La Junta de la Paz de Trump: ambición global, realidades en Gaza y el desafío humanitario
Entre planes futuristas de reconstrucción y un alto el fuego frágil, la iniciativa enfrenta escollos políticos, militares y humanitarios que determinarán su credibilidad
La llamada "Junta de la Paz" impulsada por el expresidente Donald Trump llega a Washington bajo una mezcla de grandilocuencia política y numerosas incógnitas prácticas. Prometida como una vía para consolidar un alto el fuego, desmilitarizar Gaza y conducir la reconstrucción masiva del territorio, la iniciativa pretende actuar donde, según sus promotores, el sistema multilateral tradicional ha fracasado. Sin embargo, a los pocos días de su arranque público persisten dudas serias sobre su viabilidad: desde la falta de compromisos financieros verificables hasta la resistencia local y regional, y la ausencia de resultados tangibles sobre el terreno.
Un ambicioso proyecto que apunta a competir con instituciones existentes
El proyecto exhibe ambiciones que van más allá de la mera desescalada militar. Sus promotores han descrito un plan en que Gaza podría transformarse en años en un enclave con zonas industriales, centros de datos y un litoral turístico reactivado. Jared Kushner, asesor cercano a Trump, llegó a afirmar que la reconstrucción podría completarse en apenas tres años, un cronograma que contrasta con estimaciones internacionales más prudentes sobre las necesidades de desescombro y desminado.
Según una estimación conjunta citada por actores internacionales relevantes, los costes preliminares de reconstrucción y estabilización podrían rondar los 70.000 millones de dólares (estimación del sistema de Naciones Unidas, la Unión Europea y el Banco Mundial). Esa cifra --si bien sujeta a revisiones— deja claro que la iniciativa requeriría compromisos multilaterales de gran magnitud y transparencia financiera para resultar creíble.
Composición y tensiones dentro de la Junta
Más de dos docenas de países se han presentado como miembros fundadores de la Junta de la Paz. La lista incluye a potencias regionales que participaron en las negociaciones del alto el fuego y a Estados que, por distintas razones diplomáticas, buscan estrechar lazos con la administración promotora del proyecto. Sin embargo, importantes aliados tradicionales de Estados Unidos han declinado sumarse, mientras que la presencia de países percibidos como cercanos a Hamas, como Qatar o Turquía, genera recelos entre israelíes y ciertos aliados occidentales.
Además, la exclusión de representantes palestinos de la Junta ha alimentado la percepción entre buena parte de la población palestina y de varios actores regionales de que las decisiones sobre el futuro inmediato de Gaza se están tomando sin la debida legitimidad local. Ese vacío político complica la implementación de medidas que requieren aceptación y coordinación en el territorio afectado, lo que a su vez demora la puesta en marcha de iniciativas humanitarias y administrativas.
El alto el fuego: avances limitados y problemas sustantivos
El acuerdo de alto el fuego logró detener operaciones militares a gran escala y permitió la liberación de rehenes, además de incrementar las entregas de ayuda humanitaria. No obstante, en el terreno persisten operaciones puntuales y víctimas civiles debido a ataques casi diarios que, según Israel, apuntan a combatir a militantes activos. Esta situación mantiene el espacio de seguridad inestable y dificulta el funcionamiento de cualquier autoridad transitoria.
La desmilitarización de Hamas es el núcleo del problema. Israel exige la entrega de armamento desde cohetes hasta rifles automáticos —el primer ministro israelí calificó la cifra aproximada de armas ligeras que Hamas debería entregar en torno a los 60.000 fusiles automáticos—; en contraste, líderes de Hamas han propuesto alternativas más graduales o condicionadas, como el depósito de armas selladas bajo supervisión externa o la retención de armas ligeras para labores de orden público.
Al respecto, actores expertos advierten que la desmilitarización es intrínsecamente compleja: implica verificación, garantías de seguridad para quienes entregan armas y mecanismos que eviten el surgimiento de vacíos de poder. Un funcionario regional citado por negociadores describió la desmilitarización como "un proceso que puede llevar meses" y que requerirá definiciones operativas precisas sobre qué se entiende por desarme.
La propuesta de una Fuerza Internacional de Estabilización
Una de las piezas clave del acuerdo contempla la creación de una Fuerza Internacional de Estabilización compuesta por contingentes de países árabes y de mayoría musulmana. Su mandato sería temporal y orientado a asegurar corredores humanitarios, supervisar la entrada de ayuda y apoyar la formación de una fuerza policial palestina.
Los países potencialmente contribuyentes insisten en que cualquier despliegue se formule como misión de mantenimiento de la paz, no como fuerza dedicada a realizar tareas de desarme que puedan exponer a sus soldados a confrontaciones internas. Indonesia, por ejemplo, comenzó a entrenar un contingente de hasta 8.000 soldados para esa misión, al tiempo que reiteró que no participaría directamente en operaciones de desarme.
El éxito operativo de esta fuerza dependerá de mandatos claros, reglas de enfrentamiento definidas y, sobre todo, de la cooperación de las partes locales. La experiencia histórica muestra que las fuerzas multilaterales sin un mandato robusto y con preguntas sobre su legitimidad local enfrentan enormes dificultades para cumplir objetivos ambiciosos.
Gobernanza postbélica: entre comités transitorios y obstáculos prácticos
En el acuerdo figura la creación de un comité transitorio de administradores palestinos políticamente independientes que asumirían la gestión temporalmente una vez que Hamas entregue el poder. Estados Unidos designó una lista de 15 miembros para esa transición y nombró a un enviado para supervisar la implantación.
No obstante, el comité enfrenta obstáculos prácticos: actualmente no ha recibido permiso de Israel para entrar a Gaza desde Egipto, lo que anula su capacidad de operar sobre el terreno y socava su credibilidad. Como resumió el enviado designado, "no podrán trabajar a menos que Hamas entregue el poder y cesen las violaciones del alto el fuego": palabras que reflejan la tensión entre la letra del acuerdo y su ejecución práctica.
Credibilidad en juego: ¿qué pasaría si no hay resultados?
Expertos en mediación internacional advierten que la Junta sólo tendrá una ventana corta de oportunidad para producir mejoras tangibles. Max Rodenbeck, director del Proyecto Israel-Palestina en International Crisis Group, subrayó la fragilidad de la iniciativa: "Si esta reunión no resulta en mejoras rápidas y tangibles sobre el terreno —especialmente en lo humanitario—, su credibilidad se derrumbará rápidamente" (International Crisis Group).
La pérdida de credibilidad tendría consecuencias políticas y prácticas: sin confianza, sería difícil atraer la inversión comprometida, coordinar el despliegue de fuerzas de estabilización o lograr que actores locales acepten la transferencia de poder. Además, la percepción de que un nuevo foro internacional pretende reemplazar o competir con instituciones consolidadas —como el Consejo de Seguridad— puede provocar fricciones diplomáticas que erosionen apoyos cruciales.
Escenarios posibles y señales a observar
- Progreso humanitario sostenido: si la Junta consigue abrir y proteger corredores de ayuda, ampliar las entregas y reducir las víctimas civiles, ganará margen político para negociar pasos más complejos.
- Estancamiento político: la persistencia de ataques, la no entrada del comité transitorio y la ausencia de compromisos financieros verificables podrían convertir a la Junta en otro foro ornamental sin impacto real.
- Transformación institucional: en el mejor de los casos, la iniciativa podría impulsar mecanismos novedosos de verificación de desarme y cooperación regional, complementando —no sustituyendo— a la arquitectura multilateral clásica.
Las próximas semanas serán cruciales: la capacidad de la Junta para publicar agendas claras, compromisos financieros verificables y resultados humanitarios concretos condicionará si su ambición es una oportunidad real para Gaza o una operación de reputación política.
Mientras tanto, en Gaza, millones de personas siguen viviendo la transición entre la espera y la incertidumbre, y la comunidad internacional observa si las promesas se traducen en hechos palpables que alivien una crisis humanitaria profunda.
