El Niño, La Niña y la Tierra que se recalienta: cómo un ciclo natural amplifica una crisis climática

Por qué la transición entre ciclos del Pacífico y las nuevas definiciones meteorológicas cambian nuestra percepción del calentamiento global

Los fenómenos cíclicos del Pacífico tropical conocidos como El Niño y La Niña siempre han sido piezas clave del sistema climático global. Sin embargo, en la última década han dejado de ser solo variaciones periódicas para convertirse en un amplificador —y a la vez una víctima— del calentamiento antropogénico. En este texto exploro cómo una inusual secuencia de La Niña seguida por El Niño contribuyó a un salto térmico detectable en 2023–2025, por qué los científicos han tenido que redefinir los umbrales de estos eventos y qué implicaciones prácticas tiene todo esto para el clima extremo y la previsión meteorológica.

La ciencia detrás de la anomalía: desequilibrio energético y «triple dip»

Un estudio reciente publicado en Nature Geoscience por investigadores japoneses analizó el llamado desequilibrio energético de la Tierra —la diferencia entre la energía que llega del Sol y la que el planeta emite al espacio— y encontró que dicho desequilibrio aumentó de forma notoria en 2022. Según los autores, aproximadamente tres cuartas partes (alrededor del 75%) del cambio en ese desequilibrio puede explicarse por la combinación de la tendencia de calentamiento a largo plazo causada por actividades humanas y la transición desde una fase prolongada de La Niña hacia El Niño.

Para entenderlo con una metáfora usada por varios científicos: si imaginamos a la Tierra como un organismo con fiebre, durante los episodios de El Niño ese «organismo» libera calor hacia la atmósfera y se refleja en temperaturas globales más altas; en cambio, una fase de La Niña puede «conservar» calor en las aguas profundas del océano, reduciendo temporalmente la temperatura de superficie. Lo excepcional del período 2020–2023 fue una secuencia de La Niña que duró tres años consecutivos —un “triple dip”— cuando lo habitual son uno o dos años. Esa acumulación prolongada de energía subsuperficial hizo que, al producirse la transición a El Niño, la liberación de calor fuera más intensa: «es como si se hubiera destapado una olla», dijo Tom Di Liberto, meteorólogo ex–NOAA ahora en Climate Central.

¿Qué porcentaje del calentamiento reciente proviene de cada factor?

Según el análisis publicado, cerca del 23% del desequilibrio energético responsable del reciente aumento de temperaturas se asocia directamente con la prolongada fase de La Niña. Un poco más de la mitad (algo más del 50%) se atribuye a los gases de efecto invernadero generados por la quema de carbón, petróleo y gas. El resto se explica por otros factores —como variaciones en aerosoles, actividad volcánica y cambios solares— que, si bien menos dominantes en este episodio, siguen incidiendo en la compleja ecuación del clima.

En términos prácticos, esto significa que los picos térmicos que hemos observado no son solo el resultado de demasiados gases de efecto invernadero en la atmósfera, sino también de cómo los océanos almacenan y liberan calor de forma episódica. La interacción océano–atmósfera modula la velocidad y la amplitud con la que el calentamiento global se manifiesta año tras año.

Redefinir El Niño y La Niña: una adaptación a un mundo más cálido

Durante siete décadas, la manera estándar de identificar El Niño y La Niña se basó en comparar anomalías de temperatura en ciertas regiones tropicales del Pacífico con una línea base de «normalidad» calculada mediante promedios de 30 años. El umbral clásico era ±0,5 °C respecto a esa media: más frío que eso = La Niña; más cálido = El Niño.

Pero ese enfoque topó con un problema: la propia línea base se calienta. Si el «normal» aumenta, los umbrales clásicos dejan de reflejar la interacción real entre océano y atmósfera. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) reconoció esta falencia y actualizó su método: ahora emplea un índice relativo que compara las temperaturas del Pacífico ecuatorial con el resto de los trópicos, en lugar de una media histórica fija. El responsable de Geophysical Fluid Dynamics Lab de NOAA, Nat Johnson, explicó que la diferencia entre el método antiguo y el nuevo ha llegado a ser de hasta 0,5 °C —una variación suficientemente grande como para alterar la categorización de eventos.

El efecto práctico de esta redefinición, según meteorólogos del organismo, será que se registren algo más de eventos identificados como La Niña y menos como El Niño, en comparación con el sistema anterior. Es decir, la «contabilidad» de los ciclos cambió porque el planeta cambió.

Consecuencias para fenómenos extremos y previsiones

La transición entre fases del ENSO (El Niño–Southern Oscillation) tiene consecuencias directas sobre la frecuencia e intensidad de eventos climáticos extremos. Por ejemplo, históricamente El Niño se asocia con inviernos más templados en algunas latitudes, menor actividad atlántica de huracanes y cambios de precipitación globales; La Niña suele correlacionarse con incrementos en huracanes del Atlántico y patrones de sequía en otras zonas.

NOAA pronostica el desarrollo de un El Niño para el final del año meteorológico, lo que sugiere que 2027 podría ser un año récord en temperatura media global si la fase se establece con suficiente antelación y magnitud. Jennifer Francis, del Woodwell Climate Research Center, advirtió por correo electrónico que «cuando El Niño se desarrolla, probablemente batiremos un nuevo récord global de temperatura» y agregó: «El ‘normal’ quedó atrás hace décadas; con tanto calor acumulado en el sistema, todos deben prepararse para el aumento de fenómenos extremos que alimentará». (Cita obtenida de comunicación institucional del Woodwell Climate Research Center: woodwellclimate.org.)

Implicaciones para política climática y adaptación

La dimensión práctica de estos hallazgos es doble. Primero, subraya que las reducciones inmediatas y sostenidas de emisiones de gases de efecto invernadero siguen siendo la palanca principal para frenar el incremento a largo plazo de la temperatura global. Segundo, recalca la necesidad de sistemas de alerta y planificación que tomen en cuenta no solo la tendencia de fondo del calentamiento, sino también la variabilidad natural que puede amplificar esa tendencia durante periodos concretos.

Por ejemplo, si una región ya sufre de infraestructuras vulnerables a olas de calor, una transición rápida a El Niño puede multiplicar el riesgo de fallas en redes eléctricas, aumento de mortalidad por calor extremo y perturbaciones agrícolas. Las aseguradoras, los gestores de recursos hídricos y los planificadores urbanos deben integrar estas proyecciones en sus modelos de riesgo.

Contexto histórico y datos relevantes

  • El umbral clásico para definir El Niño/La Niña fue ±0,5 °C en la temperatura de ciertas regiones del Pacífico (método de 30 años).
  • El estudio en Nature Geoscience atribuye ~23% del reciente desequilibrio energético a la prolongada fase de La Niña y >50% a gases de efecto invernadero (véase Nature Geoscience).
  • NOAA adoptó un índice relativo para comparar la temperatura del Pacífico con el resto de los trópicos; el cambio busca reflejar interacciones océano–atmósfera más realistas en un planeta más cálido (informes técnicos de NOAA).

Reflexión final: convivir con variabilidad en un planeta que ya no es el mismo

La lección central es que lo natural y lo antropogénico ya no pueden separarse fácilmente: los ciclos naturales, como El Niño y La Niña, continúan existiendo, pero su comportamiento y la forma en que afectan al sistema climático están siendo reconfigurados por la acumulación de calor y gases en la atmósfera. Esto obliga a científicos, tomadores de decisión y público en general a adaptar tanto el lenguaje con el que describimos el clima como las políticas y herramientas de respuesta.

Más allá de la terminología, la ciencia es clara: reducir emisiones, mejorar la vigilancia oceánica y atmosférica, y fortalecer la resiliencia comunitaria son acciones complementarias e imprescindibles. En un sistema donde los océanos guardan «memoria térmica», las transiciones de una fase a otra pueden producir saltos abruptos en las condiciones que experimentamos. Comprender ese mecanismo nos da una ventaja: permite anticipar, preparar y —dentro de lo posible— amortiguar los peores efectos de un clima que cambia y es cada vez más extremo.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press