Tierra de nadie: la guerra entre facciones del Cártel de Sinaloa y el drama de las comunidades mineras

Abducciones, fosas clandestinas y el impacto humano y económico más allá de los titulares en la sierra sinaloense

En las laderas que miran al Pacífico, entre el brillo turístico de Mazatlán y la soledad de pueblos serranos, la violencia narco ha transformado territorios productivos en zonas de riesgo extremo. La desaparición y posterior hallazgo de cuerpos de trabajadores de una mina canadiense cercano a Pánuco —junto con decenas de fosas clandestinas y el éxodo de comunidades enteras— vuelven a poner al descubierto una realidad que combina crimen organizado, economía extractiva y un Estado con capacidades limitadas para proteger a la población.

Un entorno natural y económico bajo la sombra del conflicto

La región donde se ubica Pánuco forma parte de la Sierra Madre Occidental, un entramado de valles y caminos que acostumbran a comunicar pequeñas localidades dedicadas a la agricultura, la ganadería y, en algunos casos, a la minería. Durante décadas, y con mayor intensidad en los últimos 20 años, los recursos naturales —desde cultivos de aguacate hasta vetas de minerales— han atraído tanto inversión formal como la mirada de grupos criminales interesados en extorsión, robo y control territorial.

La minería, en particular, reúne condiciones que la hacen vulnerable: sitios con acceso restringido, transporte de materiales y personal hacia zonas remotas, y alta rentabilidad potencial. Empresas transnacionales o con capital extranjero se instalan en territorios donde el Estado brinda poca presencia cotidiana, y en ocasiones esa debilidad institucional es aprovechada por organizaciones armadas para exigir pagos, imponer “derechos” o apropiarse de infraestructura y producción.

El caso que reavivó alarmas: la desaparición de trabajadores mineros

En enero, diez empleados de una mina de plata y oro con sede en Vancouver fueron secuestrados en las afueras de Pánuco. Días después, las autoridades localizaron restos en fosas clandestinas; cinco cuerpos fueron identificados y otros cinco permanecían en proceso de identificación. La empresa propietaria, Vizsla Silver Corp., detuvo temporalmente sus operaciones meses atrás por motivos de seguridad, en lo que sirvió de advertencia sobre la precariedad del entorno para actividades productivas.

La hipótesis oficial sugerida por autoridades estatales fue que la acción obedeció a una confusión entre facciones del Cártel de Sinaloa: integrantes de una célula vinculada a los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, conocida como “los Chapitos”, habrían confundido a los trabajadores con miembros o colaboradores de la facción rival liderada por Ismael “El Mayo” Zambada. Este episodio se enmarca en una escalada interna que se acentuó tras la captura y entrega a autoridades estadounidenses de Zambada, lo que reconfiguró equilibrios de poder al interior del cartel.

¿Qué implica una 'confusión' así?

Decir que hubo una “confusión” entre grupos armados que controlan territorios completos tiene implicaciones profundas. No se trata de un error aislado: cuando estructuras criminales se disputan plazas, poblaciones y negocios, la lógica del conflicto impone una serie de conductas predictibles —controles de movilidad, peajes ilícitos, interrogatorios y, a menudo, violencia selectiva contra quienes son percibidos como colaboradores del “otro bando”.

David Saucedo, analista en seguridad que ha estudiado dinámicas de violencia en varios estados, advierte que episodios como éste “demuelen la narrativa gubernamental de un control paulatino” y evidencian cómo la pugna obliga a pobladores a tomar partido o, simplemente, a huir para sobrevivir. Esa polarización convierte a comunidades y empresas en piezas colaterales del enfrentamiento.

El éxodo y la desarticulación del tejido local

Los testimonios de habitantes de poblaciones rurales de Sinaloa muestran un proceso de abandono: maestros que dejan la escuela, médicos que suspenden consultas, transporte público que se interrumpe porque los conductores han desaparecido o fueron amenazados. Fermín Labrador, de 68 años y originario de Chirimoyos, resume la experiencia cotidiana: muchas localidades aparecen casi desiertas; otros fueron “invitados” a marcharse por el temor y la presión de grupos armados.

El desplazamiento interno y la fragmentación comunitaria son costos sociales que no siempre aparecen en las estadísticas de criminalidad, pero que dejan secuelas permanentes: pérdida de acceso a servicios, fractura de redes de apoyo y declive económico. Según datos oficiales del Registro Nacional de Población y estudios sobre desplazamiento forzado, entre 2018 y 2024 los episodios de violencia en México generaron miles de desplazamientos internos que afectaron especialmente a entornos rurales donde el Estado tiene presencia limitada (fuente: informes del gobierno federal y ONGs especializadas en derechos humanos).

Fosas clandestinas: un patrón regional

La localización de fosas clandestinas en El Verde y sus alrededores no es un fenómeno aislado en Sinaloa ni en gran parte del país. Desde hace años, colectivos de búsqueda formados por familias de desaparecidos han recorrido municipios enteros en búsqueda de restos humanos, impulsando a menudo descubrimientos que las autoridades inicialmente pasaban por alto o no atendían con la prontitud necesaria.

Organizaciones civiles han documentado la multiplicación de enterramientos clandestinos en regiones donde se intensifica la disputa entre grupos. Estos hallazgos revelan tanto la magnitud de las desapariciones forzadas como la necesidad de fortalecer capacidades forenses y de investigación en los estados. Grupos de búsqueda ciudadana, que combinan esfuerzos con peritos externos y con una presencia limitada de autoridades, han sido clave para dar visibilidad a casos que hubieran quedado enterrados en el anonimato.

Responsabilidad empresarial y zonas de riesgo

La presencia de empresas extranjeras en zonas con altos niveles de violencia abre preguntas sobre responsabilidades y protocolos de seguridad. Vizsla Silver Corp. ha declarado que mantiene políticas de cero tolerancia a sobornos y extorsión y que coopera con autoridades en la investigación; sin embargo, la realidad de operaciones en territorios conflictivos demanda evaluaciones de riesgo exhaustivas y medidas concretas de protección para trabajadores y comunidades aledañas.

La interrupción temporal de la actividad minera en abril, por decisión de la empresa, remarca cómo la inseguridad repercute económicamente —no sólo en la empresa— sino en empleos, proveedores locales y la economía de municipios enteros. Estudios sobre inversión extranjera en contextos de violencia muestran que la inseguridad reduce flujos de capital, aumenta costos de operación y, en casos extremos, puede provocar el abandono completo de proyectos extractivos (fuente: análisis de riesgo-país y reportes de inversión extranjera).

La respuesta del Estado: presencia militar y cuestionamientos

La administración estatal y federal respondió con el envío de fuerzas —incluyendo elementos de la Guardia Nacional y la coordinación del Secretario de Seguridad estatal— para buscar a los desaparecidos y desplegar operativos. Sin embargo, la presencia temporal de soldados o policías no necesariamente se traduce en seguridad sostenida. Roque Vargas, activista por los derechos de desplazados, señaló que si bien los operativos “esparcieron” a los grupos criminales momentáneamente, preocupa la posibilidad de que regresen una vez que la presión disminuya.

Además, existe el riesgo de la criminalización de civiles durante estas intervenciones: personas que huyen de sus comunidades pueden ser identificadas erróneamente como parte de células criminales y ser atacadas por fuerzas de seguridad o por los propios grupos armados. Casos previos en otras regiones lo han demostrado, incentivando desconfianza entre la población y generando fricción entre comunidades y fuerzas del orden.

Contexto político y presión internacional

El episodio se produce en un contexto de mayor escrutinio internacional. A partir de 2024, hubo medidas y designaciones por parte de autoridades de otros países que apuntaron a carteles como organizaciones terroristas —una acción con implicaciones diplomáticas y de cooperación policial— y que aumentó la presión sobre el gobierno mexicano para demostrar resultados en seguridad. La actual administración federal anunció despliegues y operaciones relevantes, incluyendo el envío de miles de efectivos a zonas fronterizas para frenar el tráfico de fentanilo y otras rutas de narcotráfico.

No obstante, analistas en seguridad y derechos humanos advierten que la política de militarización y acciones puntuales contra líderes de cárteles puede profundizar vacíos institucionales si no viene acompañada de una estrategia amplia: fortalecimiento de justicia local, protección a testigos, políticas de desarrollo regional y mecanismos efectivos de prevención del delito.

El impacto humano: familiares, colectivos de búsqueda y la demanda de verdad

Las familias de las víctimas impulsan marchas, celebran misas y exigen esclarecimiento y justicia. En Hermosillo y otras ciudades, parientes de los trabajadores abatidos o desaparecidos han llevado sus reclamos públicamente, pidiendo no sólo la identificación de restos sino también medidas de reparación y garantía de no repetición.

Los colectivos de búsqueda, como el que encabezaba Marisela Carrizales —quien busca a su hijo desde hace más de cinco años— representan una respuesta civil a la insuficiencia institucional. Estos grupos han desarrollado técnicas propias para localizar fosas, documentar hallazgos y exigir que las autoridades cumplan con peritajes y atención a las familias. Su trabajo ha sido reconocido por organismos de derechos humanos pese a la precariedad operativa.

Minería, conflicto y gobernanza: lecciones y propuestas

Lo sucedido en Pánuco y El Verde obliga a repensar la relación entre extractivismo y seguridad. Algunas propuestas que emergen del diálogo entre académicos, activistas y autoridades incluyen:

  • Evaluaciones de riesgo obligatorias: antes de iniciar proyectos mineros o agrícolas en zonas con historial de violencia, realizar evaluaciones independientes que incluyan medidas de mitigación y planes de seguridad comunitaria.
  • Protocolos de protección para trabajadores: sistemas de transporte seguro, comunicación permanente con autoridades locales y mecanismos de evacuación claramente establecidos y financiados por las empresas.
  • Fortalecimiento forense y de búsqueda: inversión en capacidades de identificación de restos y en apoyo a colectivos de búsqueda para acelerar procesos de identificación y entrega digna de cuerpos a sus familias.
  • Iniciativas de desarrollo local: programas públicos y privados que reduzcan la dependencia económica de actividades que facilitan la extorsión y el control criminal, promoviendo alternativas productivas sostenibles.
  • Políticas de justicia restaurativa y reparación: medidas que reconozcan el daño a comunidades y ofrezcan rutas claras de reparación, incluida asistencia psicológica, económica y legal.

Perspectiva histórica: cárteles, disputas internas y el ciclo de violencia

Las fracturas internas en organizaciones criminales mexicanas no son nuevas. La historia reciente muestra que la captura o muerte de líderes consolida, pero a la vez fragmenta, estructuras que terminan compitiendo por el control de rutas, territorios y economías ilícitas y lícitas. El tránsito de Joaquín “El Chapo” Guzmán por los dispositivos judiciales y su expulsión de las estructuras de mando generó reacomodos, y la detención de otros jefes ha desencadenado luchas internas en distintos estados.

Ese patrón tiende a traducirse en episodios de violencia intensa, expansión geográfica de los conflictos y mayores riesgos para la población civil, como lo demuestran numerosos estudios y reportes de organizaciones de seguridad y derechos humanos.

¿Qué puede esperar la región?

Si bien las respuestas inmediatas del Estado —redadas, arrestos y despliegues— servirán para desarticular células y recuperar evidencias, la sostenibilidad de la paz en la zona dependerá de una estrategia integral. Las experiencias comparadas en América Latina indican que solo la combinación de acciones policiales con políticas públicas de desarrollo, justicia efectiva y participación comunitaria logra reducir la violencia de forma prolongada.

Mientras tanto, las comunidades afectadas enfrentan decisiones dolorosas: regresar a pueblos que estuvieron bajo control de criminales, reconstruir la vida allí donde no hay garantías claras de seguridad, o emigrar en busca de condiciones mínimas de tranquilidad. Cada elección implica un costo social, cultural y económico difícil de reparar.

Voces que no deben callarse

Las familias de las víctimas, colectivos de búsqueda, activistas locales y algunos actores municipales insisten en un punto esencial: sin memoria y sin esfuerzos sostenidos de investigación y acompañamiento, las comunidades continuarán pagando el precio de una disputa que no es suya pero que las atraviesa en lo más íntimo. Exigir verdad, sanción a los responsables y medidas de prevención es, para muchas personas, la única manera de honrar a los desaparecidos y construir un futuro lejos del miedo.

“Estoy aquí esperando respuestas”, dijo Marisela Carrizales, subrayando que el hallazgo de fosas no puede transformarse en un dato más; es la confirmación de que miles de historias de vida fueron interrumpidas y reclaman atención pública. Hasta que esa atención sea real, las montañas y caminos que abrazan el Pacífico seguirán siendo, para muchos, territorio de nadie.

Este artículo busca iluminar la intersección entre crimen organizado, economía regional y derechos humanos, y recordar que detrás de las cifras y los comunicados hay familias, trabajos interrumpidos y comunidades que merecen respaldo efectivo y sostenible.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press