La disputa del ataúd: cuando la política, la tradición y la espiritualidad chocan en Zambia

Cómo un conflicto por el entierro del expresidente Edgar Lungu revela tensiones políticas, creencias tradicionales y el peso simbólico de las últimas palabras

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En Lusaka, la ausencia de un cuerpo es un hecho que pone en jaque no solo a una familia, sino a la estabilidad simbólica de una nación. Más de ocho meses después de la muerte del expresidente Edgar Lungu, sus restos permanecen en una funeraria en Sudáfrica mientras en Zambia se libra una disputa que mezcla rivalidad política, tabúes tradicionales y la idea, profundamente arraigada en muchas sociedades africanas, de que las últimas palabras de una persona tienen poder.

Un hueco sin cuerpo: el símbolo de una pelea

En el cementerio de Lusaka hay una sepultura vacía, del tamaño de un ataúd: un recordatorio visible y perturbador de un conflicto que se volvió público y judicial. La intención del actual presidente Hakainde Hichilema era dar a Lungu un funeral de Estado y enterrarlo en ese lugar; sin embargo, miembros de la familia de Lungu dijeron que el propio expresidente pidió que Hichilema —a quien veía como un enemigo político— no se acercara ni siquiera como doliente.

La controversia escaló hasta los tribunales, que en varias instancias han fallado a favor de las autoridades zambianas para repatriar los restos, pero la familia insiste en una ceremonia que excluya al presidente. Mientras tanto, el cuerpo permanece congelado fuera del país y la sepultura abierta se ha convertido en una metáfora de la fractura social que genera este enfrentamiento.

Rivalidad política que trasciende la vida

Detrás del conflicto hay una enemistad prolongada entre Lungu y Hichilema. La rivalidad incluyó procesos judiciales, acusaciones políticas y años de disputa electoral. La dinámica no es sólo personal: representa caminos distintos de entender el poder en Zambia. Para muchos observadores, el interés del presidente en participar de un funeral estatal obedece a la lógica institucional de reconocer a un exmandatario; para la familia de Lungu, la presencia de Hichilema tendría una dimensión simbólica y peligrosa.

La idea de que la proximidad física al cuerpo de un difunto pueda conferir poder o, por el contrario, exponer a una persona al mal de ojo o a maleficios, está presente en el imaginario colectivo en diversas regiones del continente. En Zambia, como en otros países, la mezcla de cristianismo, creencias tradicionales y prácticas rituales da lugar a interpretaciones diversas sobre qué significa apropiarse del último adiós.

La fuerza de las últimas palabras

En muchas culturas africanas las palabras finales de una persona —especialmente de un líder o de alguien con autoridad social— se consideran portadoras de fuerza efectiva: bendiciones que prosperan o maldiciones que perduran. Ese marco cultural explica por qué la instrucción de Lungu sobre quién debía acercarse a su cadáver se tomó con tanta gravedad.

Estudiosos de la teología pentecostal africana y líderes religiosos han señalado que estas prácticas no son meras supersticiones inocuas, sino componentes reales de interacción social que influyen en decisiones públicas y privadas. La creencia de que una maldición pronunciada en vida puede «tener efecto» después de la muerte condiciona comportamientos y, en este caso, llevó a que la familia optara por medidas legales y logísticas para controlar el destino del cuerpo.

¿Qué está en juego políticamente?

Más allá del drama personal, este episodio tiene implicaciones políticas concretas. Hichilema, quien buscaba legitimar un acto de Estado al organizar un funeral oficial, enfrenta críticas por insistir en una presencia que la familia denuncia como ritualística y hostil. Para los seguidores de Hichilema, la celebración de un funeral de Estado sería un gesto de generosidad institucional hacia un expresidente. Para los partidarios de Lungu y para quienes comparten sus temores, la presencia del rival podría interpretarse como una apropiación simbólica del poder incluso después de la muerte.

El choque revela también cómo en Zambia —una república que en su tradición reciente tiende a elegir civiles y evitar mandatos militares— las preocupaciones sobre hechicería y protección espiritual se entrelazan con la política cotidiana. Las élites políticas, según reportes locales, viven con el temor de ser objeto de maleficios; algunos exmandatarios han mostrado temores públicos sobre supuestas influencias espirituales en la residencia presidencial.

La ley y la familia: litigios sobre un cadáver

El manejo de restos humanos por parte del Estado o de privados suele regirse por normas y costumbres que varían según el país. En este caso, la justicia sudafricana autorizó la repatriación de los restos, pero la familia había hecho movimientos previos para celebrar un funeral privado en Sudáfrica y evitar que el Estado zambiano tomara custodia. Las autoridades se toparon con una resistencia que llevó el conflicto a los tribunales tanto en Sudáfrica como en Zambia.

Los litigios involucraron declaraciones emotivas en sala: familiares afligidos, acusaciones públicas y escenas que chocan con el pudor y el respeto que la sociedad zambiana suele asociar al tratamiento de los muertos. Para muchos ciudadanos, el hecho de mantener un cuerpo sin enterrar durante tanto tiempo es culturalmente inaceptable y causa un malestar profundo.

Prestigio histórico y la sombra de Kaunda

Zambia tiene una tradición democrática con líderes civiles que, desde la independencia, han evitado el predominio militar que se observó en otras latitudes del continente. Kenneth Kaunda, el primer presidente de Zambia tras la independencia, gobernó desde 1964 hasta 1991 y fue derrotado democráticamente; su figura permanece como símbolo del tránsito nacional hacia sistemas electorales competitivos. (Ver referencia histórica: Britannica — Kenneth Kaunda).

Esa tradición ha permitido que la rivalidad política entre Lungu y Hichilema se dirima en las urnas y en los tribunales; sin embargo, el caso del entierro demuestra que las instituciones formales no siempre desactivan las dimensiones simbólicas y espirituales del poder.

Impacto social y cultural

La disputa ha provocado debates públicos sobre tradición, modernidad y ritual. Algunos líderes religiosos cristianos han señalado que la creencia en maldiciones queda fuera de la práctica cristiana ortodoxa, mientras que líderes tradicionales insisten en que ciertas normas ancestrales no pueden ser ignoradas sin consecuencias sociales. Ese choque refleja la convivencia, a veces tensa, entre prácticas religiosas importadas y sistemas de creencias autóctonos.

Además, la demora en el entierro plantea problemas prácticos: mantener un cuerpo en el extranjero tiene costos económicos y emocionales; la sepultura pendiente deja a los allegados sin cierre y alimenta rumores y teorías que polarizan a la opinión pública.

Escenarios posibles

  • Enterramiento con mediación: un arreglo entre la familia y el Estado que limite la presencia pública del presidente y garantice ritos respetuosos podría desbloquear la situación.
  • Persistencia del conflicto: si la familia mantiene su rechazo y las autoridades siguen insistiendo, el cuerpo podría seguir fuera del país por más tiempo, profundizando la crisis simbólica.
  • Solución legal definitiva: una sentencia clara de la Corte Suprema o una ley específica sobre procedimientos funerarios de exmandatarios podría resolver el tema, pero tardaría y podría encender nuevas controversias.

Reflexiones finales: lo público, lo privado y lo sagrado

El caso de Edgar Lungu no es solo la historia de un entierro demorado: es un espejo de cómo en muchas sociedades contemporáneas conviven la institucionalidad democrática y formas de pensamiento en las que lo sagrado y lo simbólico tienen peso real. Cuando un país enfrenta una disputa así, la solución no depende únicamente de la ley, sino también de la capacidad de actores políticos, líderes religiosos y familiares para negociar un terreno común que respete ritos, derechos y la necesidad de cierre social.

Mientras tanto, la tumba vacía en Lusaka seguirá siendo un recordatorio visible de que la muerte, en ocasiones, no apaga las luchas que definieron la vida.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press