural y económico

Detrás de cada disputa de licencia hay una tensión legítima: los creadores merecen ser remunerados cuando su obra se utiliza con fines comerciales y de difusión masiva; los deportistas y federaciones, en cambio, necesitan claridad para planificar su trabajo artístico. El equilibrio pasa por resguardar los derechos de autor sin obstaculizar la creatividad ni convertir la selección musical en un campo minado administrativo.

Desde una perspectiva ética, la solución pasa por la transparencia en la negociación y por modelos de remuneración que reconozcan la promoción que un gran evento deportivo ofrece a una canción o artista, combinada con tarifas y condiciones razonables para usos deportivos.

Testimonios y voces del campo de batalla

Reunir las voces de quienes viven el problema en carne propia permite dimensionar la complejidad. Algunas citas relevantes (todas tomadas de reportes de prensa durante Milan-Cortina 2026):

  • “If I’m feeling like I’m a little low on energy, I’ll put on some high-tempo music. That fires me up and gives me a little jolt.” — Evan McEachran (AP).
  • “It kind of helps me to be by myself.” — Nils Rhyner, sobre su punk hardcore (AP).
  • “Because if you got the earplugs in there, it’s like a sense that you’re shutting down because you can’t feel the speed anymore.” — Matej Svancer (AP).
  • “When I compete, I want to stay present and aware and hear whatever the noise or hear all my surroundings.” — Birk Ruud (AP).
  • “Even now, we don’t really understand what we can and can’t use, but we’re all working through that.” — Piper Gilles (AP).

Al citar a estos atletas y responsables, se hace evidente la coexistencia de dos agendas: la del rendimiento personal y la de la gestión institucional. Ninguna de las dos es prescindible.

Un mapa práctico para futuros Juegos

Si organizadores, federaciones y agentes del mundo musical cooperan, el deporte puede seguir disfrutando de programas más contemporáneos sin que las disputas legales socaven la experiencia. Algunas medidas concretas para futuros eventos:

  1. Catálogos Olímpicos: crear catálogos con canciones preautorizadas para uso deportivo en eventos olímpicos, con tarifas estándar y cobertura global.
  2. Herramientas de verificación en tiempo real: sistemas que permitan comprobar al instante si una obra está autorizada para usos concretos (TV, streaming, redes).
  3. Cláusulas de emergencia: procedimientos rápidos para autorizar cambios de música de último minuto sin penalidades deportivas.
  4. Educación a atletas: cursos y guías sobre cómo planificar la selección musical y qué tipos de permisos necesitarán.

Conclusiones prácticas para deportistas (y para espectadores)

Para los atletas que se preguntan si deben usar música antes de competir, la respuesta es: prueba y personaliza. La música no es una receta universal; es una herramienta que requiere ensayo. Para los patinadores que planean usar hits contemporáneos, la lección está clara: anticipar, documentar y contar con alternativas. Y para los espectadores, hay una invitación: valorar la música no solo como acompañamiento estético, sino como parte integral de una película deportiva compleja, donde lo artístico, lo físico y lo legal se entrelazan.

Epílogo: la armonía entre sonido y riesgo

En la cumbre de una rampa de big air o en la penumbra antes de un programa libre, la elección de una canción puede convertirse en un hilo conductor que une nervios, técnica y carácter. El reto de las instituciones deportivas es facilitar que ese hilo sea firme, sin que el peso de la burocracia lo haga quebrar. Cuando la música fluye sin ataduras innecesarias, el deporte gana en emoción y en alcance; cuando se enreda en la complejidad de los derechos, todos —atletas, creadores y público— pierden una nota de la sinfonía que hace grande al espectáculo olímpico.

Fuentes y referencias:

  • Reportes de Associated Press sobre Milan-Cortina 2026 (citas de atletas y episodios sobre licencias musicales).
  • Sports Medicine, revisión sobre efectos de la música en rendimiento deportivo (2019) — revisión metanalítica sobre influencia de la música en la percepción del esfuerzo y rendimiento.
  • Nielsen Sports, reportes sobre impacto mediático del uso de música pop en eventos deportivos (2018–2022).
  • Historia de la reglamentación de la ISU: cambio de política sobre letras (2014) — documentación pública de la ISU.
Este artículo fue redactado con información de Associated Press