¿Economía en auge o espejismo? El choque entre el relato presidencial y la experiencia cotidiana de los estadounidenses

Por qué los datos macroeconómicos que exhibe la Casa Blanca no alcanzan a disipar la sensación de estancamiento y aumento de precios que vive la población

La escena política y mediática puede presentar a la economía como una sinfonía triunfante, pero en los barrios, supermercados y fábricas de Estados Unidos la partitura suena distinta. En su más reciente discurso ante el Congreso, el presidente defendió la idea de una economía poderosa: menor inflación, salarios al alza y empleos abundantes. Sin embargo, una mirada más amplia a las cifras y a la experiencia diaria de millones de hogares sugiere que ese relato choca con una realidad más compleja y, para muchos, preocupante.

Lo que dice el Gobierno y lo que perciben los ciudadanos

En declaraciones públicas, la Administración ha enfatizado indicadores selectos para mostrar progreso: la desaceleración de algunas medidas de inflación, avances en el crecimiento del Producto Interno Bruto y, por momentos, recuperación en ciertos segmentos del empleo. No obstante, encuestas recientes sobre la confianza del consumidor y sondeos de opinión revelan escepticismo generalizado.

Por ejemplo, el índice de confianza del consumidor publicado por The Conference Board mostró en febrero una lectura de 91.2, muy por debajo de picos recientes y apenas por encima de niveles históricos bajos observados durante la recesión por la pandemia. Ese dato sugiere que los hogares siguen cautelosos a la hora de gastar, principalmente por la percepción de precios elevados y la sensación de menor disponibilidad de empleos.

De forma paralela, la encuesta de opinión del AP-NORC Center for Public Affairs Research (encuestas públicas disponibles en su portal) indicó una aprobación limitada de la gestión económica presidencial, y la encuesta de sentimiento del consumidor de la Universidad de Michigan permanece en niveles que muchos economistas asocian a temor ante una recesión.

El crecimiento existe, pero no «ruge»

El crecimiento del PIB es real: la economía estadounidense creció durante el último año, pero a ritmos moderados. Mientras que declaraciones públicas han intentado proyectar una imagen de «boom», las cifras oficiales del Bureau of Economic Analysis (BEA) muestran expansiones anuales que están lejos de las tasas contundentes de otras épocas (por ejemplo, el promedio de la década de 1990 con crecimientos superiores al 4% durante algunos años).

Comparativamente, un crecimiento anual del 2% a 2.5% representa una economía saludable, pero no la que muchos asocian con «ruido» o prosperidad compartida. La diferencia clave es cómo ese crecimiento se distribuye: cuando la expansión se concentra en sectores de alta productividad o en ganancias de capital, su efecto en el poder adquisitivo de la mayoría de las familias puede ser limitado.

Inflación: indicadores divergentes y la percepción del alza de precios

El debate sobre la inflación es central. Existen múltiples medidas: la inflación general, la inflación subyacente (core), y el Índice de Precios al Consumidor (IPC) con diferentes ponderaciones por vivienda, energía y alimentos. Algunas de esas medidas han mostrado descensos recientes; por ejemplo, el IPC subyacente registró meses con desaceleración respecto a picos previos.

No obstante, otros índices seguidos por los bancos centrales, como el PCE (Personal Consumption Expenditures) que utiliza la Reserva Federal, han permanecido por encima de la meta del 2% en tramos recientes (por ejemplo, tasas en torno al 3% en ciertos periodos), lo que indica que la inflación sigue siendo un problema relevante. Además, ciertos bienes básicos —alimentos, energía y servicios escolares o de salud— han experimentado aumentos que golpean directamente el presupuesto familiar.

La experiencia cotidiana importa: cuando el precio de la canasta alimentaria, la renta, la electricidad o el transporte suben de forma sostenida, la percepción pública de «inflación» no desaparece aunque algunos índices muestren desaceleración. Según la Federal Reserve Economic Data (FRED), algunos componentes como la electricidad y alimentos han mostrado incrementos significativos interanuales en varios meses recientes.

Empleo: cifras oficiales vs. ritmo de contratación

El mercado laboral ofrece luces y sombras. Mientras que el desempleo nacional ha estado relativamente bajo en comparación con crisis pasadas, la creación de empleo se frenó de forma notable en el último período, con un año de crecimiento de nóminas que, en términos absolutos, fue el peor fuera de recesión desde comienzos de siglo en ciertos registros.

Por ejemplo, el total de empleos añadidos durante el año fue modesto, con meses en los que la media mensual fue muy inferior a la de la recuperación postpandemia (cuando hubo contrataciones masivas). Sectores concretos, como la manufactura y la industria automotriz, sufrieron pérdidas netas de empleo, y la automatización reduce la necesidad de mano de obra en muchas plantas.

Además, la calidad del empleo importa: si los salarios reales (ajustados por inflación) no aumentan, o si el empleo se concentra en trabajos temporales o de baja remuneración, la mejora estadística en la creación de puestos no se traduce en mayor bienestar para las familias.

Políticas comerciales y el efecto de los aranceles

La estrategia proteccionista aplicada en los últimos años —incluidos aumentos arancelarios sobre diversos productos importados— prometía revitalizar la industria local y reducir desequilibrios comerciales. Sin embargo, los costos reales de esos aranceles suelen recaer en consumidores y empresas que compran insumos importados, y no siempre se traducen en mayor producción doméstica.

Investigaciones académicas han mostrado que una parte significativa del costo de los aranceles termina siendo absorbida por consumidores estadounidenses o por empresas nacionales que no pueden trasladar totalmente esos costos hacia proveedores extranjeros. Un estudio liderado por el economista Alberto Cavallo de la Universidad de Harvard encontró que una fracción relevante de los aranceles es absorbida por consumidores y empresas locales, con impactos limitados en la reducción del déficit comercial.

De hecho, el déficit comercial en bienes alcanzó niveles históricos en determinados periodos recientes, lo que obliga a cuestionar la efectividad inmediata de las medidas proteccionistas para revertir desequilibrios complejos que dependen de patrones de consumo, cadenas de suministro y competitividad industrial.

El problema de la narrativa: indicadores selectivos y comunicación política

Una clave para entender la desconexión entre el discurso oficial y la experiencia ciudadana es la selección de indicadores. Es fácil construir una narrativa optimista eligiendo medidas que se mueven a favor del emisor: descenso de la inflación subyacente en un mes, una cifra favorable de creación de empleo en un mes puntual, o una línea de datos del PIB. Pero la economía es un paisaje con múltiples senderos: empleo por sectores, crecimiento real del ingreso, precios de la canasta básica, acceso a vivienda y la sostenibilidad del crecimiento.

La confianza pública depende tanto de la realidad económica como de la percepción de que las políticas benefician a la mayoría. Cuando los hogares sienten que los precios básicos suben y que los empleos estables escasean, la retórica triunfalista genera escepticismo y puede resultar contraproducente.

¿Qué puede cambiar la situación?

  • Políticas focalizadas en ingresos reales: aumento de salarios mínimos locales y medidas fiscales que beneficien a las familias de menores ingresos pueden mejorar el poder adquisitivo más rápido que las políticas generales.
  • Atención a cadenas de suministro: incentivar inversiones en sectores clave, facilitar la transición tecnológica y reducir cuellos de botella puede ayudar a fortalecer la manufactura sin trasladar costos a los consumidores.
  • Comunicación honesta y transparente: explicar los trade-offs, los plazos y los sectores que tardarán en recuperarse puede generar más confianza que proclamas exuberantes.

El desafío para cualquier administración es sincronizar la narrativa pública con cambios tangibles en la vida de la gente. Mientras tanto, la brecha entre las cifras macroeconómicas y la sensación de precariedad cotidiana seguirá alimentando dudas sobre si la economía realmente «ruge» o si nos encontramos ante un espejismo político con nombre y apellido.

Este artículo fue redactado con información de Associated Press