Cuando el fútbol se enfrenta a su espejo: el caso Vinícius–Prestianni y la batalla contra el racismo
El incidente en Lisboa reaviva preguntas sobre protocolos, cultura de estadio y responsabilidad institucional
El partido entre Benfica y Real Madrid no fue solo un duelo táctico por un billete en la Champions League: se convirtió en otro capítulo de una larga y aún inconclusa lucha contra el racismo en el fútbol. La acusación de Vinícius Júnior contra Gianluca Prestianni —que el brasileño afirmó que el argentino le llamó “mono”— y la suspensión provisional que la UEFA aplicó al joven jugador han vuelto a situar el debate en primera línea: ¿son suficientes los protocolos actuales?, ¿qué responsabilidad tienen clubes, federaciones, jugadores y aficiones para erradicar el abuso racista? Y, quizá lo más importante, ¿cómo la sociedad y las instituciones conviven con la impunidad o la duda en estos episodios?
El incidente y la respuesta institucional
En el partido de ida, celebrado en Lisboa, Vinícius marcó el tanto que dio la victoria al Real Madrid y celebró junto a la bandera de esquina del Benfica. El festejo provocó la reacción de algunos aficionados locales y tensionó el encuentro. Según la versión pública, Prestianni se acercó a Vinícius y le dijo algo mientras se cubría la boca con la camiseta; el brasileño denunció que le había llamado “mono”. Ante la acusación, la UEFA activó su protocolo antirracismo y, días después, decidió una suspensión provisional de un partido para Prestianni alegando un comportamiento de naturaleza discriminatoria.
La propia UEFA matizó que la medida es provisional “sin perjuicio de cualquier resolución que los órganos disciplinarios adopten tras la investigación” (comunicado oficial de la UEFA, fecha del comunicado). La sanción implica que el jugador podría perderse el partido de vuelta, aunque un proceso disciplinario ulterior definirá sanciones definitivas si se comprueba la infracción.
Protocolos: ¿funcionan o son maquillaje institucional?
Los protocolos antirracismo, activados en el campo por los árbitros, surgieron como respuesta a episodios repetidos de abuso en los estadios europeos. Típicamente contemplan la suspensión temporal del juego, anuncios por megafonía para pedir calma y, en casos extremos, la interrupción definitiva del encuentro. No obstante, hay tres problemas prácticos recurrentes:
- La prueba. Muchas acusaciones ocurren en el cara a cara o en un intercambio verbal breve, sin grabaciones claras. Si un jugador se cubre la boca —como ocurrió en Lisboa— se complica reunir evidencia concluyente.
- La efectividad en tiempo real. Los árbitros deben decidir entre detener un partido y permitir la continuidad competitiva. Hace falta formación y valentía para aplicar medidas contundentes en caliente.
- La percepción pública. Cuando una investigación posterior no produce sanciones contundentes, se acrecienta la sensación de impunidad entre víctimas y activistas.
Estos límites dejan a los protocolos en una posición incómoda: son herramientas útiles y necesarias, pero su impacto real depende de la capacidad de las instituciones para investigar con rigor y sancionar con proporcionalidad.
Contexto histórico: racismo y fútbol
El racismo en el fútbol no es un fenómeno nuevo. Desde los insultos en los estadios italianos de las décadas de 1980 y 1990 hasta los episodios más recientes en las ligas inglesas, francesas y españolas, la pelota ha sido un espejo de problemas sociales. Un dato simbólico: en la Eurocopa 2004 y en Mundiales posteriores, se registraron múltiples denuncias de abuso xenófobo lejos de soluciones efectivas. Las campañas institucionales —como el lema “Say No to Racism” de la UEFA o iniciativas de la FIFA— han servido para visibilizar el problema, pero las estadísticas oficiales sobre infracciones disciplinarias relacionadas con racismo siguen siendo sensibles a la subnotificación y a la dificultad probatoria.
En 2019, por ejemplo, la UEFA publicó datos sobre sanciones disciplinarias que mostraban un aumento en multas por comportamiento racista en competiciones juveniles y de clubes, aunque los expertos alertaron que la cifra real de incidentes podría ser mayor debido a casos no denunciados o no confirmados (UEFA, reporte disciplinario 2019).
Reacciones públicas y la responsabilidad de los actores del fútbol
Las reacciones al caso no se hicieron esperar. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, declaró estar “conmocionado y entristecido” por el incidente, alabando la activación del protocolo antirracismo por parte del árbitro (declaraciones públicas de Gianni Infantino). Por su parte, figuras del balompié como Kylian Mbappé manifestaron respaldo explícito a Vinícius; Mbappé publicó en la red social X un mensaje de apoyo que decía: “Dance, Vini, and please never stop. They will never tell us what we have to do or not.” (publicación en X por Kylian Mbappé).
Desde el club Benfica, la dirección y la afición defendieron al joven Prestianni, argumentando que no existía prueba concluyente y que quienes aseguraron oír la ofensa estaban demasiado lejos para hacerlo con certeza. El club emitió comunicados en los que señaló su apoyo al jugador y su disposición a colaborar con la investigación.
Este choque de narrativas —víctima, supuesto agresor y defensa institucional— es típico en incidentes de este tipo y subraya la importancia de un proceso disciplinario transparente que pueda dirimir los hechos sin caer en condenas previas ni en endurecimientos automáticos que deslegitimen las reclamaciones de las víctimas.
Impacto en el jugador y en la sociedad
Más allá de la sanción deportiva, los episodios racistas afectan psicológicamente a las víctimas y modelan percepciones sociales. Vinícius ha sido blanco de insultos racistas en varias ocasiones durante su carrera, incluso con incidentes que han provocado respuestas públicas importantes y movilizaciones en redes sociales. La reincidencia aparente de la agresión racial hacia futbolistas afrodescendientes plantea preguntas sobre el trabajo en educación y antibias que deben hacerse en clubes, escuelas y medios.
Expertos en sociología del deporte señalan que sanciones ejemplares y programas educativos continuos son necesarios. Como referencia, estudios sobre campañas educativas en clubes de élite han mostrado reducciones moderadas en comportamientos discriminatorios cuando se combinan sanciones con formación comunitaria y sanciones económicas aplicadas a clubes responsables (revisión académica sobre antirracismo en el deporte, 2018-2022).
Qué podría y debería hacerse: recomendaciones prácticas
- Mejorar la recolección de pruebas: aumentar la presencia y la calidad de cámaras en zonas clave del estadio (esquinas, banquillos) y promover el uso de tecnologías de análisis de audio y video para reconstruir incidentes.
- Formación continuada: árbitros, cuerpos técnicos, jugadores y personal de seguridad deben recibir capacitación específica para identificar, intervenir y documentar abusos racistas.
- Sanciones proporcionales y transparentes: imponer consecuencias a individuos y, cuando proceda, a clubes (multas, cierre parcial de localidades) para crear incentivos reales de prevención.
- Campañas educativas con impacto local: trabajar con las aficiones y escuelas de fútbol para deslegitimar el lenguaje racista y promover una cultura de respeto.
- Apoyo a las víctimas: protocolos psicológicos y legales para los jugadores que denuncian abusos, evitando que el coste emocional y mediático recaiga sobre ellos en solitario.
El partido continúa, pero el examen social no puede esperar
El fútbol es, por su naturaleza, un espejo social: refleja tensiones, prejuicios y también oportunidades de cambio. Cada incidente de racismo en un estadio es una prueba para las instituciones deportivas: ¿serán capaces de cumplir su promesa de tolerancia cero o se limitarán a gestos simbólicos?
La decisión provisional de la UEFA contra Prestianni es apenas un paso en un proceso que debe centrarse en la verdad, la justicia y la prevención. Mientras tanto, la conversación pública, los apoyos visibles a las víctimas y la presión sobre clubes y federaciones pueden empujar hacia prácticas más eficaces. Porque, al final, no se trata solo de sancionar un gesto o una palabra; se trata de transformar la cultura que permite que esas palabras sigan teniendo eco dentro y fuera del campo.
“El fútbol tiene la capacidad de unir, pero primero debe ser capaz de proteger a quienes lo hacen grande” — una reflexión que, en casos como este, pide menos titulares y más acciones sostenidas.
