Guerra prolongada: por qué la invasión rusa a Ucrania sigue estancada tras más de cuatro años

Entre trincheras, drones y negociaciones tensas, el conflicto ha entrado en una guerra de desgaste que desafía expectativas y reconfigura la seguridad europea

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Cuando la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania superó los 1.418 días, quedó claro que el conflicto ya duraba más que algunos episodios bélicos históricos recientes y se parecía, en persistencia, a viejos marcos temporales de guerra total. A diferencia de las campañas fulminantes que algunos esperaban en 2022, la contienda se ha convertido en una guerra de desgaste, con frentes estáticos, ofensivas costosas y una significativa evolución tecnológica —donde los drones han redefinido la batalla— que convive con tácticas que recuerdan las trincheras del siglo XX.

Un frente largo y lento

Tras el fallido intento ruso de tomar Kyiv y forzar un cambio de régimen en febrero de 2022, las operaciones se endurecieron y se transformaron en enfrentamientos posicionales a lo largo de una línea de frente de aproximadamente 1.200 kilómetros. El avance ruso desde entonces ha sido, por momentos, exasperantemente lento: en varias áreas el avance promedio medido en metros por día ha sido ínfimo, y las ganancias territoriales difíciles de mantener.

Organismos de investigación estratégica han ofrecido cifras que ilustran el coste humano y material. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) de Washington documentó —en evaluaciones difundidas durante 2024–2026— tasas de bajas extremadamente altas. En su resumen señaló que “Rusia ha sufrido la mayor tasa de bajas de cualquier potencia importante en una guerra desde la Segunda Guerra Mundial, con un desempeño militar pobre y escasos territorios nuevos ganados después de dos años” (CSIS, 2026). Esa valoración subraya una realidad: la guerra consume hombres, equipos y recursos sin otorgar a Moscú la ventaja decisiva que esperaba.

La paradoja tecnológica: drones frente a artillería pesada

Una de las transformaciones más notorias del conflicto es la integración masiva de drones en operaciones terrestres y marítimas. Por primera vez en la historia militar moderna, los vehículos aéreos no tripulados han jugado un papel decisivo que complica la concentración discreta de fuerzas y vuelve vulnerables incluso a los convoyes de suministros y a las áreas logísticas alejadas del frente.

Ucrania, desde etapas tempranas, utilizó drones para compensar la superioridad rusa en artillería y sistemas de represión aérea. Moscú respondió ampliando sus capacidades no tripuladas: introdujo drones con fibra óptica para mantener enlace pese a las contramedidas electrónicas y extendió el radio letal de sus observadores no tripulados hasta 50 kilómetros desde la línea de frente. Esa característica ha convertido rutas de abastecimiento y evacuación en objetivos permanentes.

El resultado es una combinación de alta tecnología y tácticas de desgaste: patrullas de infantería de dos o tres soldados que intentan infiltraciones en pueblos devastados por la artillería; columnas logísticas expuestas a ataques; y un campo de batalla fragmentado por filamentos y dispositivos remotos, algo que recuerda la brutalidad y la inmovilidad de la Primera Guerra Mundial, pero con armamento del siglo XXI.

Impacto sobre la infraestructura y la resiliencia civil

Los ataques prolongados sobre la red eléctrica y la infraestructura energética ucraniana han transformado las estaciones de servicio, refinerías y líneas de transmisión en objetivos estratégicos. El invierno de un año reciente fue descrito por funcionarios ucranianos como el más duro desde el inicio de la invasión: cortes de luz prolongados, calefacción limitada y poblaciones enteras sometidas a condiciones extremas.

Además, las ofensivas contra instalaciones energéticas buscan no solo degradar la capacidad de defensa sino también erosionar la moral civil. Ucrania, desde su lado, ha llevado a cabo ataques de largo alcance contra instalaciones energéticas y logísticas en Rusia para cortar ingresos por exportaciones y aumentar el costo político y económico de la guerra para Moscú.

Costes humanos y económicos

Las estimaciones de bajas combinadas (muertos, heridos y desaparecidos) han sido alarmantes. Diversos análisis sugieren cifras que alcanzan el millón y medio o más si se suman soldados de ambos bandos y personal auxiliar. El CSIS, por ejemplo, ofreció estimaciones que sitúan bajas rusas y ucranianas en centenas de miles, con cifras de muertos que varían según la metodología y las fuentes (CSIS, 2026).

En el plano económico, las sanciones occidentales han estrangulado sectores del complejo industrial ruso y reducido el crecimiento económico del país a niveles marginales, obligando a la economía a depender de mecanismos internos y de exportaciones resilientes. Pese a eso, la industria bélica rusa ha logrado mantener o incluso aumentar la producción de cierto armamento, lo que indica una priorización estatal clara en la asignación de recursos.

Diplomacia tensa y demandas maximalistas

Las conversaciones de paz, con mediación estadounidense, han chocado con demandas incompatibles: Moscú exige la retirada de las fuerzas ucranianas de territorios que amenazan la anexión de facto, la renuncia de Ucrania a integrarse en alianzas militares como la OTAN y garantías sobre el estatus de la lengua rusa, entre otras condiciones. Ucrania, por su parte, busca un alto el fuego que consolide la línea de contacto existente y seguridad garantizada por terceros.

La analista Tatiana Stanovaya, del Carnegie Russia Eurasia Center, observó que “la cuestión territorial es importante para el Kremlin, pero la guerra persigue una ambición mayor: crear una Ucrania integrada en la esfera de influencia rusa y que no sea vista por Moscú como anti-Rusia” (Carnegie Rusia Eurasia Center, 2025). Esa perspectiva ayuda a explicar por qué las posiciones de ambos líderes se han mantenido tan rígidas.

¿Por qué la guerra se estanca?

  1. Balance de poder y costos: ni Rusia ni Ucrania disponen de una combinación de recursos y voluntad para lograr una victoria total sin enfrentar costos prohibitivos. La movilización masiva, la logística y las pérdidas humanas hacen que cualquier ofensiva estratégica sea una apuesta arriesgada.
  2. Firmeza internacional: el apoyo occidental a Ucrania en forma de armamento, inteligencia y sanciones mantiene la resistencia ucraniana. Al mismo tiempo, las sanciones no han derribado al régimen ruso ni impidieron su capacidad industrial para producir equipo militar.
  3. Innovaciones tecnológicas: los drones impiden concentraciones masivas de tropas y cambian la correlación entre movilidad y seguridad. Las defensas estáticas, campos minados y fortificaciones incrementan la dificultad de avance.
  4. Fricciones políticas internas: en ambos bandos hay factores políticos que condicionan decisiones militares y diplomáticas, desde la presión interna en Rusia hasta la necesidad de mantener apoyo social y político en Ucrania y entre sus aliados.

Escenarios futuros

No existe una única ruta probable hacia la resolución. Entre los escenarios plausibles se encuentran:

  • Estancamiento prolongado: una guerra congelada con enfrentamientos periódicos y líneas de frente estables que se mantendrían años más.
  • Negociación limitada: acuerdos parciales que consagren zonas de influencia y garantías de seguridad temporales, sin resolver el status final de territorios anexados.
  • Escalada mayor: una intensificación del conflicto que incluya más ataques estratégicos, expansión de armamento pesado o implicación indirecta más directa de terceros países.

Reflexión final: la Europa de la posguerra se redefine

La guerra en Ucrania es, más allá del terreno militar, un terremoto geopolítico que reconfigura alianzas, doctrinas y prioridades de defensa en Europa. El precio humano es inmenso, y la estabilidad regional depende tanto de la capacidad de diplomacia como de la voluntad de los actores de aceptar compromisos difíciles.

Comprender que hoy los conflictos se libran en capas —desde la infraestructura energética hasta las redes sociales y los drones— es clave para imaginar soluciones. Mientras tanto, la sociedad civil, las economías y la política exterior de Europa seguirán ajustándose a una realidad en la que la guerra de desgaste no solo erosiona territorios, sino que también remodela el mapa estratégico del continente.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press