Ramadán entre escombros: la fe, la resiliencia y las necesidades humanitarias en Gaza

Bajo un frágil cese al fuego, millones en la Franja intentan mantener las tradiciones religiosas mientras enfrentan pérdidas, penurias económicas y la reconstrucción de vidas destrozadas

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Ramadán siempre ha sido, para millones de musulmanes, un tiempo de renovación espiritual, de encuentro familiar y de solidaridad comunitaria. En Gaza, sin embargo, el inicio del mes sagrado llega este año envuelto en una doble realidad: la devoción religiosa y la devastación material. Bajo un cese de hostilidades que ha reducido —no eliminado— los combates, las familias intentan preservar rituales centenarios mientras lidian con pérdidas humanas masivas, infraestructuras destruidas y carencias básicas.

Una liturgia de duelo y de resistencia

Para muchos residentes, el Ramadán no es motivo de celebración exuberante. "No hay alegría después de perder a la familia y a los seres queridos", dice Fedaa Ayyad, vecina de Gaza, en una frase que resume el sentimiento de numerosas familias. El luto y la ausencia transforman las prácticas: las oraciones continúan, pero las canciones, las cenas multitudinarias y la algarabía callejera —tan propias de la ocasión en años anteriores— están teñidas de melancolía.

Los números ayudan a comprender la magnitud del impacto. Las autoridades sanitarias de Gaza reportaron más de 72.000 fallecidos desde el inicio de la ofensiva (Ministerio de Salud de Gaza, registro público de víctimas). Esa cifra, aunque objeto de debate internacional sobre metodologías y clasificaciones, refleja la escala del desastre humano que pesa sobre la población.

Ramadán y la economía de la celebración

El mes sagrado conlleva también una componente económica: comidas especiales para el iftar (ruptura del ayuno), compra de dátiles, linternas, prendas y preparativos para las oraciones colectivas. "Ramadán requiere dinero", comenta Waleed Zaqzouq desde Gaza City. El desplazamiento masivo, la destrucción de comercios y la paralización de muchas actividades laborales han erosionado la capacidad adquisitiva. Según estimaciones de organismos humanitarios, la tasa de desempleo en Gaza se disparó tras los episodios más violentos y las sanciones, dejando a una gran parte de la población dependiente de ayuda externa (Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU, OCHA).

En contextos de crisis, el Ramadán puede intensificar la visibilidad de la inseguridad alimentaria: las familias buscan raciones más asequibles para poder alimentar a todos al caer el sol, mientras que las organizaciones de ayuda intentan adaptar sus distribuciones para cubrir las necesidades del mes sagrado.

¿Qué significa practicar el Ramadán en zonas de conflicto?

Practicar el ayuno y las oraciones en medio de una guerra añade capas de dificultad: faltan mezquitas intactas, las horas de oración pueden verse alteradas por cortes de luz o por la inseguridad, y muchas familias han perdido rituales comunitarios como las cenas compartidas o las recitaciones coránicas colectivas (tarawih). No obstante, la dimensión espiritual también puede ofrecer consuelo. Para muchos, el Ramadán es una oportunidad para reforzar la solidaridad: compartir alimentos con vecinos, multiplicar actos de caridad (zakat y sadaqa) y dedicar más tiempo a la oración y la reflexión.

En lugares como Khan Younis, artistas locales han intentado recrear la atmósfera festiva. Hani Dahman, calígrafo, pintó un cartel con la frase "Bienvenido, Ramadán" sobre un fondo de ruinas, una imagen potente que testimonia la voluntad de mantener la esperanza en medio de la destrucción. Estas iniciativas culturales sirven, además, para transmitir un mensaje al mundo: la vida y la dignidad persisten pese al sufrimiento.

Salud, infraestructuras y riesgos durante el mes sagrado

El Ramadán, con sus cambios de horarios y hábitos alimentarios, exige servicios de salud robustos. En Gaza, el sistema sanitario se encuentra severamente dañado: hospitales saturados, escasez de suministros y personal sobrecargado. A lo largo de los meses más intensos del conflicto, el invierno agravó la situación con lluvias torrenciales que inundaron campamentos de desplazados y causaron la muerte de niños por hipotermia en condiciones precarias de refugio y calefacción insuficiente.

Además del impacto físico, hay un coste psicosocial importante. Organizaciones de salud mental han advertido que períodos de ayuno en entornos de conflicto pueden aumentar la vulnerabilidad de personas con trauma acumulado, haciendo crucial el acceso a intervenciones psicosociales y comunitarias que acompañen la experiencia religiosa.

La dimensión política: un Ramadán en la coyuntura del cese de hostilidades

Este Ramadán se desarrolla en un contexto de frágil cese al fuego mediado internacionalmente. Si bien la reducción de la violencia permite cierto alivio temporal, el ruido de artillería y los episodios esporádicos de fuego continúan recordando que la tregua no es absoluta. Para las comunidades religiosas, el mes se convierte además en un momento para clamar por la paz, por la liberación de los rehenes y por soluciones duraderas que permitan la reconstrucción.

Históricamente, los períodos religiosos han sido usados por actores locales e internacionales como ventanas para negociación humanitaria: corrientes de ayuda, permisos para la reparación de infraestructuras y corredores para asistencia se han abierto previamente en coincidencia con festivos importantes. En ese sentido, el Ramadán puede ofrecer un impulso político y humanitario si la comunidad internacional actúa con decisión para transformar la tregua en un proceso sostenido de reconstrucción.

Iniciativas comunitarias: pequeñas luces en la oscuridad

Aunque la celebración masiva es limitada, las comunidades muestran creatividad para preservar tradiciones. En mercados donde todavía hay actividad, comerciantes colocan linternas y productos tradicionales, intentando recrear cierta normalidad. Voluntarios organizan paquetes de iftar para familias desplazadas; jóvenes artistas decoran calles entre escombros para que los niños sientan que el Ramadán no ha sido borrado por la guerra.

Estas acciones, aunque modestas, cumplen una función esencial: restaurar el sentido de comunidad, ofrecer apoyo emocional y garantizar que los actos de caridad lleguen a los más necesitados. En palabras de Mohammed Taniri, al ver las decoraciones: "cuando crean una atmósfera así, los niños se alegran; a pesar de todo, tratan de hacer algo bonito".

Lo que exige el momento: prioridades humanitarias y responsabilidad internacional

Más allá del simbolismo, las necesidades en Gaza son concretas y urgentes: acceso a agua potable, combustible para hospitales y calefacción, medicinas, alimentos y la reconstrucción de viviendas y escuelas. Los organismos internacionales han señalado reiteradamente que, para convertir la tregua en una recuperación real, se requieren corredores sostenidos de ayuda, supervisión internacional y garantías para la protección de civiles (Naciones Unidas, informes de emergencia humanitaria).

El Ramadán, con su llamado a la caridad y la solidaridad, puede convertirse en un catalizador para redoblar esfuerzos. Gobiernos, donantes y organizaciones deben aprovechar la atención que genera el mes sagrado para coordinar respuestas más amplias: aumentar donaciones, facilitar la entrada de equipos de reconstrucción y priorizar programas de apoyo psicosocial y educativo para niños que han vivido la guerra.

Una fe puesta a prueba y la esperanza como práctica cotidiana

Celebrar el Ramadán en Gaza hoy implica una mezcla de añoranza por lo perdido y la firme decisión de no renunciar a la dignidad humana. Las oraciones nocturnas en mezquitas parcialmente dañadas, los iftars compartidos entre familias desplazadas y los artistas que pintan mensajes de bienvenida frente a edificios derrumbados revelan una verdad profunda: la fe y la cultura se adaptan para sostener a las personas cuando todo lo demás falla.

Si algo queda claro, es que el Ramadán no es sólo un calendario de ayuno: es un recordatorio de responsabilidad colectiva. En Gaza, esta responsabilidad adquiere una dimensión global. La respuesta que el mundo brinde en términos de ayuda, reconstrucción y diplomacia durante y después del mes sagrado será, en gran medida, la medida de nuestra humanidad compartida.

  • Cita de fuente estadística: Ministerio de Salud de Gaza, registro oficial de víctimas, cifras publicadas sobre las muertes reportadas desde el inicio de la ofensiva.
  • Fuentes de contexto humanitario: Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), informes sobre inseguridad alimentaria y destrucción de infraestructuras.

En un Ramadán atravesado por el duelo y la incertidumbre, la llamada a la solidaridad no es una metáfora religiosa: es una exigencia práctica. Voluntades pequeñas y grandes, locales e internacionales, deben converger para que este mes sagrado sirva también para cimentar la ruta hacia la recuperación y la paz, en Gaza y más allá.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press