Cuando la música y la política chocan: el acuerdo entre la familia de Isaac Hayes y la campaña de Donald Trump

El uso no autorizado de “Hold On, I’m Coming” refleja un conflicto recurrente entre artistas y campañas políticas sobre derechos de autor y control de la propia obra

El 2024 consolidó otra disputa emblemática entre el mundo del espectáculo y la política: la familia y el patrimonio del legendario músico Isaac Hayes anunciaron que habían llegado a un acuerdo con el expresidente Donald Trump sobre el uso del tema “Hold On, I’m Coming”. La demanda, presentada en agosto de 2024, alegaba que la canción —compuesta por Hayes y David Porter y popularizada por el dúo Sam & Dave en 1966— fue utilizada sin permiso por la campaña de Trump en apariciones y videos electorales un total de 133 veces durante las campañas de 2020 y 2024.

Un relato que no es nuevo

Mientras la noticia del acuerdo genera titulares, el choque entre músicos y campañas no es algo nuevo. En las últimas décadas, artistas de muy diversa índole —desde Celine Dion y ABBA hasta jóvenes estrellas del pop— han llamado la atención públicamente cuando sus canciones son usadas por campañas políticas sin su consentimiento. Estas disputas suelen girar en torno a dos ejes: la titularidad del derecho de autor y el derecho moral o de asociación que los creadores reclaman sobre sus obras.

¿Qué alegó la demanda?

La demanda presentada por el patrimonio de Hayes indicaba que la campaña de Trump, aliados y eventos relacionados habían reproducido y difundido la grabación de “Hold On, I’m Coming” en diversas piezas audiovisuales y apariciones públicas. Como reacción, en septiembre de 2024 un juez federal —el magistrado Thomas Thrash— concedió una medida cautelar preliminar que obligó a la campaña a cesar el uso del tema en apariciones y videos. En su momento, abogados de la campaña declararon que ya habían dejado de usar la canción antes de la orden judicial.

Isaac Hayes III, hijo del artista y administrador del patrimonio, publicó un breve comunicado en la plataforma X anunciando que la familia y la entidad encargada del legado de Hayes habían resuelto la disputa y que “están satisfechos con el resultado” (publicación en X por Isaac Hayes III). El comunicado no detalló los términos económicos ni las condiciones del acuerdo.

Marco legal: derechos de autor, licencias y usos políticos

Para entender estas controversias hay que distinguir entre varios derechos relacionados con una canción:

  • Derecho de autor de la composición: protege la letra y la melodía. Suele gestionarlo la editorial musical y sociedades de autores-compositores (ASCAP, BMI, SESAC en EE. UU.; SGAE, ASCAP equivalentes en otros países).
  • Derecho sobre la grabación (master): protege una interpretación y su grabación específica; normalmente pertenece a la discográfica o a la entidad que tenga la titularidad de la master.
  • Derechos de sincronización (sync): autorización necesaria para usar música junto con imágenes en producciones audiovisuales (videos de campaña, spots, etc.).

Es habitual que quienes organizan eventos o campañas confíen en licencias generales de ejecución pública gestionadas por sociedades de autor para cubrir la reproducción de música en actos. Sin embargo, esas licencias no siempre cubren usos específicos, como la sincronización en videos o el uso de una grabación master concreta en un contexto que el titular de derechos considera políticamente sensible o que contraviene la política de uso del artista.

¿Por qué los artistas se oponen?

Las razones son diversas y no siempre son meramente económicas. Muchas veces se trata de proteger la integridad y la asociación de la obra: un compositor puede no querer que su canción aparezca ligada a un candidato o mensaje con el que no comulga. Este rechazo puede obedecer tanto a principios personales como a preocupaciones comerciales sobre la percepción pública del artista y su catálogo.

El caso de Isaac Hayes es paradigmático: además de reclamar la titularidad y el daño por uso no autorizado, la familia puso en el centro el derecho del patrimonio a decidir cómo y dónde se utiliza una canción que es, además, parte de la memoria cultural de la música soul estadounidense de los años sesenta.

Precedentes y resistencias públicas

En años recientes, varias figuras públicas y músicos han expresado públicamente su descontento con el uso de sus canciones en campañas. El fenómeno se ha vuelto tan frecuente que algunos artistas optan por comunicar explícitamente en redes y declaraciones públicas que no autorizan el empleo de sus temas por ciertos políticos o partidos.

Además de demandas civiles, hay ejemplos de artistas que han emprendido acciones públicas y legales para impedir el uso de sus obras en mítines. A menudo estas disputas tienen repercusión mediática, lo que refuerza la posición de los músicos y presiona a los equipos de campaña a evitar polémicas innecesarias.

Implicaciones prácticas para las campañas

Para una campaña, el uso indebido de una canción puede acarrear tanto consecuencias legales como de imagen. La atención mediática a estos conflictos suele generar discusiones sobre libertad de expresión versus control de la obra, y obliga a los asesores legales de campañas a ser más rigurosos en la obtención de permisos: confirmar titularidades, gestionar licencias de sincronización y, cuando sea necesario, pedir autorización expresa a los propietarios de las grabaciones master.

En el caso que nos ocupa, la existencia de la medida cautelar en septiembre de 2024 demuestra que los tribunales pueden intervenir de forma rápida para impedir un uso continuado mientras se resuelve el fondo del asunto. Eso, en la práctica, obliga a las campañas a tomar decisiones inmediatas para evitar sanciones y mayor exposición negativa.

El valor simbólico de una canción

“Hold On, I’m Coming” no es solo un tema: forma parte del acervo cultural de la música soul y del movimiento artístico de los años sesenta. Cuando una obra con ese peso simbólico se usa en un contexto político polarizado, la reacción de la familia o de sus gestores suele ligarse no solo a la protección económica del patrimonio, sino a la necesidad de preservar el legado del artista.

Isaac Hayes, que falleció en 2008 a los 65 años, fue una figura central del soul y la música negra estadounidense. Su obra —junto con colegas como David Porter— contribuyó a un lenguaje musical que marcó generaciones. Por eso, el debate sobre la utilización de su repertorio en campañas políticas adquiere una dimensión cultural que trasciende la mera cuestión contractual.

¿Qué lecciones deja el caso?

  1. Las campañas deben auditar cuidadosamente el uso de música: no basta con licencias globales de ejecución pública cuando se trata de videos, spots y sincronizaciones.
  2. Los herederos y patrimonios artísticos han demostrado estar dispuestos a litigar para proteger la integridad de una obra clásica.
  3. La exposición mediática de estos conflictos puede convertirse en un boomerang político: una polémica sobre música puede distraer y dañar la narrativa de una campaña.

Reflexión final

El acuerdo anunciado por la familia de Isaac Hayes y la campaña de Donald Trump cierra por ahora una disputa concreta, pero no extingue el debate fundamental: ¿hasta qué punto una obra cultural puede ser reclamada por quienes la disfrutan en espacios públicos y políticos? En un país con tradición de protección intelectual y con un ecosistema musical tan activo como el estadounidense, las tensiones entre política y arte seguirán apareciendo cada vez que un hit pase a funcionar como banda sonora de un acto de poder.

Mientras tanto, los gestores de patrimonio, los músicos y los equipos de campaña han recibido una lección práctica: la música es poderosa, y esa potencia merece tanto respeto legal como sensibilidad ética.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press