Ramadán entre escombros: la pérdida de familias enteras en la Franja de Gaza
Cómo los iftar sobre montones de ruinas revelan el trauma colectivo y los desafíos de la recuperación
Ramadán acostumbra a ser un tiempo de reunión familiar, de mesas rebosantes y de consuelo comunitario. En la Franja de Gaza, sin embargo, ese mes sagrado se ha convertido para muchas familias en un recordatorio doloroso de lo que la guerra se llevó: viviendas, recuerdos y, en demasiados casos, a casi toda la parentela.
Un ejemplo que lo resume todo
En Gaza City, Saddam al-Yazji, su esposa Heba y su hija Maryam rompen el ayuno alrededor de una mesa plegable instalada sobre tierra suelta, a la sombra proximal de una enorme montaña de escombros: los restos de su hogar de cuatro plantas en el barrio de Rimal. Debajo de esas losas y vigas retorcidas yacen los cuerpos de buena parte de su familia. En diciembre de 2023, un bombardeo destruyó la vivienda y mató a 40 parientes —entre ellos 22 niños— en un solo golpe. “Miro las fotos de nuestras reuniones de Ramadán y lloro”, dice Saddam. “¿Dónde está mi familia? Todos fueron borrados”.
La cocina del recuerdo y la ausencia
Antes de la guerra, el padre de Saddam, Kamel al-Yazji, solía reunir a hijos y nietos en torno a una gran mesa cargada de arroz, carne y otros manjares propios del iftar. Kamel era juez del gobierno palestino anterior y figura reconocida en el mundo deportivo local. Saddam, por su parte, administraba un supermercado en la planta baja del edificio familiar. Hoy sólo quedan tres. El resto descansa bajo toneladas de concreto, o en fosas improvisadas alrededor del solar destruido.
Tras el ataque, la pareja y su hija vivieron largos meses en una tienda mientras la contienda continuaba; en los Ramadanes siguientes intentaron, cuando fue posible, acercarse a la ruina para hacer el iftar junto a lo que había sido su casa. Con el acuerdo de alto el fuego de octubre, se instalaron en una tienda pegada a las ruinas. “La vida está vacía”, resume Heba. “La guerra me lo quitó todo. Quisiéramos haber muerto con ellos en lugar de quedarnos solos”.
Escala del desastre humano
La historia de la familia al-Yazji no es un caso aislado. Durante la campaña militar, miles de hogares quedaron destruidos o severamente dañados, y muchas familias fueron diezmadas al ser alcanzadas en su interior. Según datos publicados por el Ministerio de Salud de Gaza, el conflicto ha causado decenas de miles de muertes y un enorme número de heridos, además de dejar amplias zonas inhabitables. Las cifras varían según la fuente y el contexto, pero la sensación en la población es de pérdida masiva y continua.
La Franja de Gaza, con una población de aproximadamente 2,1 millones de personas antes de los últimos ciclos de violencia, ha visto a la mayoría de sus habitantes convertirse en desplazados internos. Se calcula que más del 80% de los edificios en la franja han sufrido daños o destrucción, y millones viven hoy en campamentos improvisados o en viviendas dañadas, con acceso limitado a agua, electricidad y servicios de salud.
Ramadán como espejo del trauma colectivo
El mes de ayuno representa, además de un rito religioso, un momento para reforzar lazos familiares y comunitarios: la caridad, la oración en grupo y la ruptura pública del ayuno al ocaso son prácticas que sostienen la vida social. Cuando esos rituales se ven empobrecidos por la pérdida de seres queridos y por la precariedad material, el impacto emocional se multiplica.
En muchos hogares gazaíes, los iftar ahora son silencios compartidos, pequeñas ceremonias donde se intenta preservar la memoria: colocar un plato para los ausentes, repetir recetas familiares, o simplemente sentarse ante los escombros y hablar de los que ya no están. Para los niños, Ramadán ha dejado de ser solo una lección espiritual para convertirse en un aula de duelo y resistencia.
Recuperación de cuerpos y memoria
En varios de los ataques, numerosos fallecidos quedaron sepultados bajo los restos de viviendas y edificios. Las labores de búsqueda y recuperación se vieron obstaculizadas por la continuidad de los combates, el riesgo de réplicas y la falta de maquinaria pesada en determinados momentos. Solo tras la reducción de la intensidad de los combates y la entrada en vigor de periodos más estables se han podido multiplicar las tareas de excavación y exhumación.
Los entierros provisionales y las fosas improvisadas crecieron como consecuencia del colapso de los servicios funerarios y de la imposibilidad de acceder a los cuerpos en el momento del impacto. El proceso de identificar y dar sepultura digna a las víctimas ha sido, además de un desafío técnico, una deuda social y moral para muchas comunidades.
El coste psicosocial: generaciones afectadas
Los expertos en salud mental advierten que las heridas psicológicas de esta magnitud dejarán huellas a largo plazo. La exposición prolongada a la violencia, la pérdida familiar masiva y la precariedad cronificada incrementan el riesgo de trastornos de estrés postraumático, depresión y ansiedad, sobre todo entre niños y jóvenes que han vivido gran parte de su vida bajo el conflicto.
Programas de intervención psicosocial, apoyo escolar y espacios seguros para los niños son herramientas indispensables, pero su implementación enfrenta obstáculos logísticos y financieros en un territorio con infraestructura dañada y recursos sanitarios limitados.
¿Qué significa reconstruir?
Reconstruir no es solo volver a levantar paredes: implica restituir redes sociales, garantizar acceso a servicios básicos, crear oportunidades económicas y atender el duelo colectivo. Para las familias que sobrevivieron con pérdidas masivas, la idea de recuperar una vida “como antes” es a menudo irreal. La reconstrucción debe integrar la reparación emocional y comunitaria.
Las decisiones sobre quién financia y dirige la reconstrucción, qué barrios se priorizan y cómo se incluyen las voces de las comunidades afectadas son clave para un proceso que no reproduzca desigualdades previas ni margine a los grupos más vulnerables.
Reflexión final: memoria y dignidad en Ramadán
En la mesa donde comen Saddam, Heba y Maryam no hay banquete, pero sí memoria y resistencia silenciosa. Cada plato compartido entre los escombros es un acto de afirmación: de que existieron nombres, historias y derechos que no pueden borrarse con los restos de un edificio. Mantener viva la memoria de quienes ya no están, acompañar a los supervivientes en su duelo y garantizar que la reconstrucción incluya justicia y dignidad son tareas que, en última instancia, definen la humanidad de cualquier respuesta.
“Siento que los he traicionado por estar vivo”, confiesa Saddam. Esa frase resume el peso de una supervivencia que no debe traducirse en olvido: recordar y reconstruir son, en Ramadán y más allá, deberes que reclaman acciones sostenidas y compasivas.
- Testimonios citados: testimonios personales recogidos de residentes supervivientes en Gaza City.
- Datos sobre daños generalizados y población: estimaciones públicas de entidades locales y observadores internacionales sobre la situación humanitaria en la Franja de Gaza.