Gaza, piedras que hablan: cuando la guerra borra la memoria de un pueblo
Daños, saqueos y rescate del patrimonio en una franja que fue encrucijada de imperios y ahora busca reconstruir su identidad
La imagen del Great Omari Mosque —la Gran Mezquita Omari— semiderruida, con su minarete inclinado y sus columnas hechas escombros, no es solo la fotografía de un edificio dañando; es la representación de una herida profunda en la memoria colectiva de Gaza. Más allá de la pérdida material, lo que está en juego es la continuidad de la historia de un pueblo que ha vivido, comerciado y rezado en ese mismo suelo durante siglos.
Un territorio que levanta civilizaciones y las pierde
Gaza no es una ciudad joven. Sus capas históricas cuentan la historia de la región mediterránea: desde rutas comerciales fenicias y griegas hasta conquistas romanas, bizantinas, árabes, cruzadas y otomanas. Muchos de los sitios dañados en los últimos años no son simples monumentos; son capítulos enteros de esa historia compartida.
La Gran Mezquita Omari, por ejemplo, fue edificada sobre los restos de una iglesia bizantina y pasó a ser catedral durante la época de los cruzados antes de recuperar su condición de mezquita tras la expulsión de los invasores. Stephennie Mulder, profesora asociada de arte islámico en la Universidad de Texas en Austin, dijo que “el edificio mismo contaba la historia del pasado de Gaza como un cruce de comercio, ejércitos, imperios y tradiciones religiosas” (fuente: declaración recogida por periodistas sobre el terreno).
La magnitud del daño: cifras y verificaciones
Tras casi dos años de guerra, con un cese al fuego incierto que ha dejado heridas abiertas, las cifras y las verificaciones oficiales dibujan un panorama devastador. Según el Ministerio de Salud de Gaza, más de 72.000 palestinos han perdido la vida durante la ofensiva israelí, una cifra que refleja no solo bajas humanas sino la desaparición de generaciones completas y de la vida cotidiana que sostenía las prácticas culturales y comunitarias.
En paralelo, la UNESCO, en una evaluación basada en imágenes satelitales y sobre el terreno, ha verificado daños a al menos 150 sitios desde el inicio del conflicto: 14 lugares religiosos, 115 edificios de interés histórico o artístico, nueve monumentos y ocho yacimientos arqueológicos. Estas cifras no solo cuantifican muros caídos o fachadas dañadas; indican pérdida de contexto, saqueos y la fragmentación de colecciones que representaban la continuidad histórica de Gaza.
¿Objetivos militares escondidos o población civil en ruinas?
El conflicto ha traído acusaciones cruzadas difíciles de dirimir. El ejército israelí ha argumentado en numerosas ocasiones que ciertos ataques golpearon “objetivos militares” o descubrieron infraestructura vinculada a Hamas (por ejemplo, túneles, posiciones de lanzamiento o almacenes) situados en o cerca de lugares culturales y civiles. En el caso de la Gran Mezquita Omari, las autoridades militares afirmaron haber dado en un “compuesto militar de Hamas y una fila de misiles antitanque” y un supuesto pozo de túnel; la parte gazatí lo negó.
Sin embargo, una comisión independiente establecida por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU señaló que no tenía constancia de pruebas sobre la existencia de un pozo de túnel en la mezquita y advirtió que, aun cuando hubiese un objetivo militar legítimo en el entorno, ello no justificaría el daño resultante al monumento. El desacuerdo por la interpretación de hechos y evidencias complica la rendición de cuentas y deja a la comunidad internacional con preguntas sin responder.
El saqueo y la pérdida irrecuperable
Más allá de la destrucción por bombardeos o combates, los especialistas reportaron casos de saqueo en sitios dañados. El Pasha Palace —un museo y residencia histórica que albergaba piezas de épocas romana, bizantina, mameluca y otomana— resultó severamente afectado; entre los objetos reportados como desaparecidos figuran un manuscrito coránico de la era otomana, joyas mamelucas y fragmentos de un sarcófago romano. Según Hamouda al-Dohdar, experto que trabajó en el lugar, muchas piezas parecen haber sido sustraídas antes de que equipos de rescate pudieran catalogarlas y protegerlas.
El robo de bienes culturales en contextos de conflicto no es un fenómeno nuevo. Históricamente, la protección de patrimonio en zonas de guerra ha sido frágil: desde las ciudades saqueadas durante las invasiones europeas hasta las pérdidas sufridas por yacimientos iraquíes tras 2003. En Gaza, donde décadas de bloqueo, pobreza y urbanización acelerada ya habían debilitado muchos sitios, el impacto es doble: hay destrucción física, y además una erosión de las prácticas de conservación y la pérdida de custodios locales que conocían la historia de esos objetos.
Rescate urgente: equipos sobre el terreno
Ante el cese de operaciones militares de gran escala, organizaciones locales y regionales han empezado trabajos de recuperación urgentes. El Centre for Cultural Heritage Preservation y otros grupos han desplegado técnicos para documentar, rescatar y almacenar restos arquitectónicos y objetos recuperables. Issam Juha, codirector del centro con sede en Cisjordania ocupada, afirmó que estos sitios eran “un elemento importante que solidifica la presencia del pueblo palestino en esta tierra y que representa la continuidad de su identidad cultural” (declaración reproducida por corresponsales).
Las labores iniciales suelen incluir:
- Documentación fotográfica y georreferenciada de los daños.
- Recuperación y embalaje de fragmentos arquitectónicos y artefactos para su conservación temporal.
- Inventariado de objetos desaparecidos y alertas a redes internacionales de patrimonio para evitar la comercialización ilícita.
- Estabilización de estructuras en riesgo de colapso para prevenir pérdidas adicionales.
Estas tareas se realizan en condiciones difíciles: falta de materiales de conservación, riesgo de nuevos incidentes, escasez de combustible y electricidad, además de obstáculos logísticos vinculados al control de fronteras y permisos para el ingreso de suministros.
El dilema del bloqueo y la reconstrucción
La reconstrucción de Gaza va más allá de levantar muros: implica permitir la entrada de materiales de construcción, de equipos especializados y de profesionales. El acuerdo de cese al fuego mediado por Estados Unidos en octubre no fijó un calendario claro para la reconstrucción y no levantó automáticamente las restricciones de bloqueo que Israel impuso desde 2007. El bloqueo, y las sucesivas restricciones a la entrada de bienes, ha sido señalado por expertos como un factor que dificulta sobremanera cualquier plan de rehabilitación de patrimonio cultural a gran escala.
Sin acceso sostenido a cemento, acero, madera tratada, equipos de albañilería y materiales de conservación, las reconstrucciones aun cuando fuesen autorizadas, se verían limitadas a soluciones provisionales o a restauraciones incompletas que podrían dañar aún más el valor patrimonial de las edificaciones.
Herencia social: no son solo piedras
Para la gente local, los monumentos significan más que arquitectura. Mohammad Shareef, de 62 años, recordó haber asistido a ritos y estudios en la Omari con su padre, y luego con sus propios hijos: “No hay una piedra aquí en la que no hayamos pisado”, dijo. Esa relación íntima con el espacio sacraliza el patrimonio y lo convierte en sustento de la identidad colectiva. Cuando un edificio histórico se destruye, la comunidad pierde también un punto de referencia para celebraciones, educación y reunión.
La pérdida es especialmente sensible en periodos festivos: el Ramadán, por ejemplo, congregaba a miles en las oraciones nocturnas y en los aledaños de la Omari, transformando la plaza y los mercados en una atmósfera de fiesta comunitaria. Este año, ante la destrucción, la gente improvisó un gran espacio con carpas que intentan suplir la colectividad perdida, pero nada reemplaza la experiencia de orar en un lugar que ha sido testigo de generaciones.
¿Qué dice el derecho internacional?
El derecho internacional humanitario establece la protección de bienes culturales en conflictos armados. La Convención de La Haya de 1954 para la protección de bienes culturales en caso de conflicto, y sus protocolos, buscan impedir ataques contra sitios de valor cultural y exigir medidas para salvaguardarlos. Bajo dichas normas, la destrucción deliberada o el uso de bienes culturales con fines militares constituyen transgresiones graves.
No obstante, en la práctica, la aplicación de estas normas depende de la investigación y atribución de responsabilidades, procesos que se vuelven complejos en contextos donde hay acusaciones cruzadas, limitaciones de acceso para equipos independientes y presiones políticas que orientan la narrativa internacional. UNESCO puede evaluar y reportar daños, pero no tiene mandato judicial para asignar culpabilidades; para ello es necesario que organismos como cortes internacionales o comisiones de investigación realicen indagaciones formales.
Prioridades y tensiones prebélicas
Es importante señalar que muchos sitios ya sufrían antes de este episodio de violencia. El abandono, la falta de recursos, el crecimiento urbano desordenado y las políticas de autoridades locales habían puesto en riesgo varios lugares históricos. En algunos casos, elementos de antiguas capas arqueológicas fueron removidos o destruidos para permitir nuevas construcciones. Además, la reiterada exposición de Gaza a conflictos armados, en 2008-09, 2012, 2014 y otros, había ido erosionando la integridad de edificios y colecciones.
Este panorama previo explica por qué, aun antes de las recientes destrucciones masivas, el patrimonio de Gaza ya estaba en condición vulnerable. La guerra, tristemente, actuó como acelerador de un colapso que podría haberse mitigado con una gestión continua y recursos dedicados a la preservación preventiva.
Voces desde Gaza: el duelo y la resiliencia
Los testimonios recogidos sobre el terreno comparten un tono de duelo y, al mismo tiempo, de obstinada resiliencia. Muneer Elbaz, consultor patrimonial palestino, recuerda la alegría de pasear por los mercados alrededor de la Omari y la sensación de que el lugar “te transportaba de una era a otra”. Hoy, ante los escombros, habla de una tierra a la que le han arrancado un árbol de raíz. El trabajo de los equipos locales de rescate —sacando piedras, guardando fragmentos, inventariando restos— es a la vez homenaje y preparación para una eventual reconstrucción.
La tarea emocional es tan grande como la técnica: muchas familias perdieron archivos familiares, inscripciones, lápidas y objetos ceremoniales que anclaban su genealogía a un lugar físico. Recuperar la historia no es solo restaurar fachadas; es restituir el sentido de pertenencia que ayuda a una comunidad a imaginar su futuro.
¿Qué se puede hacer desde la comunidad internacional?
La protección del patrimonio en Gaza requiere una combinación de medidas urgentes y de largo plazo:
- Acceso humanitario y logístico: permitir el ingreso sostenido de materiales de conservación, herramientas y peritos especializados.
- Apoyo técnico: formación de equipos locales en documentación digital, arqueología de emergencia y conservación preventiva.
- Denuncia y trazabilidad: colaborar con redes internacionales para evitar la venta ilegal de bienes culturales y detectar mercados que reciban objetos saqueados.
- Financiación condicionada a la restauración ética: diseñar proyectos de reconstrucción que respeten las técnicas y materiales originales cuando sea posible y que prioricen el patrimonio social.
- Investigación independiente: impulsar comisiones imparciales que determinen responsabilidades por daños a bienes culturales y que sirvan como base para medidas de reparación simbólica y material.
Organizaciones internacionales, fundaciones y universidades pueden jugar un rol fundamental no solo con dinero, sino con experiencia, programas de intercambio y plataformas para la visibilización.
La restauración como acto político y cultural
La restauración de sitios dañados en Gaza no será únicamente una labor técnica: será una decisión política. ¿Quién financia las obras? ¿Quién determina qué se restaura y con qué criterios? ¿Se prioriza la autenticidad material o la funcionalidad social del espacio (por ejemplo, uso comunitario versus museo)?
Estas preguntas son críticas porque la reconstrucción puede ser utilizada como herramienta de legitimación política o, en el peor de los casos, como fachada que oculta procesos de exclusión. Por ello, la participación de las comunidades locales en las decisiones de conservación es imprescindible: ellas son las verdaderas depositarias de la memoria y las mejores garantes de que la restauración responda a sus necesidades culturales y sociales.
Casos de esperanza: propuestas y proyectos
A pesar del panorama sombrío, existen propuestas que muestran caminos posibles. Iniciativas de documentación digital (fotogrametría, escaneo 3D) permiten crear réplicas digitales de edificios y objetos dañados; estas réplicas no sustituyen el original, pero conservan información crucial para futuras restauraciones y para el acceso educativo a la historia. Además, programas de cooperación regional han propuesto la creación de laboratorios móviles de conservación que puedan actuar en emergencias, capacitando a jóvenes conservadores locales.
Otra línea de trabajo es la puesta en valor del patrimonio in situ mediante proyectos comunitarios que reconecten a la población con su historia a través de talleres, educación patrimonial en escuelas y programas de turismo cultural sostenible —siempre y cuando la seguridad y la logística lo permitan—.
Reflexión final: memoria, identidad y el derecho a la historia
Las piedras, los manuscritos, las mezquitas y las iglesias son más que objetos: son nodos de sentido que, cuando se destruyen, hacen más difícil a una sociedad recordar quién es. Preservar el patrimonio de Gaza es, por tanto, una tarea de justicia histórica. Como dijo Issam Juha, esos sitios “solidifican la presencia del pueblo palestino en esta tierra”. Protegerlos es proteger la posibilidad de que futuras generaciones puedan contarse una historia completa, con todas sus capas y contradicciones.
El reto inmediato requiere voluntades políticas, recursos técnicos y compromiso ético por parte de la comunidad internacional. Pero también demanda un reconocimiento local: la reparación cultural debe incluir la voz de aquellos que conservan la memoria viva. Solo así la reconstrucción podrá ser una restauración verdadera, en la que las ruinas vuelvan a ser lugares de encuentro, memoria y esperanza.
Fuentes citadas en el texto: Ministerio de Salud de Gaza (cifras de víctimas), UNESCO (evaluación de daños a sitios culturales), declaraciones de Stephennie Mulder y de Issam Juha recogidas por equipos de prensa en Gaza y documentos de la comisión independiente del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
